Una ciudad tuvo que aprender a organizarse sin esperar instrucciones. Después de los sismos de septiembre de 1985, vecinos, brigadistas y familias habían descubierto el alcance de la solidaridad y también los límites de las instituciones. Tres años después, aquella experiencia no se convirtió automáticamente en voto cardenista, pero el país volvió a conocer una emoción política que desbordaba a los partidos.
Cuauhtémoc Cárdenas no hablaba como los políticos de espectáculo. Venía del PRI, había gobernado Michoacán y llevaba un apellido fundamental para la memoria social de México. Lo decisivo fue su ruptura con el partido que había concentrado la Presidencia durante décadas. En 1988 apareció una posibilidad hasta entonces remota: disputarle el poder al régimen desde las urnas.
Los hechos bastan: el Frente Democrático Nacional agrupó fuerzas de oposición y la elección de 1988 quedó atravesada por denuncias de fraude y por los problemas del cómputo electoral. Carlos Salinas de Gortari fue declarado ganador. Cárdenas no fue reconocido como presidente.
Lo que siguió fue tan importante como aquella derrota oficial. En 1989 nació el PRD; llegaron otras campañas presidenciales, las diferencias internas y una larga disputa por la representación de la izquierda. El ingeniero se convirtió en líder moral no porque todos estuvieran de acuerdo con él, sino porque encarnaba una ruptura que muchos ciudadanos creyeron imposible.
En 1997 regresó a las urnas y ganó la primera elección popular para la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal. Para Nagualito, ése es el otro extremo de la historia: de la ciudad que había organizado sus propios rescates a la ciudad que pudo elegir a su gobernante. Son procesos distintos y no hay que confundirlos, pero ambos modificaron la relación de los capitalinos con el poder.
También hubo desencuentros. Cárdenas dejó el PRD en 2014, durante la crisis de Ayotzinapa, y expresó discrepancias con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. El prestigio que sobrevivió a esas rupturas no nació de una militancia obediente: fue el de alguien capaz de discutir con sus compañeros sin renunciar a su propia trayectoria.
Ahora, tras su muerte el 28 de octubre de 2026 a los 92 años, lo despiden desde Morena hasta el PRI y el PAN. Claudia Sheinbaum escribió que en 1988 «debió haber sido reconocido como presidente». López Obrador afirmó: «Sin él, otra sería la realidad política del país». Incluso las fuerzas que enfrentó reconocen el peso de su historia.
El hombre que nunca llegó a la Presidencia abrió caminos para quienes sí llegaron después. Queda la memoria de 1985, la herida electoral de 1988 y la victoria capitalina de 1997. No son una misma historia, pero ayudan a entender por qué una generación vio en Cuauhtémoc Cárdenas algo más que otro candidato.