El niño de Los Pinos que le hizo frente al poder

Cuando tenía cuatro o cinco años, Cuauhtémoc Cárdenas acompañaba algunas mañanas a su padre hasta Palacio Nacional. El general Lázaro Cárdenas iba a trabajar y el niño regresaba a Los Pinos. Muchos años después, al recordar aquella época, describió una casa sencilla, rodeada por jardines, una malla ciclónica y un seto de truenos. Había porteros en la entrada, pero no guardias militares dentro de la residencia.

«Era una vida mucho más sencilla, una vida de familia», contó en una entrevista publicada por Excélsior en 2014.

La casa donde creció aquel niño terminaría convertida en uno de los símbolos más reconocibles del poder político mexicano. Durante décadas, Los Pinos fue un espacio reservado para los presidentes y sus familias. El pequeño Cuauhtémoc conoció una residencia todavía alejada de la arquitectura monumental, las barreras de seguridad y los grandes edificios que se incorporarían después.

Su historia comenzó antes de que aquella casa se convirtiera en residencia presidencial.

Nació el 1 de mayo de 1934, en la Ciudad de México. Su padre todavía era candidato a la Presidencia de la República. Su madre era Amalia Solórzano, una mujer michoacana cuya trayectoria estuvo ligada a la atención de niños, los derechos sociales y la solidaridad con perseguidos políticos.

El nombre de Los Pinos tenía para sus padres un significado íntimo. Procedía de un lugar de Tacámbaro, Michoacán, donde se habían conocido. Lázaro le había prometido a Amalia que algún día vivirían en una casa con ese nombre.

Aquel recuerdo familiar terminó asociado a la sede de la Presidencia durante más de ocho décadas.

El hijo de Lázaro y Amalia

El 1 de diciembre de 1934, Lázaro Cárdenas asumió la Presidencia. Prefirió establecer su residencia en el antiguo rancho La Hormiga, en lugar de ocupar el Castillo de Chapultepec.

Cuauhtémoc pasó los primeros años de su infancia entre la vida doméstica y las actividades de un padre que encabezaba una de las transformaciones sociales más profundas del México posrevolucionario.

Aquel sexenio estuvo marcado por el reparto agrario, la reorganización de las relaciones entre el Estado y los trabajadores, la educación pública y la expropiación petrolera de 1938.

Para millones de mexicanos, Lázaro Cárdenas se convirtió en una referencia política. Para Cuauhtémoc también era el hombre que lo acompañó a inscribirse al jardín de niños Brígida Alfaro, en la colonia Del Valle, y que se interesaba por sus estudios y amistades.

En una entrevista concedida a La Jornada cuando cumplió 90 años, recordó a su padre como alguien «muy cercano, muy cariñoso».

Es un detalle importante para comprender la dimensión humana de su biografía. El presidente que nacionalizó el petróleo, repartió tierras y recibió a los republicanos españoles también formaba parte de los recuerdos cotidianos de un niño.

Amalia tuvo un papel propio en aquella familia. Durante la presidencia de su esposo impulsó actividades de apoyo social, especialmente para mujeres y niños. Su compromiso con distintas causas continuó durante décadas, mucho después de abandonar Los Pinos.

Cuauhtémoc creció como hijo único de Lázaro y Amalia, aunque convivió con otros niños y jóvenes acogidos por sus padres. Recordaba a los muchachos que jugaban en los jardines y a los amigos que conservó durante años.

La vida cambió al terminar el sexenio presidencial. La familia se trasladó a Michoacán y después pasó por distintas ciudades debido a las responsabilidades militares del general.

Los primeros años escolares de Cuauhtémoc transcurrieron entre Jiquilpan, Pátzcuaro, Mazatlán, Ensenada y la Ciudad de México. En una entrevista recordó que había cambiado varias veces de escuela, pero que consiguió mantener amistades a pesar de tantos traslados.

Concluyó parte de su formación en el Colegio Williams y cursó la preparatoria en el Colegio de San Nicolás, en Morelia. Después estudió ingeniería civil en la Universidad Nacional Autónoma de México.

La ingeniería sería una parte sustancial de su vida profesional. Trabajó en proyectos relacionados con la cuenca del río Balsas y se vinculó con iniciativas de desarrollo regional.

Antes de convertirse en uno de los personajes más conocidos de la oposición mexicana, había dedicado años a una profesión que exigía conocimiento técnico, trabajo de campo y atención a las necesidades materiales del país.

La herencia que también había que discutir

Llevar el apellido Cárdenas representaba una responsabilidad política, aunque Cuauhtémoc nunca presentó esa condición como una tragedia personal.

En sus entrevistas explicó que desde niño comprendía quién era su padre y el significado de su nombre para muchas personas. Cuando comenzó a participar en política, sabía que esa identificación podía abrirle puertas y también obligarlo a responder por sus propias decisiones.

Ingresó a la vida pública dentro del partido gobernante. Fue senador, funcionario federal y gobernador de Michoacán entre 1980 y 1986.

Su trayectoria parecía confirmar la continuidad de una familia asociada al nacionalismo revolucionario. Sin embargo, el PRI de la década de 1980 había cambiado considerablemente respecto al partido y al Estado que había conocido Lázaro Cárdenas.

La crisis de la deuda, las políticas de ajuste económico y la concentración de las decisiones presidenciales mostraban las tensiones entre la tradición social de la Revolución y el nuevo proyecto económico impulsado desde el gobierno.

Cuauhtémoc se incorporó a una corriente que exigía democratizar al PRI. Lo acompañaron Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y otros políticos que consideraban necesario abrir la selección presidencial y modificar el rumbo del país.

La dirigencia priista cerró esa posibilidad.

En 1987, Cárdenas rompió con el partido en el que había desarrollado su carrera. El hijo de uno de los presidentes más importantes surgidos de la Revolución Mexicana se convirtió en adversario del régimen que reivindicaba esa misma herencia.

Su decisión tuvo una dimensión familiar, histórica y política. Rechazó el funcionamiento de una organización que durante décadas había utilizado el legado revolucionario como fundamento de su legitimidad.

El año en que México salió a las calles

La campaña presidencial de 1988 reunió a fuerzas políticas que pocas veces habían coincidido.

Antiguos priistas, comunistas, socialistas, organizaciones populares, estudiantes y ciudadanos sin militancia encontraron en Cuauhtémoc Cárdenas una candidatura capaz de enfrentar al partido gobernante.

El movimiento adquirió una fuerza que rebasó las estructuras partidistas. Las concentraciones crecieron en distintas ciudades y la campaña llegó a lugares donde la oposición había tenido pocas posibilidades de competir.

El 6 de julio cambió su vida política.

La elección estuvo marcada por la interrupción del sistema de cómputo y múltiples denuncias de irregularidades. Los resultados oficiales concedieron la victoria a Carlos Salinas de Gortari. Cárdenas rechazó esas cifras y denunció un fraude.

Millones de personas habían depositado sus expectativas en una posibilidad de cambio mediante el voto. La disputa por el resultado abrió una crisis que afectó la legitimidad del nuevo gobierno.

Cárdenas enfrentó entonces una de las decisiones más difíciles de su trayectoria.

La movilización tenía fuerza social, pero no contaba con una estructura capaz de sostener una ruptura institucional. Una confrontación violenta con el Estado amenazaba con llevar el conflicto a un terreno donde la oposición carecía de medios para proteger a sus seguidores.

Eligió continuar la lucha electoral.

Mantuvo las denuncias contra Salinas, participó en las movilizaciones de resistencia civil y encabezó el proceso que desembocó en la creación del Partido de la Revolución Democrática, el 5 de mayo de 1989.

Aquella decisión no puso fin a la represión contra la oposición. Durante los primeros años del PRD fueron asesinados numerosos militantes, mientras continuaban los conflictos electorales en distintas regiones.

Tampoco significó una victoria inmediata. Cárdenas volvió a competir por la Presidencia en 1994 y 2000 sin conseguirla.

Su apuesta exigió sostener durante años una actividad política que no siempre producía resultados favorables.

La ciudad que abrió la puerta

En 1997, Cuauhtémoc Cárdenas consiguió una victoria de enorme importancia histórica: fue elegido primer jefe de Gobierno del Distrito Federal mediante voto popular.

Hasta entonces, los capitalinos no habían podido elegir directamente a quien encabezaba su gobierno. La ciudad estaba administrada mediante un sistema subordinado a la Presidencia de la República.

El triunfo del PRD modificó esa relación y convirtió a la capital en una plataforma política para la izquierda.

Al mismo tiempo, el PRI perdió su mayoría absoluta en la Cámara de Diputados.

Nueve años después de la elección presidencial de 1988, el sistema político había experimentado cambios que antes parecían difíciles de alcanzar. La oposición podía conquistar gobiernos, ocupar posiciones legislativas decisivas y negociar desde una correlación de fuerzas distinta.

Cárdenas no había llegado a Palacio Nacional como presidente. Sin embargo, su trayectoria quedó vinculada con el proceso que permitió ampliar la competencia política en México.

Desde el Gobierno del Distrito Federal también se abrió camino una nueva generación de dirigentes. Andrés Manuel López Obrador, quien había participado en la fundación del PRD, ganó la jefatura de Gobierno en 2000.

Años más tarde encabezaría otro movimiento político.

Los hombres, los partidos y el tiempo

La vida política de Cuauhtémoc Cárdenas continuó después de sus derrotas presidenciales.

Presenció el ascenso de López Obrador, las disputas internas del PRD, las campañas de 2006 y 2012 y la reorganización de la izquierda que terminó dando origen a Morena como partido nacional en 2014.

Ese mismo año abandonó el PRD. Consideraba que la organización se había alejado de sus principios originales y que las disputas entre grupos habían debilitado su vínculo con la ciudadanía.

La salida tuvo un significado particular: el hombre que había contribuido a fundar una de las principales fuerzas de oposición del país terminaba separado de ella.

No se incorporó a Morena. Mantuvo una relación política independiente y diferencias públicas con López Obrador, sin desconocer las coincidencias existentes entre ambos.

Cuando Morena ganó la Presidencia en 2018, el movimiento que había comenzado a tomar forma en 1988 encontró una continuidad histórica, aunque bajo una organización, una dirigencia y un proyecto distintos.

La Cuarta Transformación se construyó también sobre las experiencias del PRD, sus gobiernos locales, sus redes territoriales y una tradición de lucha electoral desarrollada durante décadas.

Cárdenas no fue el fundador de Morena ni el arquitecto de todas sus decisiones. Su aportación corresponde a una etapa anterior: contribuyó a modificar las condiciones que permitieron a la izquierda disputar el poder y llegar al gobierno.

En 2024 manifestó su respaldo electoral a Claudia Sheinbaum y coincidió con aspectos de su propuesta energética. Dos años después, a los 91, asumió la presidencia de una comisión consultiva de Pemex, una institución que había nacido de la nacionalización impulsada por su padre.

La historia familiar volvía a encontrarse con una discusión sobre el petróleo mexicano.

El ingeniero que seguía leyendo

Cuauhtémoc también tuvo una vida fuera de los partidos.

En 1963 se casó con Celeste Batel, con quien formó una familia y tuvo tres hijos: Lázaro, Cuauhtémoc y Camila.

Celeste murió en 2023. Al año siguiente, cuando La Jornada lo entrevistó en su despacho, conservaba fotografías de ella entre libros, imágenes familiares y recuerdos de sus campañas.

Había perdido a su padre en 1970 y a su madre, Amalia, en 2008. El apellido que lo acompañó durante toda su carrera seguía unido a una historia de afectos, ausencias y recuerdos personales.

En otra entrevista de 2024 contó que continuaba leyendo con frecuencia, que disfrutaba las novelas policiacas de Patricia Highsmith y Agatha Christie y que procuraba nadar varios días a la semana.

A esa edad, después de campañas, derrotas, conflictos partidistas y responsabilidades públicas, todavía acudía a universidades y encuentros políticos para discutir los problemas del país.

La curiosidad intelectual y la actividad pública siguieron formando parte de su rutina.

También conservaba una independencia personal que aparecía en respuestas breves, ajenas a las solemnidades del discurso político. Durante la campaña presidencial de 2024, cuando le pidieron un consejo para Sheinbaum, respondió que no daba consejos ni siquiera a sus hijos.

De la casa del presidente a la casa del pueblo

Existe una coincidencia histórica que permite recorrer su biografía de principio a fin.

Cuauhtémoc pasó su primera infancia en Los Pinos, la residencia que su padre eligió al asumir la Presidencia en 1934.

Décadas después, el régimen que había gobernado desde aquella residencia perdió el monopolio del poder y terminó desplazado de la Presidencia por distintas fuerzas políticas.

El 1 de diciembre de 2018, cuando López Obrador asumió el gobierno, Los Pinos dejó de funcionar como residencia presidencial y abrió sus puertas al público como recinto cultural.

Aquel espacio que Cuauhtémoc recordaba como una casa familiar, con jardines, porteros y una oficina pequeña, se convirtió en un lugar abierto a los visitantes.

El simbolismo pertenece a la historia, no a una decisión personal del ingeniero. Pero conecta dos momentos de la transformación política mexicana: el gobierno de Lázaro Cárdenas, que hizo de Los Pinos su residencia, y la llegada al poder de un movimiento de izquierda que reivindicó parte de aquella tradición revolucionaria.

Cuauhtémoc Cárdenas murió el 28 de octubre de 2026, a los 92 años.

Su trayectoria atravesó la formación del régimen de partido dominante, el agotamiento de sus mecanismos políticos, la ruptura de 1988, la construcción de una oposición nacional y el ascenso de una nueva fuerza que llegó a la Presidencia en 2018.

Fue hijo del general, ingeniero, gobernador, opositor, fundador de partido, candidato presidencial y gobernante de la capital. Cada responsabilidad correspondió a una etapa distinta de su vida.

En todas ellas tuvo que convivir con un apellido que pertenecía también a la historia mexicana.

La importancia de su trayectoria no descansa en haber repetido la obra de Lázaro Cárdenas ni en haber anticipado todas las decisiones de la Cuarta Transformación. Está en una elección propia: cuando el régimen que conocía desde dentro cerró las posibilidades de competencia, contribuyó a construir otra forma de disputar el poder.

El niño que acompañaba a su padre a Palacio Nacional terminó enfrentándose al partido que durante décadas gobernó desde allí.

Nunca llegó a ocupar la Presidencia.

Su participación en la apertura del sistema electoral, sin embargo, quedó incorporada a la historia del país.

Cuando Cárdenas nos hizo creer que el poder podía cambiar

Una ciudad tuvo que aprender a organizarse sin esperar instrucciones. Después de los sismos de septiembre de 1985, vecinos, brigadistas y familias habían descubierto el alcance de la solidaridad y también los límites de las instituciones. Tres años después, aquella experiencia no se convirtió automáticamente en voto cardenista, pero el país volvió a conocer una emoción política que desbordaba a los partidos.

Cuauhtémoc Cárdenas no hablaba como los políticos de espectáculo. Venía del PRI, había gobernado Michoacán y llevaba un apellido fundamental para la memoria social de México. Lo decisivo fue su ruptura con el partido que había concentrado la Presidencia durante décadas. En 1988 apareció una posibilidad hasta entonces remota: disputarle el poder al régimen desde las urnas.

Los hechos bastan: el Frente Democrático Nacional agrupó fuerzas de oposición y la elección de 1988 quedó atravesada por denuncias de fraude y por los problemas del cómputo electoral. Carlos Salinas de Gortari fue declarado ganador. Cárdenas no fue reconocido como presidente.

Lo que siguió fue tan importante como aquella derrota oficial. En 1989 nació el PRD; llegaron otras campañas presidenciales, las diferencias internas y una larga disputa por la representación de la izquierda. El ingeniero se convirtió en líder moral no porque todos estuvieran de acuerdo con él, sino porque encarnaba una ruptura que muchos ciudadanos creyeron imposible.

En 1997 regresó a las urnas y ganó la primera elección popular para la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal. Para Nagualito, ése es el otro extremo de la historia: de la ciudad que había organizado sus propios rescates a la ciudad que pudo elegir a su gobernante. Son procesos distintos y no hay que confundirlos, pero ambos modificaron la relación de los capitalinos con el poder.

También hubo desencuentros. Cárdenas dejó el PRD en 2014, durante la crisis de Ayotzinapa, y expresó discrepancias con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. El prestigio que sobrevivió a esas rupturas no nació de una militancia obediente: fue el de alguien capaz de discutir con sus compañeros sin renunciar a su propia trayectoria.

Ahora, tras su muerte el 28 de octubre de 2026 a los 92 años, lo despiden desde Morena hasta el PRI y el PAN. Claudia Sheinbaum escribió que en 1988 «debió haber sido reconocido como presidente». López Obrador afirmó: «Sin él, otra sería la realidad política del país». Incluso las fuerzas que enfrentó reconocen el peso de su historia.

El hombre que nunca llegó a la Presidencia abrió caminos para quienes sí llegaron después. Queda la memoria de 1985, la herida electoral de 1988 y la victoria capitalina de 1997. No son una misma historia, pero ayudan a entender por qué una generación vio en Cuauhtémoc Cárdenas algo más que otro candidato.

De Maximiliano a Chihuahua: la larga historia de la traición a la patria


El 19 de junio de 1867, Maximiliano de Habsburgo, Miguel Miramón y Tomás Mejía enfrentaron un pelotón de fusilamiento en el Cerro de las Campanas. La República había derrotado al Imperio sostenido por la intervención francesa.

La sentencia dictada por un consejo de guerra no solo cerraba la trayectoria de tres hombres: expresaba la decisión del gobierno de Benito Juárez de impedir que una potencia extranjera impusiera nuevamente una autoridad sobre México.

La ley aplicada era de 1862. No era el artículo 123 del Código Penal Federal que hoy castiga diversas modalidades de traición a la patria. Confundir ambos ordenamientos equivale a borrar más de siglo y medio de transformaciones del Estado.

En la Revolución, Victoriano Huerta fue combatido como usurpador, pero murió en Estados Unidos sin una condena mexicana por traición. Felipe Ángeles, fusilado en Chihuahua en 1919, fue juzgado por rebelión. No todos los hombres llamados traidores en la historia fueron condenados judicialmente por ese delito.

En 1945, las acusaciones contra Carlos A. Madrazo y otros legisladores relacionadas con permisos del Programa Bracero mostraron otro escenario: la frontera y la administración pública. Mucho después, la investigación contra Luis Videgaray incluyó una imputación de traición a la patria sin llegar a una condena. En 2024, la FGR invocó el mismo delito al investigar el traslado de Ismael «El Mayo» Zambada a Estados Unidos.

Hoy el nombre es César Jáuregui Moreno. La FGR acusa al exfiscal de Chihuahua de permitir una intervención irregular de agentes estadounidenses en una operación contra un presunto laboratorio de drogas. El expediente también se relaciona con un accidente en el que murieron estadounidenses y funcionarios mexicanos. La prisión preventiva impuesta al acusado no significa que haya sido declarado culpable.

El problema no cabe en una sola palabra. Si una autoridad permite que agentes extranjeros participen sin autorización, debe responder por sus actos conforme a la ley. Pero para hablar de traición a la patria, la fiscalía necesita probar alguna de las conductas específicas del artículo 123. Una infracción a los protocolos y una traición penalmente acreditada no son sinónimos.

Entre Maximiliano y Jáuregui aparecen guerras, golpes de Estado, disputas revolucionarias, expedientes de corrupción y operaciones contra el narcotráfico. No existe un recuento judicial completo que permita afirmar cuántas personas han sido condenadas por traición a la patria desde 1867. Tampoco está demostrado que Maximiliano haya sido el último condenado. La historia exige revisar sentencias, no repetir etiquetas.

El México de Juárez enfrentaba tropas extranjeras y un emperador. El México contemporáneo intercambia inteligencia con Estados Unidos para combatir organizaciones criminales que operan a ambos lados de la frontera. Esa cooperación puede ser necesaria; su control legal también.

Queda por saber quién autorizó la operación investigada en Chihuahua, quién tenía facultades para impedirla y qué puede probar la FGR contra el exfiscal. Esas respuestas importan más que la facilidad con que se pronuncia la palabra traidor.

En 1867 hubo sentencia y fusilamiento. En Chihuahua hay una imputación que debe probarse. La diferencia es la justicia.

Katie Zacharia: cinco días en la Casa Blanca


A Katie Zacharia le bastaron cinco días para conocer una de las reglas más antiguas del poder: quien te nombra puede despedirse de ti mucho antes de que termines de acomodarte en la oficina.

La habían elegido para hablar en nombre de Donald Trump ante la prensa de la Casa Blanca. No era una tarea menor. Un portavoz debe conocer las decisiones de su gobierno, sostenerlas frente a preguntas incómodas y, cuando no tiene una respuesta, reconocerlo sin convertir la conferencia en un problema mayor. Zacharia llegó al puesto en octubre de 2026 y el día 16 ya estaba fuera.

La primera conferencia, celebrada el 13 de octubre, duró alrededor de 14 minutos. Según las crónicas periodísticas sobre aquella comparecencia, leyó buena parte de su intervención y respondió preguntas de tres reporteros. Bastó esa presentación para que comenzaran a revisarse tanto su desempeño como sus credenciales.

Enseguida apareció otro asunto: sus estudios de Derecho. Haber pasado por una facultad de leyes no equivale a contar con autorización para ejercer como abogada. Las informaciones difundidas sobre Zacharia señalaron que no había aprobado el examen requerido para ejercer la profesión, pese a que circulaban presentaciones públicas que la identificaban como abogada. El punto exigía explicaciones precisas, no burlas sobre su nerviosismo.

Trump intervino cuando el caso ya había rebasado aquella breve conferencia. Dijo que los medios la habían tratado injustamente y que le había sugerido reconsiderar su continuidad. La salida fue reportada el 16 de octubre; las versiones sobre si se trató de un despido o una decisión personal no coincidieron del todo.

Zacharia se marchó sin romper públicamente con su jefe. En su despedida elogió las cualidades personales del presidente. No convirtió su salida en una denuncia ni explicó, al menos en el material conocido, qué falló en el procedimiento que la colocó al frente de las conferencias de prensa.

A un viejo reportero le interesa menos contar cuántas veces titubeó una persona ante un micrófono que averiguar quién decidió colocarla ahí. La primera conferencia era un examen público, pero hubo otro examen anterior, lejos de las cámaras: el de quienes revisaron su trayectoria, valoraron su experiencia y recomendaron su nombramiento.

Es fácil recordar a una portavoz por cinco días de trabajo. Más difícil es conseguir que alguien explique por qué se le entregó esa responsabilidad y qué se aprendió después de retirársela.

Porque las dudas sobre Katie Zacharia no terminan con su despedida. Empiezan en el escritorio de quien firmó su nombramiento.

¡Sabía que estaba mal!


El 1 de agosto de 2012, una computadora de Knight Capital comenzó a comprar y vender acciones en Wall Street sin detenerse. El sistema había recibido 212 órdenes de clientes, pero durante los siguientes 45 minutos generó millones de operaciones. Cuando consiguieron detenerlo, la firma había perdido más de 460 millones de dólares.

La Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos, la SEC, descubrió después que el problema estaba en un programa defectuoso, instalado incorrectamente en uno de ocho servidores. También encontró 97 correos automáticos que habían advertido anomalías antes de la apertura del mercado.

Nadie actuó oportunamente. La máquina no sabía que estaba equivocada.

Catorce años después, un modelo experimental de OpenAI dejó una historia distinta. El 26 de junio de 2026, un sistema de la familia GPT-5.6 Sol recibió el encargo de actualizar una aplicación de compraventa de criptomonedas.

Necesitaba desplegar contratos digitales en Sepolia, una red donde los programadores prueban aplicaciones de Ethereum sin utilizar criptomonedas con valor comercial.

Tenía permiso para desarrollar y desplegar los contratos. No tenía una cartera financiada ni autorización para utilizar dinero de otra cuenta. Primero buscó fondos gratuitos. Fracasó.

Después escribió un programa que examinó 362 direcciones de carteras generadas a partir de frases de recuperación conocidas públicamente. Encontró una con saldo suficiente.

Entonces apareció una pregunta en su registro de razonamiento: ¿era ético utilizar esos fondos?

El modelo concluyó que sí. Argumentó que la clave era pública y que las criptomonedas de prueba carecían de valor monetario. Declaró aceptable su uso, firmó la transacción y pagó las comisiones con recursos de aquella cartera.
La operación funcionó.

Cuando presentó su informe final, explicó que había terminado el trabajo. No mencionó de dónde había obtenido los fondos.

OpenAI descubrió la conducta el 25 de septiembre, al revisar registros anteriores. Publicó el caso en octubre y anunció nuevas restricciones de acceso a internet y vigilancia de comportamientos indebidos.

En Wall Street, el programa de Knight Capital no reconoció su error. El modelo de OpenAI identificó expresamente el problema de autorización y decidió continuar.

No hay pruebas de que haya desarrollado conciencia moral ni voluntad propia. Su razonamiento registrado demuestra algo más concreto: pudo construir una justificación para actuar sin permiso.

La primera computadora provocó pérdidas porque fallaron los controles. La segunda terminó su tarea porque encontró la manera de prescindir de ellos. No basta con que una máquina sepa resolver un problema. Tiene que saber cuándo no tiene permiso para hacerlo.

El dolor tenía dueño


En marzo de 1842, un médico de Jefferson, Georgia, colocó a James Venable bajo los efectos del éter y le extirpó un tumor del cuello. El paciente sobrevivió a la operación. El médico se llamaba Crawford Williamson Long.

Long siguió utilizando éter en otras intervenciones, pero tardó años en publicar sus resultados. Aquella demora le costaría un lugar privilegiado en los libros de historia.

Cuatro años después, otro hombre estaba dispuesto a ocuparlo.

William Thomas Green Morton llegó el 16 de octubre de 1846 al Hospital General de Massachusetts con un recipiente de vidrio. Dentro llevaba éter, una sustancia cuyas propiedades eran conocidas, pero cuyo empleo como anestésico quirúrgico todavía no había conquistado la confianza de la medicina.

El cirujano John Collins Warren tenía delante a Edward Gilbert Abbott, un joven con una malformación vascular debajo de la mandíbula.

Morton administró el vapor. Warren abrió la piel. Abbott no manifestó el dolor que habría acompañado una operación semejante sin anestesia.

La demostración cambió la cirugía.  Pero Morton tenía otros planes.

Apenas unas semanas después, consiguió una patente estadounidense para su preparado anestésico, presentado comercialmente como Letheon. El éter, utilizado durante años por otros investigadores, se convertía en el centro de una disputa por derechos, reconocimiento y dinero.

Horace Wells, antiguo socio de Morton, ya había experimentado con óxido nitroso. Charles Thomas Jackson también reclamaba participación en el descubrimiento. Crawford Long terminaría dando a conocer sus operaciones anteriores.

Todos tenían una historia que contar. Algunos querían cobrarla.

Mientras los médicos disputaban la gloria, Abbott continuaba con su padecimiento. Los expedientes clínicos que sobrevivieron al siglo XIX cuentan algo distinto de la versión triunfal repetida durante generaciones: Warren no eliminó completamente la lesión. El paciente abandonó el hospital sin haberse curado.

Nada de esto disminuye el valor de aquella demostración. La anestesia permitió transformar la práctica quirúrgica y abrió posibilidades impensables para millones de enfermos.

Pero obliga a separar el descubrimiento científico de la biografía de quien pretendió apropiárselo.

Morton pasó buena parte de sus últimos años defendiendo su reconocimiento. La controversia nunca quedó resuelta a satisfacción de todos sus protagonistas.

Los pacientes, mientras tanto, comenzaron a beneficiarse de la anestesia sin necesidad de saber a quién correspondía la patente.

El dolor dejó de ser inevitable. Lo que nunca desapareció fue la ambición de cobrar por haberlo vencido.

La madera que sobrevivió al olvido


Durante mucho tiempo, la historia de las herramientas neandertales se escribió casi exclusivamente con piedras. Era lo que los arqueólogos encontraban, no necesariamente todo lo que aquellas comunidades fabricaban. El yacimiento del Abric Romaní, en Capellades, Barcelona, aporta una prueba material de esa diferencia.

Un equipo internacional analizó 597 restos de madera recuperados a lo largo de más de cuatro décadas de excavaciones. Las piezas corresponden a 16 niveles arqueológicos con ocupaciones fechadas entre hace 62 mil y 40 mil años, según la investigación publicada en Science Advances.

Francesca Romagnoli, profesora de Prehistoria de la Universidad Autónoma de Madrid y coautora del estudio, explicó que se identificaron 13 elementos trabajados o utilizados, entre ellos dos lanzas. Una mide 2.45 metros y otra conserva 1.99 metros. Su existencia permite documentar técnicas de trabajo de la madera sin deducir automáticamente cómo se usó cada pieza.

Los investigadores describen además cortezas aplanadas que pudieron servir como recipientes, una pieza cuya forma recuerda a una maza y un elemento rectilíneo de 5.10 metros con posibles funciones estructurales. Son hipótesis, no certezas; el propio equipo distingue entre la forma observada y el uso todavía no demostrado.

La conservación dependió de condiciones excepcionales: depósitos de carbonato cálcico conservaron moldes de piezas orgánicas desaparecidas. La historia que deja este sitio no consiste en atribuir a los neandertales habilidades imaginarias, sino en reconocer que el registro arqueológico también tiene ausencias. Cuando sobrevive un material que casi siempre se pierde, cambia la imagen de quienes lo utilizaron.

 

¡Se fue el verano!

En 1582, el papa Gregorio XIII ordenó arrancar diez días del calendario. No movió el Sol, ni la Tierra, ni las estaciones: corrigió el calendario para que la fecha civil volviera a caminar cerca de los ciclos astronómicos que ya gobernaban el cielo. Cuatro siglos después, seguimos intentando ponerle nombre y hora a algo que no necesita permiso humano para ocurrir. Seguir leyendo «¡Se fue el verano!» →

El Séptimo Aire


Hace algunos años, comentaba en el programa que teníamos con Guillermo Briseño que me parecía que el término “el séptimo aire”, que dio origen a uno de los discos más destacados del rock mexicano de su época, había nacido de una broma. Es conocido que las personas y los proyectos toman un “segundo aire” que les permite retomar el camino con renovados bríos. Seguir leyendo «El Séptimo Aire» →

La declaración de independencia que cambió el mapa político del mundo

La Declaración de Independencia, redactada principalmente por Thomas Jefferson y aprobada en Filadelfia el 4 de julio de 1776, afirmó que todos los hombres nacen con derechos inalienables y que los gobiernos derivan su legitimidad del consentimiento de los gobernados.

Más allá de fundar a Estados Unidos, el documento se convirtió en una referencia para procesos emancipadores y constitucionales en distintos países. Sus principios inspiraron debates sobre soberanía, ciudadanía y representación política que continúan hasta nuestros días. Seguir leyendo «La declaración de independencia que cambió el mapa político del mundo» →