El balón y el imperio: Cuando los accidentes dejan de ser accidentes

Cuando Camerún derrotó a Argentina en el partido inaugural del Mundial de Italia 1990, la explicación más repetida fue que el campeón del mundo había tenido un mal día. Cuatro años después, Bulgaria eliminó a Alemania en Estados Unidos 1994. En 2002, Senegal venció a Francia en el encuentro inaugural. En Qatar 2022, Marruecos llegó hasta las semifinales, algo que ninguna selección africana había conseguido. Cada resultado fue tratado como una excepción, como un accidente. Sin embargo, las excepciones comenzaron a repetirse con demasiada frecuencia.

Paraguay eliminó a Alemania, cuatro veces campeona del mundo. Marruecos dejó fuera a Países Bajos, finalista en tres ocasiones. Senegal llevó al límite a Bélgica. La República Democrática del Congo obligó a Inglaterra a remontar en los minutos finales. Una selección debutante, Cabo Verde, terminó su primer Mundial sin perder un solo partido en los noventa minutos reglamentarios: empató con España, empató con Uruguay y llevó a Argentina hasta la prórroga en los dieciseisavos de final.

México también forma parte de ese cambio. Durante décadas, cuando la selección nacional enfrentaba a una potencia europea, el debate consistía en saber si podría competir con dignidad. Antes del partido frente a Inglaterra, en los octavos de final, la conversación fue distinta. Los ingleses aparecieron como favoritos, pero nadie consideró imposible una victoria mexicana. Puede parecer un cambio menor. No lo es. Las relaciones de poder comienzan a modificarse cuando la derrota deja de asumirse como un destino inevitable.

Eso no significa que las potencias hayan desaparecido. Francia sigue siendo una de las mejores selecciones del torneo. España mantiene una estructura futbolística de primer nivel. Inglaterra conserva una de las plantillas más valiosas del campeonato. Lo que comienza a cambiar no es la calidad de esas selecciones, sino la certeza con la que antes se suponía que llegarían a las últimas rondas.

Durante buena parte del siglo XX, el mapa del futbol reprodujo el mapa del poder económico mundial. Europa concentró las mejores ligas, los clubes más ricos, los sistemas de formación, los entrenadores de mayor prestigio y buena parte de los campeonatos del mundo. Esa concentración económica terminó convirtiéndose también en una concentración de reconocimiento deportivo. Antes de que comenzara un Mundial, parecía natural colocar a Alemania, Italia, Francia o Inglaterra entre los principales candidatos al título. Las selecciones africanas, asiáticas o latinoamericanas que estaban fuera del grupo tradicional aspiraban, en el mejor de los casos, a sorprender.

Los Mundiales siempre han reflejado algo del momento político que vive el planeta. El de Argentina 1978 quedó marcado por la dictadura militar. El de Sudáfrica 2010 mostró el ingreso simbólico del continente africano al gran escenario deportivo. Qatar 2022 exhibió las contradicciones entre los derechos humanos, los negocios y la geopolítica. El Mundial de 2026 parece mostrar otra cosa: las viejas jerarquías conservan el dinero, pero ya no garantizan el prestigio.

Una disputa simbólica

Cuando Marruecos enfrenta a Países Bajos o Senegal disputa un partido contra Bélgica, también coinciden, de manera simbólica, sociedades que durante siglos ocuparon posiciones distintas dentro del orden internacional. Las antiguas colonias compiten frente a las que fueron sus metrópolis o formaron parte del núcleo europeo que dominó la economía, la política y la expansión colonial durante varios siglos.

Ningún marcador modifica esa historia. Una victoria no redistribuye la riqueza ni corrige las consecuencias del colonialismo. Pero sí altera algo que también forma parte de cualquier relación de poder: el prestigio.

Durante noventa minutos desaparecen muchas de las jerarquías que organizan el sistema internacional. El Producto Interno Bruto deja de importar. También el tamaño del ejército, el asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas o la influencia diplomática. En la cancha juegan once contra once.

Carlos Monsiváis describía el futbol como una temporada carnavalesca. La expresión resulta útil porque el carnaval, desde la sociología y la antropología, representa un momento en que las jerarquías habituales se suspenden sin desaparecer. El orden cotidiano regresa cuando termina la celebración, pero, durante unas horas, parece posible invertirlo.

Algo semejante ocurre en una Copa del Mundo. El prestigio cambia de manos con mayor rapidez que el dinero. Existe otra paradoja menos visible.

Muchos de los futbolistas que hoy disputan ese prestigio fueron formados precisamente por el sistema europeo. Achraf Hakimi surgió del Real Madrid. Sadio Mané construyó su carrera entre Austria, Inglaterra y Alemania. Decenas de seleccionados africanos y latinoamericanos juegan en las principales ligas europeas. El mercado buscó talento en todo el planeta, invirtió en desarrollarlo y terminó fortaleciendo a quienes hoy cuestionan la vieja jerarquía deportiva.

Un fenómeno económico

No es un fenómeno exclusivo del futbol. La historia económica ofrece ejemplos semejantes. Inglaterra difundió tecnología durante la Revolución Industrial y, décadas después, enfrentó la competencia de Alemania y Estados Unidos. Estados Unidos impulsó buena parte del desarrollo industrial asiático durante la Guerra Fría y terminó encontrando en China a su principal competidor económico. La circulación del conocimiento suele producir consecuencias que sus propios impulsores no previeron.

El futbol parece recorrer un camino parecido. Eso no significa que el poder haya cambiado de manos. Europa sigue concentrando las ligas más fuertes, los clubes con mayor presupuesto y el mercado que fija el valor internacional de los jugadores. Los grandes contratos comerciales continúan firmándose en las principales capitales europeas.

Lo que comienza a romperse es la relación automática entre poder económico y resultado deportivo. Mientras la competencia parece distribuirse entre más selecciones, el negocio del futbol avanza exactamente en sentido contrario.

La FIFA calcula ingresos superiores a los 13 mil millones de dólares durante esta Copa del Mundo. El torneo pasó de 64 a 104 partidos. Oficialmente, la ampliación busca abrir espacio a más selecciones nacionales. En términos económicos, también significa cuarenta partidos adicionales para vender derechos de transmisión, patrocinio, hospitalidad y publicidad.

La distribución de las sedes confirma esa lógica. Aunque el campeonato fue presentado como una organización compartida entre México, Estados Unidos y Canadá, el reparto de los partidos muestra otra realidad. Estados Unidos recibió 78 de los 104 encuentros, además de toda la fase final, desde los cuartos de final hasta el partido por el campeonato. México y Canadá organizaron trece partidos cada uno. El Mundial es trinacional. El centro económico del torneo no lo es.

La misma lógica aparece en un detalle que pasó casi desapercibido. La FIFA estableció pausas obligatorias de hidratación para todos los partidos. Algunas resultan plenamente justificadas por las condiciones climáticas. Otras generaron preguntas razonables. En el partido inaugural entre México y Sudáfrica, disputado con una temperatura cercana a los 23 grados centígrados, el juego también se detuvo.

Mientras los futbolistas bebían agua, la transmisión estadounidense aprovechó esos minutos para insertar anuncios de Powerade, AT&T, Michelob Ultra, Lowe’s y FanDuel. No existe prueba de que las pausas fueran creadas para vender publicidad. Sí existe un hecho verificable: cada interrupción abre un nuevo espacio comercial para quienes poseen los derechos de transmisión.

El entrenador Jürgen Klopp resumió ese cambio con una frase que provocó discusión en todo el mundo: el futbol empieza a convertirse en la interrupción entre los anuncios. No es solo una crítica a la publicidad. Describe una transformación del negocio.

Durante décadas, la televisión compraba un espectáculo cuyo ritmo dependía exclusivamente del juego. Ahora, el propio desarrollo del partido comienza a generar tiempos con valor comercial.

Las plataformas digitales descubrieron hace años que la atención de las personas constituye uno de los activos más rentables de la economía contemporánea. El objetivo consiste en mantener al usuario conectado el mayor tiempo posible para incrementar el valor de la publicidad.

El Mundial funciona bajo una lógica semejante. Miles de millones de personas siguen simultáneamente los partidos. Cada minuto frente a la pantalla adquiere un valor económico extraordinario. La atención también cotiza.

Existe otro dato que ayuda a entender la dimensión del negocio. Los precios de los boletos para las fases finales alcanzaron niveles sin precedente para amplios sectores de la población. El Mundial continúa presentándose como la fiesta del futbol. Asistir a esa fiesta resulta cada vez más costoso.

La atención también se convirtió en mercancía. Ahí aparece la segunda gran paradoja del Mundial de 2026. La cancha nunca había parecido tan abierta. El negocio nunca había estado tan concentrado. La FIFA ya no solo administra el futbol. También administra una parte importante de la economía política del deporte global.

Empoderamiento supranacional

La FIFA modificó incluso el nombre de uno de los estadios con mayor carga simbólica del futbol mundial. El Estadio Azteca, convertido comercialmente en Estadio Banorte, apareció oficialmente durante el torneo como «Estadio Ciudad de México». La decisión respondió a las reglas comerciales del organismo para uniformar la identidad de las sedes.

Mientras el organismo promueve discursos sobre sostenibilidad ambiental y reducción de emisiones, una investigación de la BBC documentó que Gianni Infantino utilizó un jet privado para efectuar 27 vuelos durante la fase de grupos, recorrer más de 50 mil kilómetros y asistir a 24 partidos. El cálculo del medio británico estimó emisiones cercanas a 516 toneladas de dióxido de carbono equivalente.

La FIFA ya no administra únicamente una competencia deportiva. Administra uno de los mayores mercados globales de atención, publicidad y consumo. Cada minuto. Cada estadio. Cada transmisión. Cada patrocinador. Cada pausa. Cada símbolo. Todo forma parte del mismo circuito de acumulación. Y, sin embargo, existe algo que ni siquiera ese enorme aparato económico consigue controlar: el resultado del partido.

Mientras el mercado organiza prácticamente todo lo que rodea al futbol, sigue siendo incapaz de garantizar quién gana cuando rueda el balón. Por eso, el Mundial de 2026 no anuncia el fin de las potencias futbolísticas. Lo que muestra es el desgaste de una certeza: la de que el prestigio pertenece, por naturaleza, a los mismos de siempre.

Cuando una federación deja de parecer una federación

Durante mucho tiempo, la FIFA fue vista como el organismo encargado de organizar la Copa del Mundo y fijar las reglas del futbol. Esa definición hace años dejó de ser suficiente.

La organización reúne a 211 asociaciones nacionales. Son más integrantes de los que tiene la Organización de las Naciones Unidas (ONU), formada por 193 Estados. La comparación no significa que la FIFA sustituya a la ONU ni que ejerza funciones equivalentes. Lo que muestra es la dimensión de una institución privada capaz de establecer reglas que gobiernos, empresas y federaciones aceptan para participar en el torneo deportivo más importante del planeta.

Cada Copa del Mundo obliga a los países sede a modificar leyes, crear regímenes fiscales especiales, adaptar normas migratorias, establecer protocolos de seguridad y construir infraestructura bajo condiciones previamente negociadas con la FIFA. Ningún Estado pierde formalmente su soberanía, pero todos aceptan un conjunto de condiciones para conservar el derecho de organizar el campeonato.

La relación entre la FIFA y los gobiernos también cambió. Durante el Mundial de 2026, la discusión dejó de concentrarse exclusivamente en el calendario de partidos o en la organización logística. La entrega de un inédito Premio FIFA de la Paz al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, abrió un debate distinto.

La organización británica FairSquare denunció que Gianni Infantino había vulnerado el deber de neutralidad política previsto en el código de ética de la propia FIFA. Cincuenta integrantes del Parlamento Europeo solicitaron a la Comisión de Ética investigar las circunstancias en que fue otorgado un reconocimiento cuyos criterios nunca fueron explicados públicamente.

Una neutralidad simulada

Durante décadas, la FIFA procuró mantener la imagen de una institución neutral frente a los gobiernos. Sin embargo, entregar un reconocimiento de carácter político a un jefe de Estado modifica esa percepción. Una federación deportiva no solo organiza competencias; también comienza a distribuir legitimidad.

La FIFA se ha convertido en una organización con capacidad para movilizar recursos comparables a los de grandes corporaciones globales. Ya no basta con describirla como una federación deportiva.

Funciona, al mismo tiempo, como una organización privada con influencia internacional, como un regulador del mercado global del futbol y como un actor capaz de intervenir en espacios que antes pertenecían exclusivamente a los Estados o a organismos multilaterales.

La FIFA ha utilizado históricamente a los Estados para organizar la Copa del Mundo. En 2026 ocurrió también el movimiento inverso: Estados Unidos utilizó el Mundial para proyectar parte de su agenda política. No se trata de una afirmación ideológica. Los hechos permiten observarlo.

Desde los primeros días del torneo, el gobierno estadounidense anunció que reforzaría los controles migratorios y los protocolos de seguridad alrededor de las sedes mundialistas. La organización del campeonato quedó integrada al discurso de seguridad nacional. El mensaje fue contradictorio desde el principio.

Por un lado, la Casa Blanca presentó el Mundial como una oportunidad para mostrar la capacidad de Estados Unidos para recibir a millones de visitantes y organizar el mayor espectáculo deportivo del planeta.

Por el otro, Donald Trump difundió un mensaje dirigido a quienes viajarían al torneo. Les dio la bienvenida, pero agregó una advertencia: una vez terminada la competencia, todos deberían regresar a sus países. No era un comentario aislado. Formaba parte de una política migratoria que el gobierno mantuvo durante todo el campeonato.

Mientras cientos de miles de aficionados ingresaban al país para asistir a los partidos, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) continuó con operativos de detención y deportación en distintas ciudades. Diversas organizaciones defensoras de derechos humanos documentaron redadas durante el periodo mundialista y cuestionaron el contraste entre el discurso de hospitalidad hacia los visitantes y el endurecimiento de las acciones contra la población migrante.

El caso de Irán fue particularmente ilustrativo. En lugar de establecer su concentración en territorio estadounidense, el equipo permaneció en Tijuana y cruzó la frontera para disputar sus partidos. Oficialmente, se trató de una decisión logística y de seguridad. Sin embargo, resultó imposible separar esa determinación del contexto diplomático entre Washington y Teherán, marcado por décadas de confrontación política, sanciones económicas y tensiones militares.

La organización del torneo terminó reflejando relaciones internacionales que existían mucho antes del primer silbatazo. Algo parecido ocurrió con los procedimientos de ingreso al país.

Jugadores, integrantes de cuerpos técnicos, periodistas y aficionados enfrentaron controles reforzados respecto de otros campeonatos. Estados Unidos sostuvo que las medidas respondían a la necesidad de garantizar la seguridad de un acontecimiento de escala mundial. Las organizaciones civiles señalaron que el Mundial estaba siendo utilizado para normalizar mecanismos extraordinarios de vigilancia y control fronterizo.

La discusión trasciende el futbol

Desde hace décadas, los grandes acontecimientos deportivos funcionan como espacios donde los gobiernos ensayan nuevas formas de administración del territorio y de la seguridad. Los Juegos Olímpicos de Atenas modificaron la vigilancia urbana después de los atentados del 11 de septiembre. Brasil reforzó dispositivos de seguridad durante el Mundial de 2014 y los Juegos Olímpicos de Río. Francia desplegó sistemas de inteligencia y videovigilancia durante los Juegos de París.

Estados Unidos incorporó el Mundial de 2026 a esa misma lógica. La diferencia consiste en que la política migratoria ocupó un lugar central. El campeonato permitió proyectar simultáneamente dos mensajes. Hacia el exterior, Estados Unidos seguía siendo el país capaz de organizar el mayor espectáculo deportivo del planeta.

Hacia el interior, el gobierno reafirmaba que el control de las fronteras y de la movilidad continuaba siendo una prioridad política. No existe contradicción entre ambos mensajes. Se complementan.

El Mundial permitió mostrar capacidad organizativa, infraestructura, liderazgo tecnológico y alcance económico. Al mismo tiempo, ofreció un escenario para reforzar una narrativa de soberanía, control territorial y endurecimiento migratorio.

Ese contraste ayuda a entender por qué la Copa del Mundo ya no puede analizarse únicamente como un espectáculo deportivo. También es un escenario donde los Estados ejercen poder, legitiman políticas públicas y proyectan una imagen de sí mismos ante el resto del mundo.

El deporte continúa siendo un vehículo de prestigio, pero también se convierte en un espacio donde los Estados proyectan su poder administrativo, tecnológico y coercitivo. El balón rueda sobre la cancha, mientras, en los márgenes del torneo, se despliega otra competencia: la de los gobiernos por demostrar que siguen teniendo la última palabra sobre el territorio, las fronteras y la movilidad humana.

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