Luces

Aquella noche Martin L ofrecía una conferencia. Quería convencer a los asistentes de la importancia de desarrollar un profundo sentido de colaboración entre las personas a fin de poder lograr objetivos valiosos para la comunidad. Él había escuchado repetidamente la misma queja estéril:

-Pero yo… ¿qué puede hacer?

Aquél día mandó apagar todas las luces del estadio. Cuando todo estuvo en tinieblas, preguntó:

-¿Alguien podría ayudar a iluminarnos?

Todos permanecieron en silencio. Él sacó un mechero y lo encendió.

-¿Veis esta luz?-dijo.

El público asintió, en silencio.

-¿Nos sirve para algo?

Nuevamente, silencio.

-Sacad ahora, cada uno de vosotros, vuestro mechero y cuando yo os dé la señal, encendedlo.

El estadio se iluminó con miles de pequeñas luces.

Ares

En la mitología griega se llama Ares al dios de la guerra. Los griegos no sólo tenían una idea muy pobre del poderoso Ares, sino que de hecho lo odiaban. Se lo consideraba con una mezcla de sentimientos de piedad, terror y escarnio, y su papel era muy limitado: era el dios de la guerra y de ahí no pasaba.

Como se lo equiparaba con el coraje ciego, la furia asesina y la matanza, su imagen era la de un fanfarrón y un bruto. Y sin embargo, pese a su violencia y su sed de sangre, generalmente los griegos lo representaban como el perdedor en la mayoría de los combates que libraba, y de los cuales salía cojeando, derrotado y humillado.

Zeus, que en la mitología griega es el dios a quien más homenaje se rinde, aborrecía a Ares. He aquí el juicio que le atribuye Homero en la Ilíada, en lo referente al dios de la guerra:

“De todos los dioses que moran el Olimpo, para mí tú eres el más odioso, porque de nada disfrutas a no ser de las reyertas, la guerra y las batallas. Tienes la disposición obstinada e inmanejable de tu madre, Hera, a quién apenas si llego a controlar con mis palabras”

La ruta de la seda

La Ruta de la Seda era una red de rutas comerciales entre Asia y Europa que se extendía desde Chang’an (actualmente Xi’an) en China, Antioquía en Siria y Constantinopla (actualmente Estambul, Turquía), a las puertas de Europa.

El término «Ruta de la Seda» fue creado por el geógrafo polaco Ferdinand Freiherr Von Richthofen, quien lo introdujo en su obra «Viejas y nuevas aproximaciones a la Ruta de la Seda», en 1877.

Debe su nombre a la mercancía más prestigiosa que circulaba en ella, la seda, cuya fabricación era un secreto que sólo los chinos conocían, aunque los romanos se convirtieron en grandes aficionados tras conocer dicho secreto antes del comienzo de nuestra era a través de los partos: éstos organizaron entonces el comercio.

Muchos otros productos transitaban estas rutas: piedras y metales preciosos, telas de lana o de lino, ámbar, marfil, laca, especias, vidrio, coral, entre otras. Era muy común el uso de animales en la Ruta, especialmente el camello y el elefante.

Los antiguos del desierto del Sahara ya habían importado animales domesticados de Asia; artefactos datados del quinto milenio antes de Cristo, encontrados en sitios badarienses de Egipto predinástico indican contacto con lugares distantes, como Siria.

Desde el comienzo del cuarto milenio a.C., egipcios antiguos de Maadi importan cerámica y con conceptos de construcción de los cananeos. El comercio de Lapislázuli proviene de una única fuente conocida en el mundo antiguo, Badahsan, localizada en el noroeste de Afganistán, localidad distante de las grandes culturas, como la mesopotámica y egipcia.

A partir del tercer milenio a.C., el comercio de lapislázuli fue extendido hasta Harappa y Mohenjo-daro, ambos en Valle del Indo. Popularmente se cree que Marco Polo fue teóricamente el primer europeo en transitar la ruta; sin embargo, existe la referencia concreta de que al menos Mafío y Nicoló Polo (tío y padre de Marco) habían realizado el viaje por ésta antes de invitar a Marco Polo a ser parte de la segunda expedición al khanato de China.

En realidad, la celebridad de este viajero se debe no a su innovación, sino a la descripción de su viaje y de las maravillas que encontró en su libro «Il milione» («El millón»), más conocido como «Los viajes de Marco Polo» o «Libro de las maravillas».

El pastor y el lobo

En una aldea perdida en las montañas, vivía un joven y fornido pastor, que gozaba de mucha estima entre los vecinos.

Tan sólo tenía un defecto, aunque la verdad era que el defecto valía por tres: le gustaba gastar bromas, la mayoría de las veces, muy pesadas.

Sin ir más lejos, aquella misma mañana, cuando casi toda la aldea estaba en la plaza, pues se celebraba la feria semanal, nuestro bromista pastor entró corriendo y gritando a pleno pulmón:

–¡Que viene el lobo! ¡Que viene el lobo!

Como era de esperar, la plaza se vació en un santiamén, sin que nadie llegara a descubrir que se trataba de un engaño del pastor, pues en el barullo que se organizó, quien más quien menos
estuvo seguro de haber visto al lobo.

Al día siguiente, apenas asomó el sol en las montañas, varios pastores abandonaron juntos la aldea, con sus rebaños.

Las ovejas, muchas de ellas con cara de sueño, salían de los corrales y emprendían el camino, dispuestas a pasar el día pastando juntas.

Muy lejos ya de la aldea, llegó la hora de la comida para las ovejas y para los pastores, y viendo éstos un verde prado a un lado del camino, decidieron comer en él.

Así, mientras cada oveja se buscaba su menú de hierba, los pastores se sentaron sobre unas piedras y abrieron sus mochilas.

Al poco rato, el pastor bromista se levantó, se alejó de sus compañeros, pretextando que había visto que una joven oveja se alejaba demasiado.

–Espero que hoy no aparezca el lobo –comentó un pastor, cortando un buen pedazo de queso que habían dejado en el centro del corro para que cada uno se sirviera a su antojo.

–¡Ni lo nombres! Quiero comer tranquilo –exclamó otro; pero se quedó con la palabra en la boca, pues en ese momento reapareció el joven pastor, corriendo como si lo persiguieran mil demonios
y gritando:

–¡Que viene el lobo! ¡Que viene el lobo!

Podéis estar seguros de que la desbandada que se organizó fue aún mayor que la del día anterior en la plaza.

El más perjudicado por las bromas del joven pastor era el lobo.

Aquella tarde, éste deambulaba por los alrededores de su cueva, pensando en los perjuicios que el pastor le estaba ocasionando.

Hacía algún tiempo, cansado de que todo el mundo le tuviera miedo, había tomado la decisión de hacerse vegetariano y había decidido que la muestra definitiva de su cambio de vida sería hacerse
amigo de las ovejas.

Hasta el momento, había logrado hacer amistad con alguno de los perros que cuidaban los rebaños. Pero desde que el pastor había empezado a hacer de las suyas, alguno de sus nuevos amigos le negaba el saludo.

–¿Ya de regreso a casa? –saludó el lobo aquella tarde a un topo que vivía en un árbol, frente a su guarida.

Pero el topo le dio con la puerta en el hocico, sin contestarle.

Decidido a darle un buen escarmiento al pastor y a rehacer su maltrecha fama, el lobo salió del bosque y bajó a la aldea.

Cuando estuvo cerca del corral donde el pastor encerraba su rebaño, se aproximó, ocultándose entre los árboles, pues tal como estaban los ánimos prefería no arriesgarse.

Vio entonces cerca a un perro muy simpático, con el que había hecho amistad.

–¡Chist. ..! –lo llamó en un susurro.

El bueno del perro, al advertir que quien lo llamaba era el lobo, exclamó:

–¡La has hecho buena!

El lobo se apresuró a explicarle que él no tenía nada que ver con los últimos sustos recibidos por los habitantes de la aldea, y que todo había sido obra de su joven amo.

–Pero si me ayudas –añadió–, le daremos a tu amo una lección, que le quite para siempre las ganas de gastar semejantes bromas. Y yo, por mi parte, podré seguir adelante en mi propósito de cambiar de vida, y nunca
más volveré a ser el terror de los rebaños.

–¿Y qué puedo hacer yo? –preguntó el perro, impresionado por la sinceridad que traslucían las palabras de su amigo.

–Tan sólo dejar que, por unos días, ocupe tu lugar en el rebaño. Bien disfrazado, nadie advertirá el cambio, y podré darle a tu amo el mayor susto de su vida.

Aquella misma tarde empezó el lobo su nuevo trabajo, como guardián del rebaño.

Iba disfrazado con tanta habilidad que hasta incluso se había pintado la mancha blanca que su amigo el perro tenía en la frente. Y había que fijarse mucho para advertir que su largo hocico y su espesa y sedosa cola
eran más propios de un lobo que de un perro.

Además, como hizo muy bien su trabajo, corriendo, infatigable, de un lado a otro, para conducir el rebáño al corral, nadie advirtió el cambio.

A la mañana siguiente, fue el primero en despertarse en el corral. De buena gana se hubiera puesto a ladrar, de haber podido, pues tras su corta experiencia de la noche anterior había comenzado a gustarle su trabajo.

Pero se guardó muy bien siquiera de intentarlo, pues habría aullado en lugar de ladrar, y todo su plan se habría venido abajo.

Así que esperó a que el corral se fuera despertando y cuando vio salir al pastor de su cabaña, se fue brincando hacia él.

–¿Aún estamos así? –se enfadó el pastor–. Tú y tus compañeros deberíais tener ya el rebaño listo.

El lobo no se lo hizo repetir la orden y entró en el corral, dando voces.

–¡Vamos, holgazanas! –gritaba, disimulando la voz–. ¡Es hora de levantarse!

–Cada día nos despiertan más temprano -se quejó una oveja muy dormilona.

Poco después, el joven pastor se reunía con los otros pastores de la aldea, porque, como solían hacerlo, aquel día sacarían sus rebaños a pastar juntos.

Todo el camino, el lobo no dejó de correr arriba y abajo, obligando a las ovejas que se quedaban rezagadas a regresar al rebaño.

Su ir y venir no dejó de ser advertido por los pastores, quienes no pudieron por menos que asombrarse ante aquel despliegue de eficiencia.

–Puedes estar satisfecho –le dijo uno de ellos al joven pastor–, pues es, con mucho, el mejor perro de todos.

Al pastor, que no salía de su asombro, le resultaron poco familiares el largo hocico y la espesa cola. Pero se olvidó del asunto cuando, poco después, se detuvieron para comer.

Al rato, el pastor se alejó y se ocultó detrás de un árbol, con la intención de gastarles una nueva broma a sus compañeros.

Pero lo que hasta entonces había sido invención suya se convirtió en realidad. El lobo sospechó que el pastor tramaba otra de las suyas y se le acercó por la espalda, rugiendo y enseñando
sus afilados dientes.

Cuando el pastor lo vio de cerca, comprendió por qué no había reconocido aquel hocico y aquella cola ¡Ante él tenía al lobo, cuya llegada había anunciado tantas veces!

–¡Que viene el lobo! –gritó entonces con todas sus fuerzas–. ¡Que viene el lobo!

Y antes de que no tuviera ocasión para contarlo, trepó como pudo por el tronco del árbol.

Los otros pastores corrieron, armados de sus cayados, hacia el lugar donde sonaban las voces.

Pero cuál no sería su sorpresa cuando descubrieron que el que ellos habían tomado como un perro cumplidor de su trabajo era ni más ni menos que el lobo.

No sabiendo qué hacer, los pastores se detuvieron a prudente distancia.

–¡Haced huir a esa fiera! –suplicaba el joven pastor, sosteniéndose a duras penas sobre una rama–. ¿Acaso habéis olvidado cuánto mal nos ha hecho el lobo?

Por fortuna para el lobo, pues los pastores ya estaban volviendo, amenazadores, sus cayados hacia él, apareció el bueno del perro que había accedido a que el lobo hiciera su trabajo.

Les había seguido todo el tiempo, convencido de que la aventura en la que se había metido su amigo podía ser peligrosa.

–Mi amo os ha engañado tantas veces cuantas ha anunciado la llegada del lobo –explicó, muy decidido, a los pastores, aunque estaba consciente de que su sinceridad podía costarle el puesto de trabajo–. Habéis
de saber que el lobo ha decidido cambiar totalmente de vida, y su
único deseo es hacerse amigo de todos nosotros.

El pastor reconoció que su perro no mentía.

Había querido reírse a costa de los demás, asustándolos con la llegada del lobo.

Arrepentido, pidió perdón y, cuando aquella tarde regresaron a la aldea y los pastores contaron la eficiencia del lobo como guardián del rebaño, todo el mundo alabó sus buenos propósitos
por cambiar de vida.

A partir de entonces, en aquella aldea, nadie tuvo que anunciar nunca la llegada del lobo, ya fuera verdad o mentira.

El lobo bajaba siempre que le apetecía a la aldea y, en más de una ocasión, ayudaba a los pastores. Había logrado incluso hacer amistad con las ovejas y nunca más volvió a ser el lobo fiero,
al que todos temían.

Pegaso

El célebre caballo mítico «Pegaso» nació de la sangre derramada por Medusa cuando Perseo le cortó la cabeza. Es totalmente blanco y tiene dos alas que le permiten volar. Una característica de su vuelo es que cuando lo realiza, mueve las patas como si en realidad estuviera corriendo por el aire.

Según las fuentes clásicas, Perseo no llegó a volar montado a Pegaso, puesto que lo hacía gracias a unas sandalias aladas; sin embargo, muchos artistas renacentistas lo representaron volando en este caballo. Belerofonte encarna el defecto de la excesiva ambición.

Cuando por fin consigue montar a Pegaso, no contento con esto le obliga a llevarlo al Olimpo para convertirse en un dios, pero Zeus, molesto por su osadía, envía a un insignificante mosquito que pica el lomo de Pegaso y precipita al vacío a Belerofonte sin matarlo, quedando lisiado y condenado a vagar apartado del resto del mundo toda su vida recordando su gloria pasada.

La leyenda de Pegaso puede haber influido la formación de la figura del buraq en la tradición islámica. Pegaso es un caballo alado. Su nombre proviene de la palabra griega «phgh», que significaba manantial, pues se decía que había nacido en las fuentes del océano. Es uno de los equinos más célebres de la literatura junto con Rocinante (caballo de Don Quijote de la Mancha), Babieca (el de El Cid), Bucéfalo (el de Alejandro Magno) y el caballo de Troya, entre otros

Tulum

Tulum o Tuluum fue una ciudad amurallada del Imperio Maya ubicada en el estado de Quintana Roo, al sureste de México, en la costa del Mar Caribe.

La ciudad recibía en la antigüedad el nombre maya de Zamá (que significa en maya «amanecer» o «mañana») y el actual, Tulum (que significa en maya «palizada» o «muralla»; este nombre parece haber sido utilizado para referirse a la ciudad cuando ya se encontraba en ruinas), se refiere a la muralla que la rodeó, constituyéndola en un importante fuerte para su defensa.

Por los numerosos registros en murales y otros trabajos encontrados en los edificios de la ciudad, se tiene considerado que Tulum fue un importante centro de culto para el llamado «dios descendente».

Aunque se han encontrado inscripciones que datan de 564, la mayor parte de los edificios que se aprecian hoy en día fueron construidos en el periodo posclásico de la civilización maya, entre los años 1200 y 1450. La ciudad todavía era habitada en los primeros años de la Colonia española, pero a finales del siglo XVI ya no quedaban residentes.

Hasta principios del siglo XX algunos pueblos vecinos acostumbraban visitar el sitio para llevar ofrendas, pero el continuo flujo de turistas puso la práctica en desuso. Algunos frescos encontrados al interior de los edificios sugieren algunas influencias mixtecas en la comunidad.

El bastón del derviche

Érase una vez un sultán muy aficionado a la compañía de los derviches, que un día conoció a uno cuyos signos externos de gran desarrollo espiritual eran muy evidentes. Le preguntó si podía darle una sola frase que pudiera ayudarle en su desarrollo espiritual.

“Ciertamente”, contestó el derviche, Repita varias veces al día lo siguiente: “Piensa siempre en las consecuencias antes de empezar tu acción”, yo lo practico.

Expresando su gratitud, el rey se dispuso a repetir tal formula cuantas veces pensara en ella, que normalmente era cuando se encontraba en un estado de tranquilidad y relajación mental. Ocurrió que se encontraba el rey plácidamente descansando una noche en su palacio repitiendo aquella frase y ponderando su sabiduría, cuando dos ladrones que habían entrado sigilosamente por la ventana le oyeron. Creyendo que tenía poderes de clarividencia y aquella frase iba dirigida a ellos, habiéndolos detectado incluso estando de espaldas, quedaron paralizados de terror y confesaron inmediatamente. Esa forma providencial de salvar la vida divirtió mucho al rey.

Poco más tarde, sentado plácidamente en su trono, esperando que el barbero empezara a afeitarle iba repitiendo esa frase. El barbero había sido sobornado por el enemigo prometiéndole el puesto de Gran Visir si asesinaba al rey. Iba ya a cortarle la yugular cuando oyó al monarca musitar la frase “Piensa en las consecuencias antes de comenzar tu acción”, dos o tres veces. Aterrorizado, el barbero soltó su recién afilada navaja postrándose inmediatamente de rodillas implorando perdón y confesándolo todo.

El rey, entusiasmado por el mágico poder de su mantra, convocó a la corte para explicarles la sabiduría del derviche y como le había salvado la vida. Pero entre los presentes había un sufi, buen conocedor de las limitaciones de la filosofía de los derviches, que se dirigió al rey en estos términos: “Sabed, majestad, que deberíais pensar en la existencia de inesperadas posibilidades”

Pero el rey, al que le gustaban las soluciones simples, rehusó escucharle.

Entonces el sufi cogió un bastón de entre los faldones de su ropa y lo levantó. Al golpear tres veces con él en el suelo, entró un perro, como respuesta a esta señal. “Ahora”, dijo el Sufi al perro, “tráenos algún refresco, por ejemplo una jarra de sorbete helado, pero cuando vengas hazlo en forma de hermosa doncella”

El perro salió corriendo y pocos minutos después entraba una hermosa muchacha con una jarra y dos copas para servir el sorbete.

El rey exclamo entusiasmado, “sufi, dame ese bastón mágico y te daré una bolsa de mis mejores joyas”

Cuando el intercambio se hubo realizado el rey probó con el bastón, pero no ocurrió nada. Se volvió al sufi con enfado pidiendo una explicación.

“Majestad”, asintió el sufi, “buscabais las consecuencias cuando empezasteis la acción. Pero vuestra idea de ambas, inicio y consecuencia eran inútiles. No comenzasteis por el verdadero inicio, que debió ser hacer madurar primero vuestra mente”

Sufismo

El sufismo ha perfeccionado, entre otras técnicas, un método de enseñanza característico que es casi desconocido fuera de los límites de los iniciados en la vía. Este método, llamado Impresión Esquemática de Cuentos, está contenido en el uso especial que los Sufis hacen de la literatura oral o de otro tipo.

Los relatos Sufis, a pesar de que superficialmente parecen suministrar una moral o querer entretener, no son formas literarias como éstas suelen ser entendidas. Son literatura de forma accidental, material de enseñanza de forma primaria. Muchos de los poetas y escritores de Persia son Sufis declarados; y sus obras contienen esas dimensiones internas a las que me estoy refiriendo.

El cuento Sufi, así como ciertas citas Sufis de otro tipo, está destinado tanto a ser apreciado por gente cultivada como a suministrar información, instruir y establecer lo que se llama ‘un marco para la recepción de la iluminación’ en la mente del estudiante.”

Este método, según la enseñanza Sufi, puede producir iluminación al individuo de acuerdo con su capacidad de comprensión.

Puede también formar parte esencial de los ejercicios de preparación de un estudiante.

El proceso exige ir más allá de la faz externa de un relato, sin inhibir la capacidad del estudiante para comprender y gozar de su humor u otras características exteriores.”