En marzo de 1842, un médico de Jefferson, Georgia, colocó a James Venable bajo los efectos del éter y le extirpó un tumor del cuello. El paciente sobrevivió a la operación. El médico se llamaba Crawford Williamson Long.
Long siguió utilizando éter en otras intervenciones, pero tardó años en publicar sus resultados. Aquella demora le costaría un lugar privilegiado en los libros de historia.
Cuatro años después, otro hombre estaba dispuesto a ocuparlo.
William Thomas Green Morton llegó el 16 de octubre de 1846 al Hospital General de Massachusetts con un recipiente de vidrio. Dentro llevaba éter, una sustancia cuyas propiedades eran conocidas, pero cuyo empleo como anestésico quirúrgico todavía no había conquistado la confianza de la medicina.
El cirujano John Collins Warren tenía delante a Edward Gilbert Abbott, un joven con una malformación vascular debajo de la mandíbula.
Morton administró el vapor. Warren abrió la piel. Abbott no manifestó el dolor que habría acompañado una operación semejante sin anestesia.
La demostración cambió la cirugía. Pero Morton tenía otros planes.
Apenas unas semanas después, consiguió una patente estadounidense para su preparado anestésico, presentado comercialmente como Letheon. El éter, utilizado durante años por otros investigadores, se convertía en el centro de una disputa por derechos, reconocimiento y dinero.
Horace Wells, antiguo socio de Morton, ya había experimentado con óxido nitroso. Charles Thomas Jackson también reclamaba participación en el descubrimiento. Crawford Long terminaría dando a conocer sus operaciones anteriores.
Todos tenían una historia que contar. Algunos querían cobrarla.
Mientras los médicos disputaban la gloria, Abbott continuaba con su padecimiento. Los expedientes clínicos que sobrevivieron al siglo XIX cuentan algo distinto de la versión triunfal repetida durante generaciones: Warren no eliminó completamente la lesión. El paciente abandonó el hospital sin haberse curado.
Nada de esto disminuye el valor de aquella demostración. La anestesia permitió transformar la práctica quirúrgica y abrió posibilidades impensables para millones de enfermos.
Pero obliga a separar el descubrimiento científico de la biografía de quien pretendió apropiárselo.
Morton pasó buena parte de sus últimos años defendiendo su reconocimiento. La controversia nunca quedó resuelta a satisfacción de todos sus protagonistas.
Los pacientes, mientras tanto, comenzaron a beneficiarse de la anestesia sin necesidad de saber a quién correspondía la patente.
El dolor dejó de ser inevitable. Lo que nunca desapareció fue la ambición de cobrar por haberlo vencido.