Cuando nació la sombra: Día Mundial de Drácula

Hay fechas que inauguran mundos. El 26 de mayo de 1897, una sombra cruzó el umbral de la literatura: Bram Stoker publicó Drácula, una novela que dio forma definitiva al vampiro moderno y abrió una vena inagotable en el imaginario del terror.

Stoker no inventó a los vampiros, pero les dio una arquitectura inolvidable: castillos embrujados, niebla espesa, cruce de mares, ferrocarriles que conectan la superstición del Este con la razón del Oeste. En el centro de esta red, un personaje que fascina y aterra: el conde Drácula.

Aunque hay muchas teorías sobre su origen, la más popular lo vincula con Vlad el Empalador, príncipe de Valaquia en el siglo XV. Su crueldad, combinada con la sonoridad del nombre “Drăculea”, fue suficiente para convertirlo en leyenda. De ahí, el salto a la inmortalidad fue cuestión de tinta.

Cada 26 de mayo, bibliotecas, cines, salas de conferencias y redes sociales se llenan de colmillos y capas. Se releen fragmentos, se proyectan adaptaciones, se analizan influencias. Y es que Drácula no ha dejado de hablarle al presente: lo hace cada vez que el miedo a lo ajeno se activa, cada vez que el deseo interrumpe la lógica, cada vez que la muerte aparece con elegancia.

El Día Mundial de Drácula es, en el fondo, una celebración del poder de la literatura para crear íconos que trascienden su tiempo. Y el conde, sin reflejo pero omnipresente, sigue habitando nuestras noches, nuestras pantallas y nuestras obsesiones.

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