¡El petróleo era nuestro!

En abril de 1948, un grupo de militares, ingenieros, estudiantes y nacionalistas brasileños lanzó una campaña que parecía una consigna más de la posguerra: O petróleo é nosso. El petróleo es nuestro. Durante cinco años llenaron plazas, periódicos y debates parlamentarios con una idea simple: Brasil no podía construir soberanía energética dependiendo de otros.

La presión llegó hasta el Palacio de Catete. El 3 de octubre de 1953, el presidente Getúlio Vargas firmó la ley que creó Petrobras. Menos de un año después, acorralado por una crisis política, Vargas se disparó en el corazón. Petrobras sobrevivió.

Las empresas estatales suelen cargar una biografía parecida a la de los países que las crean. Nacen como proyectos de orgullo nacional. Luego envejecen entre burocracias, crisis financieras, escándalos, rescates y promesas incumplidas. Algunas desaparecen. Otras aprenden a sobrevivir. Petrobras aprendió.

Mientras México discutía reformas energéticas, rescates fiscales y metas de producción, los brasileños desarrollaron una de las mayores especialidades del mundo: sacar petróleo donde casi nadie podía hacerlo. A miles de metros bajo el mar. En aguas profundas y ultraprofundas. Ahí construyeron una ventaja tecnológica que hoy los distingue.

Por eso el memorando firmado entre Pemex y Petrobras vale más por lo que revela que por lo que promete.

No hay inversiones obligatorias. No existe una empresa conjunta. No se anunció un solo barril adicional. Lo que apareció fue algo más interesante: Pemex fue a buscar experiencia donde sabe que existe.

Durante décadas, México exportó conocimiento petrolero a América Latina. Ingenieros de Pemex eran referencia regional. Hoy la fotografía es distinta. Petrobras llega como el especialista en aguas profundas y Pemex como la empresa que necesita recuperar capacidad técnica en áreas donde el tiempo y las decisiones políticas le fueron quitando ventaja.

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La historia tiene cierta ironía. Dos empresas nacidas bajo la bandera de la soberanía energética vuelven a encontrarse no para defender monopolios ni para levantar discursos nacionalistas, sino para compartir aquello que les falta. Las petroleras estatales envejecen igual que los países: el problema nunca es llegar a viejas. El problema empieza cuando dejan de aprender.

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