Ordenar el gas: control técnico con costo político

El endurecimiento de inspecciones en el sector gasero revela una disputa por control regulatorio. El gobierno busca imponer reglas tras años de operación irregular, mientras empresas resisten un proceso que redefine márgenes y certidumbre.


El ajuste en el sector gasero no inició con las clausuras. Comenzó con el registro. El gobierno obligó a los operadores a entrar a una base de control y, una vez dentro, activó la supervisión. El movimiento no es técnico. Es político.

El dato es claro: 90 por ciento del sector ya está identificado. Eso elimina la opacidad que durante años permitió operar en zonas grises. La autoridad ahora sabe quién está, dónde está y cómo opera. Y con esa información, actúa.

El relevo en la ASEA no fue administrativo. Fue operativo. Andrea González llega con una instrucción directa: ordenar. No negociar. No matizar. Ordenar.

Las empresas reaccionan. Hablan de incertidumbre jurídica. Cuestionan la intensidad de las inspecciones. Lo que está en juego no es solo la forma de la supervisión. Es el costo de cumplir.

El gobierno aprieta. El sector se resiste.

El programa Renagas funcionó como filtro. Quien entró aceptó las reglas. Quien quedó fuera, enfrenta la presión. El problema es que la transición no distingue tiempos empresariales. El Estado acelera donde el mercado pide gradualidad.

Aquí aparece el riesgo.

Un exceso de control puede desordenar el suministro si no se administra con precisión. La presidenta descarta ese escenario, pero la tensión no está en el discurso. Está en la operación diaria.

Ordenar implica cerrar espacios. Y cerrar espacios genera conflicto.

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La señal es contundente: el gobierno no va a soltar el control regulatorio en energía. El mensaje también lo es para otros sectores. Quien opere, deberá alinearse. Sin margen. Sin excepción.

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