En una aldea perdida en las montañas, vivía un joven y fornido pastor, que gozaba de mucha estima entre los vecinos.
Tan sólo tenía un defecto, aunque la verdad era que el defecto valía por tres: le gustaba gastar bromas, la mayoría de las veces, muy pesadas.
Sin ir más lejos, aquella misma mañana, cuando casi toda la aldea estaba en la plaza, pues se celebraba la feria semanal, nuestro…

