Especies que desaparecen

o la derrota de los pedantes

Sucedió en la antigüedad. Este era el lugar azul. La puerta era azul, las paredes azules, los pasillos azules y azul era su nombre. Azules también eran los dos caciques que resguardaban los tesoros del emperador azul. La discordia entró en este lugar azul cuando los dos caciques se enfrentaron para definir quién de ellos era más azul. Dividieron a la gente entre el azul claro — quien gustaba de alimentarse con nieves de mango– y el azul cielo –un viejo diablo de pastorela adicto a un sistema que empezaba a caerse a pedazos–. La lucha de los azules afectaba poco a los que cohabitaban ese lugar azul, pues como es saber de todos, es bueno decir al poderoso lo que quiere escuchar, mientras abajo se busca sobrevivir de la mejor manera. Los azules eran unidos. Con sus diferencias, sus judas, sus genialidades y sus carencias; esas eran muchas lo que provocaba que los azules se cobijaran unos a otros en la medida de sus posibilidades. Incluídas las nieves de mango. Pero resulta que aquel emperador no supo conservar el imperio azul que su antecesor engrandeció para beneficio de muchas personas que fueron azules en algún momento de sus vidas. Y así fué, que un día entregó el lugar azul, con todos sus cohabitantes, a los bicolores, los hermanos ricos de los azules, quienes tenían también a su emperador y sus propios caciques bicolores. Junto con los bicolores, llegó la horda de los pedantes. Aquellos que en algún momento de su vida fueron verdes y veían todo verde. Para ellos lo verde era el modelo a seguir y a implantar en el mundo azul.
Ellos vinieron a enseñarnos, a demostrarnos que el mundo azul tenía que ser verde, para ellos las cosas no podían ser de otro modo y quien se atrevía a oponerse era víctima de sus malos tratos. Nosotros eramos los azules a quienes no se les podía tener confianza o encargar alguna actividad de valor. Ellos traían la verdad en su palabra y nosotros eramos los necios y los incivilizados que no viajaron a Nueva York ni a Barcelona.
La primera medida del generalito verde fue cortarle la cabeza a los caciques azules y a la mayoría de sus adictos. Montados en bestias con tecnología de punta, los verdes comenzaron la conquista del espacio azul en nombre del emperador bicolor. En medio de la plaza principal instalaron sus estandartes. Hicieron lo que quisieron con las nieves de mango, a quienes maltrataron. No faltaron las azul marinas que entregaron a los pedantes su tesoro y fueron las primeras beneficiadas de su llegada.
El generalito verde llegó acompañado de todo su séquito, entre quienes se encontraban unos cuantos emigrantes de buena fe que no compartían las ideas de los pedantes. Pronto descubrieron el verdadero rostro del mundo azul, por lo que algunos bien intencionados y uno que otro pedante huyeron sin decir ni adiós. Algunos de los azules huyeron también al no soportar el maltrato de los coroneles, de los capitanes y de su jefe.
El generalito verde era despiadado. No toleraba la idea de que en el mundo existieran azules y los veía como seres inferiores. Obsesionado con el verde, trató de pintar de verde todo aquello que tenía algún tono azulado. El resultado fue deplorable.
Los pedantes buscaron enriquecerse a costillas del emperador bicolor y trataron se saquear aquel espacio azul. Vendieron al emperador bicolor la idea de un mundo verde de primera. Sólo que no contaban conque el emperador azul y sus caciques hacía mucho tiempo habían acabado con todo lo poco que había y no había mucho para iniciar su verde aventura.
Un día, el generalito verde, se hartó de la miseria y pidió al emperador bicolor que atendiera sus demandas, que como buen pedante cada día eran más y más, como barril sin fondo. El emperador bicolor se enojó, pues las cosas no iban del todo bien en el mundo bicolor. El generalito verde se enojó tanto que le dijo que se marchaba. El emperador bicolor lo aceptó y cuando el generalito verde quizo recapacitar ya era demasiado tarde. Dejó a cargo a al subteniente López, un ex esclavo venido a más que era el ejemplo más puro de la clase de los pedantes. Su arrogancia le provocó la aversión de todos los azules y de los bien intencionados. Sólo sus cercanos lo toleraban. Se trataba de un sujeto repulsivo, parecido a la matrona que dejaron abandonada los azules, por que no la soportaban.
Con sus capitanes y su humor de mujer menopáusica, los caballeros azules, quienes habían mantenido el auténtico ánimo azul en aquella situación que no parecía tener fin, padecieron las extravagancias del pedante super star. Ni siquiera el capitán pedante conciente, a cargo de la legión de caballeros azules, se atevía evitar los embates del subteniente López.
Pero el sueño del subteniente López era convetirse en general de la legión bicolor. Era tan ingenuo que no se dio cuenta de que los caballeros azules tenían identificadas sus intenciones, las acciones de sus capitanes y de sus sargentos. Por cierto, el generalito verde llegó al lugar de los azules sólo con capitanes, coroneles, el subteniente López y algunos sargentos — todos de medio pelo en el mundo de los verdes y comunidades vecinas–, pero se le olvidó traer a la tropa; mejor lo hicieron algunos bien intencionados que al final dejaron colgados a los tres o cuatro soldaditos ingenuos que se tragaron el cuento del nuevo mundo verde con matices bicolores.
Entre las últimas adquisiciones del generalito verde se encotraron dos capitanes: el capitán Bartolomé buena onda y el capitán cara pálida. Cara pálida era un antiguo corsario de aguas marinas, que al fin azules, se identificó, de alguna manera con los de ese color. Cuando se fue el generalito verde el rostro del corsario de cara pálida era transparente, pero cuando se fue el subteniente López, aquella vez que le dijeron que no iba ser ungido general de la colonia bicolor e hizo un berrinche enorme, su rostro fue distinto.
El capitán cara pálida no llegó solo. Trajo consigo a algunos de sus compañeros de naufrágio. La intención en un principio era apoderarse, para variar, de los tesoros del mundo azul. Resigandos a estar en la misma condición que los azules, pero con una remuneración mayor –casi ofensiva– los corsarios decidieron abonar las tierras azules con sus vastos conocimientos. Mientras tanto, el capitán Bartolomé buena onda trataba de conciliar con la base de los azules, soldados cansados de tantas batallas, hambientos y con una miserable paga.
Bartolomé buena onda logró apasiguar el ánimo de la tropa. No así el capitán pedante conciente, quien jamás se ocupó de conciliar ni de operar en favor de los caballeros azules, quienes poco a poco se dejaba seducir por las fuerzas del lazo azul oscuro, hasta que lograron seducirlos. Dicen, los que saben, que allá lejos, del otro lado del mundo el emperador azul reconstruye su imperio. Con sus mismos métodos, acompañado por uno de sus caciques. Cuentan que poco a poco se van sumando los azules originales en la recontrucción de aquel mundo azul. Habremos de esperar noticias de nuestros hermanos en el exilio.
A la huída del subteniente López, quedó al mando el capitán cara pálida. Las cosas no mejoraron en gran medida pero tampoco empeoraron. Cara pálida y buena onda, operadores de la colonia bicolor tenían que rendir cuentas a la virreyna de corazones, quien es la representante del emperador bicolor en el mundo mundano.
Un día los capitanes encabezaron una pequeña rebelión, pues la virreyna de corazones estaba de mal humor y se le ocurrió que todos debían caminar sobre sus manos o en el mejor de los casos de espaldas, para ver si asi entendían la folosofía bicolor. Mediante un documento signado por los abajofirmantes, los capitanes lograron echar atrás la medida.
Ente la especie de los pedantes había una coronelita, conocida por sus ataques de claustrofobia y su manía por maltratar a sus subalternos, que ocupó la silla de los antiguos caciques, un lugar en el que todos los que se sentaton terminaron arrojando la toalla. Y así fue, acostumbrada al orpel del mundo de los pedantes, a la pequeña coronela contrahecha se le ocurrió pelear con la virreyna de corazones por algún asunto, cuya intrascendencia ni siquiera registra la historia. La coronela contrahecha un día abandonó la colonia bicolor y dejó sus nutridas rentas, situación que alegró a todos.
Hoy la colonia es bicolor. La puerta es bicolor, las paredes bicolores, los pasillos bicolores y bicolor es su nombre. Bicolores también son los dos capitanes que resguardan los tesoros del emperador bicolor. Bicolor es la virreyna de corazones. De los pedantes, esa especie en peligro de extinción, sólo quedan algunos: el capitán pedante conciente, el hombre de la cara de escroto –segundo de la coronela contrahecha– y un capitán, cuyos apellidos le avergüenzan, por lo que utiliza sólo las primeras dos letras de cada uno de ellos: lástima, los pedantes son una especie en peligro de extinción.
La situación no es mejor que cuando se fueron los caciques azules, salvo por el trato, que con cara pálida y buena onda cambió significativamente: algunos aprendices fueron elevados al rango de soldados razos, los corsarios aún obtienen beneficios por encima de los otros, las señales de que una nueva invasión se avecina siguen intocados y la espectativa de vida de la colonia bicolor es menor a un año. «Pero llevamos tanto tiempo en esa situación, que ya no nos preocupa», me dijo hace poco el veterano guardia del puesto de vigilancia, quen me contó la historia que acaban de leer y no se olvida de todo lo sucedido en este frío lugar.

José Luis Conrado

Un dia entre Catredral y Eje Central


Sus luídas pero limpias ropas daban cuenta de su situación económica. Uno de los dos niños, Rodrigo –el mayor de ellos–, correteaba, mientras el más pequeño, ajeno a todo lo que sucedía yacía enganchado a aquel desempleado. Ellos no estrenaron ropa blanca ni marcharon en contra de la inseguridad, vinieron de Iztapalapa a buscar a la abuela que viven en una de las viejas vecindades del Centro Histórico para pedirle una ayuda ante su precaria situación.
Una espléndida tarde soleada los vio pasar enfrente de la Catedral, iban los cuatro. Entre el rumor y el ruido de los autos y vendedores ambulantes ella parecía una reina, a pesar de su camiseta deslavada y con hoyos o de su licra de algodón morado que hacía varios años había vivido sus mejores épocas. Aquella mujer sonreía, distante del alboroto que una manifestación y los conchceros que suelen danzar en la Plaza de la Constitución, sus ojos irradiaban algo más que luz, tenían un brillo especial, quizá las feromonas que expelía los hacían lucir mas bellos.
Pasaron los cuatro con su gran sonrisa frente al Nacional Monte de Piedad, donde decenas de personas hacían fila empeñados en comprale útiles a sus hijos. Caminaron por Madero y Rodrigo se echó a correr hacia Tacuba. Con ojos ávidos y curiosos se detuvo a mirar los juguetes que el comercio informal expende de manera cotidiana por la zona.
Con su gran sonrisa, la madre lo siguió y en silencio lo tomó de la mano, después con la voz más tierna le hizo ver que llevaban prisa para ver a la abuela. Frente al Café Tacuba vieron como los «toreros» corrían y daban aviso a través de radiolocalizadores que la camioneta que los recogería estaba en camino.
Ante aquel peligro para los pequeños, el varón la tomó de la mano, mientras ella protegía a sus hijos. Se fueron por Bolívar hacia Donceles. Frente al Teatro de la Ciudad, el recuerdo del tiempo de estudio, cuando visitaba esta misma calle para recorrer las librerías de uso, en busca de un ejemplar en buen estado, la comenzó a invadir. Ahí conoció a Gerardo, quien a la postre sería su compañero para toda la vida. Su sonrisa tomó un matiz más hermoso.
Unos viejitos esperaban sentados frente al centro de salud para que les entregaran su credencial. Asombrados porque en la antigua Cámara de Diputados – hoy Asamblea Legislativa del Distrito Federal– no había manifestaciones siguieron su camino en dirección al Eje Central.
Cuando pasaron frente al Senado de la República despertó el pequeño, Rubén, a quien no le importaba demasiado si se aplicaban o no reformas a las leyes mexicanas. Cruzaron por Xicoténcatl y se detuvieron un momento frente a la estatua de Carlos IV, en la Plaza Tolsá, cuando ella soltó un gran suspiro. Recordada el tiempo de novios, cuando los dos se metieron a una feria del libro en el Palacio de Minería y él le regaló Rayuela.
El Palacio de Correos se levantaba majestuoso en aquella avenida. A Rodrigo le llamó la atención el oropel de aquel edificio. Mientras le explicaba que las decoraciones son de tipo barroco y pertenecen al porfiriato, recordó que en ese mismo sitio le dio el primer beso a su mujer.
Con su amor de hombre callado y bien conservado al paso de más de una década le dirigió una mirada a Patricia, quien seguía sonriente y orgullosa con ese brillo en los ojos. Mientras, ahí enfrente el Palacio de Bellas Artes y miraba pasar a una turista que dejaba ver sus encantos al portar una reducida camiseta color amarillo.
Sin siquiera mirarlo, pasaron al lado del Banco de México que silencioso les daba sombra. Una gran bocina dejaba escurrir su mensaje en la que una vieja melodía les recordaba algo especial. Era su canción y la mar de recuerdos vino a su mente. El puesto de discos marca bucanero con grandes letras expresaba la leyenda «Alejandra, estamos contigo», mientras algún transeúnte se preguntaba si se referían a la prisión de la lidereza de ambulantes.
Con grandes trabajos lograron cruzar la avenida cuidando que los pequeños no se extraviaran en aquel conflictivo cruce. La mujer eufórica caminó hacia Victoria mientras la Torre Latinoamericana la observaba celosa. Entre el mercado ambulante, doblaron la esquina de Victoria y Eje Central. Con tantos recuerdos ella estaba a punto de llorar, él le preguntó «¿qué tienes?» Será que soy feliz.
Uno de los comerciantes la vio perderse en una de los edificios de aquella calle, mientras la familia contenta buscaba la forma de salir de la crisis que la afectaba desde hacía unos meses. Afuera, el Centro Histórico seguía con la caótica normalidad de siempre.

Roberto Cortez Zárate

Jamaica, paraíso florido


Millones de pequeñas figuras forman el entramado de atractivos colores y dulces fragancias que dan vida a la efímera figura de un Cristo florido. Mientras un artesano crea su milagro con frescas flores, César Albarrán, chofer de la ruta 18, prepara una breve escapada hacia Chalma.
Como cada 18 de octubre, desde hace 20 años, el devoto chofer se dirige al mercado de Jamaica para adornar su autobús – que volvió a serlo, luego de un desliz de varios años tras el volante de un microbús–. Al filo de las seis de la mañana el flamante vehículo saldrá a reunirse con unos 100 colegas para iniciar la peregrinación.
Mientras un mecapalero escapado de algún cuadro de Diego Rivera lleva a cuestas un costal de elotes, Albarrán comenta que bien merece la pena el pago de los 7 mil 500 pesos por el adorno de su vehículo y se alegra ante la posibilidad de escapar de la ciudad, un poco por la fe y un poco por los balnearios que visitará posteriormente con su familia.
Dentro del mercado una pandilla de girasoles se asoma a mirar al artesano que transforma las margaritas en el nombre en menajes escritos. Tradición de 30 años que involucra a los integrantes de la familia que no tiene apellidos.
Los hermanos Juan y Elpidio Anastasio Salvador pueden pasarse días enteros encerrados en Jamaica, con tal de que sus temporales obras cobren vida y adornen las festividades de sus clientes.
Mientras Elpidio, el mayor, coloca cuidadosamente cada flor en el lugar preciso comenta que la mayor parte de su materia prima es traída de viveros de Villa Guerrero y de Texcoco, estado de México y, cuando hay un festejo especial que involucre mayor número de brotes, de Atlixco, Puebla.
Advierte que en la presente temporada, como consecuencia de los huracanes y el clima adverso que ha afectado a los cultivos de flores muchos de éstos se han echado a perder, por lo que se espera que el Día de Muertos la producción disminuya hasta en un 50 por ciento.
Ahí, las coronas de muerto lucen distintas, acompañadas por estrellas y herraduras verde y blanco, y por los ramos que los novios les llevan a sus amadas. No faltan ni las rosas pasiones, claveles muy formales, gladiolas de elegante presencia, tulipanes al estilo holandés, ramilletes de violetas, y por su puesto, ya se comienzan a vender grandes cantidades de cempazúchitl, que es la flor de la temporada.
Hay arreglos para todos los gustos y necesidades, desde 50 pesos, hasta elaboradas composiciones floristicas que pueden alcanzar los 10 mil pesos. Finalmente, Elpidio remata como con ganas de vender: “en Jamaica siempre nos acomodamos al precio del cliente”.
Roberto Cortez Zárate

Sobrevivir con 50 pesos diarios en la Ciudad de México


De su monedero desgastado por el uso, doña Gloria saca unas monedas para pagar un kilo de papas, luego hace cuentas y se truena los dedos. Estirar la quincena y olvidarse de «cualquier lujo» es para ella el pan de cada día.
Desde temprano, la mujer de 84 años salió a hacer las compras del día. En su carrito se asoma una bolsa con papas y huevo, una parte de los ingredientes para las quesadillas y tacos que vende todos los días en su puesto de la colonia La Esperanza, en la alcaldía Cuauhtémoc.
Viuda desde hace tres años y con 10 hijos ya todos casados, doña Glorial lucha día a día para no depender de nadie se torna en la mayoría de las veces muy dura, sobre todo por la edad.
“Los años pesan mucho y en muchas ocasiones mis pies parecen negarse a seguir el camino. Salir al mercado a comprar lo que necesito para cocinar todos los guisados y vender mis quesadillas y tacos es muy cansado.
«Yo vengo a la Merced a surtirme de todo lo que necesito para mi puesto, aquí las cosas están más baratas y sólo de esta forma puedo ganar algo en mi puesto», explica la mujer de cabello cano y corto y piel quemada por el sol.
De pronto, con su mano limpia rápidamente el sudor de su frente, y refiere: «Desde hace años no me compro un vestido o una blusa, el dinero no alcanza para nada y eso que ya no tengo hijos a quien mantener. Ya estoy sola, mi esposo murió hace tres años y desde entonces trabajo para mantenerme y no depender de nadie.
“A mi jamás me ha pasado por la cabeza pedir limosna, sentarme o parame en una esquina, o en la entrada de alguna de las estaciones del Metro y extender la mano para que me regalen unas monedas, que yo puedo ganarme sola, con mi trabajo”, explica doña Gloria.
Y entonces suelta una carcajada «¿salario mínimo?, ¿qué es eso?, yo con la venta de mis quesadillas gano para comer, más o menos 50 pesos diarios».
Y agrega: «En mi casa vivo con mis dos hijas, ellas trabajan para mantenerse y me ayudan a pagar el gas, la luz y el predio; la casa es propia, nos la vendieron en 30 mil pesos, en pagos, porque nosotros fuimos damnificados del terremoto de septiembre de 1985, gracias a Dios por eso no tengo que preocuparme en pagar renta».
En la calle, cercana al mercado de La Merced, en la alcaldía de Cuauhtémoc, entre el ir y venir de decenas de personas, recuerda con tristeza cuando aún estaba su esposo.
«Cuando él estaba por lo menos me sentía acompañada, tuve 10 hijos, todos ya casados, ocho de ellos sólo me hablan de vez en cuando y dos viven conmigo, pero siempre ocupadas en sus cosas», añadió.
En punto de las 7:00 de la noche, todos los días, Gloria pone su puesto de quesadillas afuera de su casa y se persigna para sacar lo de su comida del día siguiente. Es su diaria lucha por la supervivencia.

Trabajar para comer y pagar servicios
Mientras tanto, en el sur de la Ciudad de México, en la Colonia Ejidos de Huipulco, en la alcaldía de Tlalpan, Lucy llega a su hogar después de una pesada jornada de trabajo.
«Desde los 20 años trabajo en casas. Hoy me tocó ir a dos, sólo así nos alcanza para vivir a mi esposo y a mí». Con coraje, señala que cada vez están peor las cosas.
Lucy, ahora con 53 años, asegura que trabajar en dos casas el mismo día es para ella cada vez más pesado. «Mi esposo todos los días sale antes de que salga el sol a prepararse para la venta de agua por las calles de las colonias cercanas».
En segundos, aparecen nubes negras que anuncian una tormenta en la zona. Entonces, la señora dice categóricamente, «entre mi esposo y yo ganamos cerca de cuatro mil pesos a la semana, la verdad no sé cuánto sea el salario mínimo».
Comprar ropa nueva, comer carne y fruta todos los días y salir de vacaciones son algo lejos de sus posibilidades. La quincena apenas alcanza para mal comer y en ocasiones ayudar a sus hijos.
Lo que ganamos simplemente se divide en dos, para comer y pagar servicios; las vacaciones, ropa nueva y comer fuera de casa es algo imposible para nuestra familia.
Y como si el cielo se solidarizara por la situación que vive la trabajadora doméstica, empiezan a caer gruesas gotas de lluvia.
Entonces se suma otra preocupación para la entrevistada, la probable inundación que impedirá que sus hijos lleguen temprano a su casa.

María del Refugio Gutiérrez / Notimex

Un día, entre Catredral y Eje Central

Un día, entre Catredral y Eje Central

Sus luídas pero limpias ropas daban cuenta de su situación económica. Uno de los dos niños, Rodrigo –el mayor de ellos–, correteaba, mientras el más pequeño, ajeno a todo lo que sucedía yacía enganchado a aquel desempleado. Ellos no estrenaron ropa blanca ni marcharon contra la inseguridad, vinieron de Iztapalapa a buscar a la abuela que vive en una de las viejas vecindades del Centro Histórico a…

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