El 1 de octubre de 2024, mientras mandatarios y representantes de decenas de países ocupaban sus lugares en el Congreso de la Unión para la toma de posesión de Claudia Sheinbaum, hubo una ausencia que concentró más atención que muchas presencias. El rey Felipe VI no estaba ahí.
La silla vacía no respondía a un problema de agenda. El gobierno mexicano había decidido no enviar una invitación formal al jefe del Estado español. Detrás quedaban años de desencuentros provocados por la discusión sobre la Conquista, la exigencia de una disculpa histórica por los agravios contra los pueblos originarios y una relación diplomática que avanzaba con más cautela que entusiasmo.
Aquella mañana terminó. La fotografía quedó archivada. Parecía uno más de esos episodios que congelan relaciones sin romperlas por completo.
Dos años después, el mismo hombre que no cruzó las puertas del Congreso mexicano entrará por las de Palacio Nacional.
La presidenta Claudia Sheinbaum confirmó que recibirá al rey Felipe VI durante la visita del monarca a México con motivo del Mundial de Futbol 2026. El encuentro será breve. Según explicó la mandataria, hablarán sobre la importancia histórica de los pueblos originarios y sobre la relación entre ambas naciones.
La escena parece sencilla. Dos jefes de Estado conversando durante una visita internacional. Pero detrás de esa imagen hay una historia más larga.
México y España llevan décadas construyendo una relación difícil de resumir. Los lazos económicos son profundos. Empresas españolas operan en sectores estratégicos mexicanos. Millones de mexicanos tienen vínculos familiares, culturales o académicos con España. Las universidades intercambian estudiantes. Los libros cruzan el Atlántico en ambos sentidos. Las inversiones fluyen.
Al mismo tiempo, la memoria histórica sigue ocupando un lugar incómodo.
Cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador envió en 2019 una carta al rey español para solicitar una reflexión sobre los abusos cometidos durante la Conquista, abrió una discusión que nunca terminó de cerrarse. Para algunos se trataba de una reivindicación histórica. Para otros, de un conflicto innecesario entre dos países aliados.
Los gobiernos cambiaron. Las posiciones públicas variaron. La discusión permaneció.
Por eso la reunión anunciada para esta semana tiene un significado que rebasa el protocolo.
No habrá tratados nuevos. No se esperan acuerdos económicos. Ninguna negociación estratégica depende de esa conversación.
Lo importante es la imagen.
La diplomacia suele avanzar mediante documentos, reuniones técnicas y comunicados conjuntos. Pero también vive de símbolos. Un saludo. Una invitación. Una puerta abierta o cerrada.
Durante años, la historia reciente entre México y España acumuló pequeños gestos de distancia. Esta vez ocurre lo contrario.
Felipe VI llegará a México acompañado por el contexto festivo del Mundial. Miles de aficionados españoles recorren ya ciudades mexicanas. Guadalajara lo espera para el partido entre España y Uruguay. El futbol sirve como escenario visible de una visita que, en realidad, habla de otra cosa.
Habla de dos gobiernos que parecen dispuestos a bajar el volumen de una discusión que dominó buena parte de la conversación bilateral.
Nadie sabe hasta dónde llegará ese acercamiento.
Las diferencias históricas no desaparecen por una reunión. Tampoco las heridas de cinco siglos caben en una audiencia de unos minutos.
Pero la política también se construye con señales.
Hace menos de dos años, la imagen era la de un rey ausente.
Esta semana será la de un rey entrando a Palacio Nacional.
Y a veces, en diplomacia, una puerta que vuelve a abrirse cuenta más que cualquier discurso.
