Roberto Cortez Zárate
El canto cardenche es a capela. Tres voces se acoplan para darle vida. Es el lamento de los peones que sufren por mal de amores. Canciones de borrachos sentados afuera de la troje que le cantan a la luna sus penas y sus andanzas.
Se trata de un género en riesgo de desaparición que ha sido rescatado por un grupo de ejidatarios de Durango, recibirá un homenaje en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, en voz de un coro de 20 cantantes liderados por Juan Pablo Villa.
Al pie de un árbol. Celebrando el canto cardenche es una presentación organizada por el músico Juan Pablo Villa que pretende revindicar ese estilo rescatado por Antonio Valles, Fidel Elizalde y Guadalupe Salazar.
Los Candencheros de Sapioriz son los campesinos que a los 40 años se dieron cuenta de que el legado de su comunidad estaba a punto de desaparecer y decidieron rescatarlo.
Las arrugas de los tres cantantes son acusadas. Hablan de otro tiempo. De una época indescifrable, cercana a la Revolución, a los sonidos de un México antiguo.
Es la canción de desierto, lejana y triste hasta el túetano, como el clima de la Comarca Lagunera, donde no hay otro instrumento que el cogote y lo que sale de ahí. Extremosa porque no cuenta más que con las voces para proyectar su emoción.
Himno del Ejido de Sapioriz, Durango, donde tres obstinados cantantes se empeñaron en desenterrarla de entre el rastrojo y las bibliotecas que resguardan un cancionero popular al que cedieron la palabra.
Han contado con la complicidad de algunas instituciones culturales y de algunos músicos. Los cantos rurales que han sido preservados con pocos cambios han sido presentados en festivales y conciertos especiales, así como en Washington, Nueva York y París.
A pesar de que en 2008 los Cardencheros recibieron el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en la categoría de Artes y Tradiciones Populares, los cantantes viven en su comunidad y desarrollan actividades del campo. Ahora recibirán otro homenaje.
El cardenche es una cactácea con espinas que al penetrar en la piel duelen mucho y lastiman más cuando se tratan de sacar, un dolor profundo que sólo puede compararse con el mal de amores, con el lamento de morir en el desierto.