Cerebro vitrificado en Herculano abre debate entre vulcanólogos y expertos forenses

Una víctima de la erupción del Vesubio en el año 79 ha desatado un intenso debate en la comunidad científica. El hallazgo de un material brillante dentro de su cráneo, en las ruinas de Herculano, fue interpretado por un equipo de investigadores italianos como el primer caso documentado de vitrificación cerebral natural. Sin embargo, nuevas críticas ponen en duda tanto la identificación del material como el proceso físico que lo habría originado.

Los restos pertenecen a un individuo hallado boca abajo sobre un lecho calcinado dentro del Collegium Augustalium, un recinto romano dedicado al culto imperial. En el cráneo se conservaron fragmentos con apariencia vítrea, oscuros y brillantes, similares a la obsidiana. A partir de análisis bioquímicos, los científicos identificaron en 2020 proteínas compatibles con tejido cerebral, así como residuos de lípidos característicos de la mielina.

A partir de este hallazgo, el vulcanólogo Guido Giordano, de la Università Roma Tre, propuso que una nube de ceniza sobrecalentada —previa a la avalancha piroclástica que sepultó la ciudad— habría generado las condiciones para la vitrificación: exposición súbita a temperaturas superiores a los 510 grados Celsius seguida de un enfriamiento igualmente abrupto.

La vitrificación ocurre cuando un líquido se enfría tan rápido que sus moléculas no alcanzan a formar una estructura cristalina. El resultado es un sólido amorfo, como el vidrio. Para que esto ocurra en tejido cerebral, se necesita una combinación específica de calor extremo y enfriamiento instantáneo. Según el estudio publicado en Scientific Reports, al replicar este proceso en laboratorio, las muestras comenzaron a ablandarse a los 510 grados, lo que sugiere que la nube de ceniza alcanzó esa temperatura.

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En el nuevo artículo, el equipo presentó imágenes obtenidas con microscopía electrónica que muestran estructuras similares a neuronas, con características comparables a axones y dendritas. La vulcanóloga Alessandra Pensa, integrante del equipo, calificó como “asombroso” el hallazgo, dado que se preservaron microestructuras tan frágiles en un contexto tan violento.

Sin embargo, investigadores de otras universidades expresaron reservas. Alexandra Morton-Hayward, antropóloga forense de la Universidad de Oxford, consideró poco probable que el proceso descrito permitiera conservar tejido cerebral sin alteración estructural. La vitrificación de tejidos blandos a temperatura ambiente no ocurre de forma natural en la Tierra, subrayó. También cuestionó la identificación de apenas siete proteínas en la muestra, ya que los cerebros antiguos conservados suelen mostrar cientos.

El científico de materiales John Mauro, de la Universidad Estatal de Pensilvania, advirtió que calentar tejido a más de 500 grados produce daños irreversibles. “Hablar de un estado de conservación perfecto es incorrecto, pues el calor cambia profundamente la microestructura”, sostuvo.

Las dudas aumentaron por la falta de publicación de los datos en bruto, necesarios para reproducir el análisis. Matthew Collins, arqueólogo biomolecular de Cambridge, comparó el caso con las lecciones del ADN antiguo: sin acceso abierto a los datos, es imposible para la comunidad verificar hallazgos o proponer métodos alternativos.

Organizaciones como PAASTA (Palaeoproteomics and Archaeology, Society for Techniques and Advances) insisten en que la arqueología debe garantizar la transparencia de los datos, especialmente en investigaciones tan mediáticas como esta.

A pesar de las críticas, Giordano mantiene la hipótesis original. “El material tiene una composición inequívocamente orgánica. ¿Qué otro tejido podría haber dentro de un cráneo si no es cerebro?”, argumentó. Pero la frase resalta uno de los dilemas fundamentales de la ciencia arqueológica: cuando se trata de afirmaciones extraordinarias, las pruebas deben ser igual de extraordinarias.

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En tanto no se despejen las dudas sobre las condiciones térmicas del evento y la composición exacta del material hallado, el supuesto cerebro vitrificado en Herculano continuará como uno de los enigmas más fascinantes —y polémicos— que ha dejado la erupción del Vesubio. Un fenómeno que, dos mil años después, aún transforma la forma en que se comprende la muerte, la materia y la memoria en el mundo antiguo.

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