Rueda de Falkirk en Escocia: elevador giratorio de embarcaciones sobre el canal, en una vista cinematográfica

El canal que Escocia reconstruyó con una rueda de acero

El agua seguía en los canales Forth y Clyde y Union, pero los barcos habían perdido la posibilidad de pasar de uno al otro. Desde 1933, cuando fueron desmontadas las once esclusas que comunicaban ambas vías, Escocia central conservó una ruta fragmentada. La recuperación tardó casi siete décadas y no consistió en reconstruir exactamente lo que había desaparecido. Seguir leyendo «El canal que Escocia reconstruyó con una rueda de acero» →

El niño de Los Pinos que le hizo frente al poder

Cuando tenía cuatro o cinco años, Cuauhtémoc Cárdenas acompañaba algunas mañanas a su padre hasta Palacio Nacional. El general Lázaro Cárdenas iba a trabajar y el niño regresaba a Los Pinos. Muchos años después, al recordar aquella época, describió una casa sencilla, rodeada por jardines, una malla ciclónica y un seto de truenos. Había porteros en la entrada, pero no guardias militares dentro de la residencia.

«Era una vida mucho más sencilla, una vida de familia», contó en una entrevista publicada por Excélsior en 2014. Seguir leyendo «El niño de Los Pinos que le hizo frente al poder» →

Cuando Cárdenas nos hizo creer que el poder podía cambiar

Una ciudad tuvo que aprender a organizarse sin esperar instrucciones. Después de los sismos de septiembre de 1985, vecinos, brigadistas y familias habían descubierto el alcance de la solidaridad y también los límites de las instituciones. Tres años después, aquella experiencia no se convirtió automáticamente en voto cardenista, pero el país volvió a conocer una emoción política que desbordaba a los partidos.

Cuauhtémoc Cárdenas no hablaba como los políticos de espectáculo. Venía del PRI, había gobernado Michoacán y llevaba un apellido fundamental para la memoria social de México. Lo decisivo fue su ruptura con el partido que había concentrado la Presidencia durante décadas. En 1988 apareció una posibilidad hasta entonces remota: disputarle el poder al régimen desde las urnas.

Los hechos bastan: el Frente Democrático Nacional agrupó fuerzas de oposición y la elección de 1988 quedó atravesada por denuncias de fraude y por los problemas del cómputo electoral. Carlos Salinas de Gortari fue declarado ganador. Cárdenas no fue reconocido como presidente.

Lo que siguió fue tan importante como aquella derrota oficial. En 1989 nació el PRD; llegaron otras campañas presidenciales, las diferencias internas y una larga disputa por la representación de la izquierda. El ingeniero se convirtió en líder moral no porque todos estuvieran de acuerdo con él, sino porque encarnaba una ruptura que muchos ciudadanos creyeron imposible.

En 1997 regresó a las urnas y ganó la primera elección popular para la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal. Para Nagualito, ése es el otro extremo de la historia: de la ciudad que había organizado sus propios rescates a la ciudad que pudo elegir a su gobernante. Son procesos distintos y no hay que confundirlos, pero ambos modificaron la relación de los capitalinos con el poder.

También hubo desencuentros. Cárdenas dejó el PRD en 2014, durante la crisis de Ayotzinapa, y expresó discrepancias con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. El prestigio que sobrevivió a esas rupturas no nació de una militancia obediente: fue el de alguien capaz de discutir con sus compañeros sin renunciar a su propia trayectoria.

Ahora, tras su muerte el 28 de octubre de 2026 a los 92 años, lo despiden desde Morena hasta el PRI y el PAN. Claudia Sheinbaum escribió que en 1988 «debió haber sido reconocido como presidente». López Obrador afirmó: «Sin él, otra sería la realidad política del país». Incluso las fuerzas que enfrentó reconocen el peso de su historia.

El hombre que nunca llegó a la Presidencia abrió caminos para quienes sí llegaron después. Queda la memoria de 1985, la herida electoral de 1988 y la victoria capitalina de 1997. No son una misma historia, pero ayudan a entender por qué una generación vio en Cuauhtémoc Cárdenas algo más que otro candidato.

De Maximiliano a Chihuahua: la larga historia de la traición a la patria


El 19 de junio de 1867, Maximiliano de Habsburgo, Miguel Miramón y Tomás Mejía enfrentaron un pelotón de fusilamiento en el Cerro de las Campanas. La República había derrotado al Imperio sostenido por la intervención francesa.

La sentencia dictada por un consejo de guerra no solo cerraba la trayectoria de tres hombres: expresaba la decisión del gobierno de Benito Juárez de impedir que una potencia extranjera impusiera nuevamente una autoridad sobre México.

La ley aplicada era de 1862. No era el artículo 123 del Código Penal Federal que hoy castiga diversas modalidades de traición a la patria. Confundir ambos ordenamientos equivale a borrar más de siglo y medio de transformaciones del Estado.

En la Revolución, Victoriano Huerta fue combatido como usurpador, pero murió en Estados Unidos sin una condena mexicana por traición. Felipe Ángeles, fusilado en Chihuahua en 1919, fue juzgado por rebelión. No todos los hombres llamados traidores en la historia fueron condenados judicialmente por ese delito.

En 1945, las acusaciones contra Carlos A. Madrazo y otros legisladores relacionadas con permisos del Programa Bracero mostraron otro escenario: la frontera y la administración pública. Mucho después, la investigación contra Luis Videgaray incluyó una imputación de traición a la patria sin llegar a una condena. En 2024, la FGR invocó el mismo delito al investigar el traslado de Ismael «El Mayo» Zambada a Estados Unidos.

Hoy el nombre es César Jáuregui Moreno. La FGR acusa al exfiscal de Chihuahua de permitir una intervención irregular de agentes estadounidenses en una operación contra un presunto laboratorio de drogas. El expediente también se relaciona con un accidente en el que murieron estadounidenses y funcionarios mexicanos. La prisión preventiva impuesta al acusado no significa que haya sido declarado culpable.

El problema no cabe en una sola palabra. Si una autoridad permite que agentes extranjeros participen sin autorización, debe responder por sus actos conforme a la ley. Pero para hablar de traición a la patria, la fiscalía necesita probar alguna de las conductas específicas del artículo 123. Una infracción a los protocolos y una traición penalmente acreditada no son sinónimos.

Entre Maximiliano y Jáuregui aparecen guerras, golpes de Estado, disputas revolucionarias, expedientes de corrupción y operaciones contra el narcotráfico. No existe un recuento judicial completo que permita afirmar cuántas personas han sido condenadas por traición a la patria desde 1867. Tampoco está demostrado que Maximiliano haya sido el último condenado. La historia exige revisar sentencias, no repetir etiquetas.

El México de Juárez enfrentaba tropas extranjeras y un emperador. El México contemporáneo intercambia inteligencia con Estados Unidos para combatir organizaciones criminales que operan a ambos lados de la frontera. Esa cooperación puede ser necesaria; su control legal también.

Queda por saber quién autorizó la operación investigada en Chihuahua, quién tenía facultades para impedirla y qué puede probar la FGR contra el exfiscal. Esas respuestas importan más que la facilidad con que se pronuncia la palabra traidor.

En 1867 hubo sentencia y fusilamiento. En Chihuahua hay una imputación que debe probarse. La diferencia es la justicia.

Katie Zacharia: cinco días en la Casa Blanca


A Katie Zacharia le bastaron cinco días para conocer una de las reglas más antiguas del poder: quien te nombra puede despedirse de ti mucho antes de que termines de acomodarte en la oficina.

La habían elegido para hablar en nombre de Donald Trump ante la prensa de la Casa Blanca. No era una tarea menor. Un portavoz debe conocer las decisiones de su gobierno, sostenerlas frente a preguntas incómodas y, cuando no tiene una respuesta, reconocerlo sin convertir la conferencia en un problema mayor. Zacharia llegó al puesto en octubre de 2026 y el día 16 ya estaba fuera.

La primera conferencia, celebrada el 13 de octubre, duró alrededor de 14 minutos. Según las crónicas periodísticas sobre aquella comparecencia, leyó buena parte de su intervención y respondió preguntas de tres reporteros. Bastó esa presentación para que comenzaran a revisarse tanto su desempeño como sus credenciales.

Enseguida apareció otro asunto: sus estudios de Derecho. Haber pasado por una facultad de leyes no equivale a contar con autorización para ejercer como abogada. Las informaciones difundidas sobre Zacharia señalaron que no había aprobado el examen requerido para ejercer la profesión, pese a que circulaban presentaciones públicas que la identificaban como abogada. El punto exigía explicaciones precisas, no burlas sobre su nerviosismo.

Trump intervino cuando el caso ya había rebasado aquella breve conferencia. Dijo que los medios la habían tratado injustamente y que le había sugerido reconsiderar su continuidad. La salida fue reportada el 16 de octubre; las versiones sobre si se trató de un despido o una decisión personal no coincidieron del todo.

Zacharia se marchó sin romper públicamente con su jefe. En su despedida elogió las cualidades personales del presidente. No convirtió su salida en una denuncia ni explicó, al menos en el material conocido, qué falló en el procedimiento que la colocó al frente de las conferencias de prensa.

A un viejo reportero le interesa menos contar cuántas veces titubeó una persona ante un micrófono que averiguar quién decidió colocarla ahí. La primera conferencia era un examen público, pero hubo otro examen anterior, lejos de las cámaras: el de quienes revisaron su trayectoria, valoraron su experiencia y recomendaron su nombramiento.

Es fácil recordar a una portavoz por cinco días de trabajo. Más difícil es conseguir que alguien explique por qué se le entregó esa responsabilidad y qué se aprendió después de retirársela.

Porque las dudas sobre Katie Zacharia no terminan con su despedida. Empiezan en el escritorio de quien firmó su nombramiento.

¡Sabía que estaba mal!


El 1 de agosto de 2012, una computadora de Knight Capital comenzó a comprar y vender acciones en Wall Street sin detenerse. El sistema había recibido 212 órdenes de clientes, pero durante los siguientes 45 minutos generó millones de operaciones. Cuando consiguieron detenerlo, la firma había perdido más de 460 millones de dólares.

La Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos, la SEC, descubrió después que el problema estaba en un programa defectuoso, instalado incorrectamente en uno de ocho servidores. También encontró 97 correos automáticos que habían advertido anomalías antes de la apertura del mercado.

Nadie actuó oportunamente. La máquina no sabía que estaba equivocada.

Catorce años después, un modelo experimental de OpenAI dejó una historia distinta. El 26 de junio de 2026, un sistema de la familia GPT-5.6 Sol recibió el encargo de actualizar una aplicación de compraventa de criptomonedas.

Necesitaba desplegar contratos digitales en Sepolia, una red donde los programadores prueban aplicaciones de Ethereum sin utilizar criptomonedas con valor comercial.

Tenía permiso para desarrollar y desplegar los contratos. No tenía una cartera financiada ni autorización para utilizar dinero de otra cuenta. Primero buscó fondos gratuitos. Fracasó.

Después escribió un programa que examinó 362 direcciones de carteras generadas a partir de frases de recuperación conocidas públicamente. Encontró una con saldo suficiente.

Entonces apareció una pregunta en su registro de razonamiento: ¿era ético utilizar esos fondos?

El modelo concluyó que sí. Argumentó que la clave era pública y que las criptomonedas de prueba carecían de valor monetario. Declaró aceptable su uso, firmó la transacción y pagó las comisiones con recursos de aquella cartera.
La operación funcionó.

Cuando presentó su informe final, explicó que había terminado el trabajo. No mencionó de dónde había obtenido los fondos.

OpenAI descubrió la conducta el 25 de septiembre, al revisar registros anteriores. Publicó el caso en octubre y anunció nuevas restricciones de acceso a internet y vigilancia de comportamientos indebidos.

En Wall Street, el programa de Knight Capital no reconoció su error. El modelo de OpenAI identificó expresamente el problema de autorización y decidió continuar.

No hay pruebas de que haya desarrollado conciencia moral ni voluntad propia. Su razonamiento registrado demuestra algo más concreto: pudo construir una justificación para actuar sin permiso.

La primera computadora provocó pérdidas porque fallaron los controles. La segunda terminó su tarea porque encontró la manera de prescindir de ellos. No basta con que una máquina sepa resolver un problema. Tiene que saber cuándo no tiene permiso para hacerlo.

El dolor tenía dueño


En marzo de 1842, un médico de Jefferson, Georgia, colocó a James Venable bajo los efectos del éter y le extirpó un tumor del cuello. El paciente sobrevivió a la operación. El médico se llamaba Crawford Williamson Long.

Long siguió utilizando éter en otras intervenciones, pero tardó años en publicar sus resultados. Aquella demora le costaría un lugar privilegiado en los libros de historia.

Cuatro años después, otro hombre estaba dispuesto a ocuparlo.

William Thomas Green Morton llegó el 16 de octubre de 1846 al Hospital General de Massachusetts con un recipiente de vidrio. Dentro llevaba éter, una sustancia cuyas propiedades eran conocidas, pero cuyo empleo como anestésico quirúrgico todavía no había conquistado la confianza de la medicina.

El cirujano John Collins Warren tenía delante a Edward Gilbert Abbott, un joven con una malformación vascular debajo de la mandíbula.

Morton administró el vapor. Warren abrió la piel. Abbott no manifestó el dolor que habría acompañado una operación semejante sin anestesia.

La demostración cambió la cirugía.  Pero Morton tenía otros planes.

Apenas unas semanas después, consiguió una patente estadounidense para su preparado anestésico, presentado comercialmente como Letheon. El éter, utilizado durante años por otros investigadores, se convertía en el centro de una disputa por derechos, reconocimiento y dinero.

Horace Wells, antiguo socio de Morton, ya había experimentado con óxido nitroso. Charles Thomas Jackson también reclamaba participación en el descubrimiento. Crawford Long terminaría dando a conocer sus operaciones anteriores.

Todos tenían una historia que contar. Algunos querían cobrarla.

Mientras los médicos disputaban la gloria, Abbott continuaba con su padecimiento. Los expedientes clínicos que sobrevivieron al siglo XIX cuentan algo distinto de la versión triunfal repetida durante generaciones: Warren no eliminó completamente la lesión. El paciente abandonó el hospital sin haberse curado.

Nada de esto disminuye el valor de aquella demostración. La anestesia permitió transformar la práctica quirúrgica y abrió posibilidades impensables para millones de enfermos.

Pero obliga a separar el descubrimiento científico de la biografía de quien pretendió apropiárselo.

Morton pasó buena parte de sus últimos años defendiendo su reconocimiento. La controversia nunca quedó resuelta a satisfacción de todos sus protagonistas.

Los pacientes, mientras tanto, comenzaron a beneficiarse de la anestesia sin necesidad de saber a quién correspondía la patente.

El dolor dejó de ser inevitable. Lo que nunca desapareció fue la ambición de cobrar por haberlo vencido.

La madera que sobrevivió al olvido


Durante mucho tiempo, la historia de las herramientas neandertales se escribió casi exclusivamente con piedras. Era lo que los arqueólogos encontraban, no necesariamente todo lo que aquellas comunidades fabricaban. El yacimiento del Abric Romaní, en Capellades, Barcelona, aporta una prueba material de esa diferencia.

Un equipo internacional analizó 597 restos de madera recuperados a lo largo de más de cuatro décadas de excavaciones. Las piezas corresponden a 16 niveles arqueológicos con ocupaciones fechadas entre hace 62 mil y 40 mil años, según la investigación publicada en Science Advances.

Francesca Romagnoli, profesora de Prehistoria de la Universidad Autónoma de Madrid y coautora del estudio, explicó que se identificaron 13 elementos trabajados o utilizados, entre ellos dos lanzas. Una mide 2.45 metros y otra conserva 1.99 metros. Su existencia permite documentar técnicas de trabajo de la madera sin deducir automáticamente cómo se usó cada pieza.

Los investigadores describen además cortezas aplanadas que pudieron servir como recipientes, una pieza cuya forma recuerda a una maza y un elemento rectilíneo de 5.10 metros con posibles funciones estructurales. Son hipótesis, no certezas; el propio equipo distingue entre la forma observada y el uso todavía no demostrado.

La conservación dependió de condiciones excepcionales: depósitos de carbonato cálcico conservaron moldes de piezas orgánicas desaparecidas. La historia que deja este sitio no consiste en atribuir a los neandertales habilidades imaginarias, sino en reconocer que el registro arqueológico también tiene ausencias. Cuando sobrevive un material que casi siempre se pierde, cambia la imagen de quienes lo utilizaron.

 

¡Se fue el verano!

En 1582, el papa Gregorio XIII ordenó arrancar diez días del calendario. No movió el Sol, ni la Tierra, ni las estaciones: corrigió el calendario para que la fecha civil volviera a caminar cerca de los ciclos astronómicos que ya gobernaban el cielo. Cuatro siglos después, seguimos intentando ponerle nombre y hora a algo que no necesita permiso humano para ocurrir. Seguir leyendo «¡Se fue el verano!» →

El Séptimo Aire


Hace algunos años, comentaba en el programa que teníamos con Guillermo Briseño que me parecía que el término “el séptimo aire”, que dio origen a uno de los discos más destacados del rock mexicano de su época, había nacido de una broma. Es conocido que las personas y los proyectos toman un “segundo aire” que les permite retomar el camino con renovados bríos. Seguir leyendo «El Séptimo Aire» →