Ramiro Gómez Luengo
Cuando se pensaba que el Muro de Berlín ya era parte de un capítulo nefando de la historia de la humanidad, el gobierno estadounidense confirmó que seguirá adelante con la construcción en la frontera con México de una gigantesca pared para evitar la entrada de trabajadores ilegales, narcotraficantes, delincuentes y terroristas a su territorio, la cual muy pronto fue conocida como el Muro de la Tortilla, aunque muchos más la conocen como el Muro de la Vergüenza, ya que la mayoría de los trabajadores que toman parte en su construcción son… mexicanos ilegales.
Ajenos también a este mundo global en donde las fronteras son un mal recuerdo y los mercados marcan lo que es bueno o malo para la gente, los israelíes, pese a todas sus promesas de paz y amor con los palestinos, no cejan en su afán por terminar lo más pronto posible el llamado Muro del Odio, que evitará la entrada a su país de peligrosos kamikases a los que les gusta detonarse dentro de los camiones o centros comerciales judíos con todo y bombas.
Muros ideológicos, muros de agua, como dijo José Revueltas; los muros físicos, los de ladrillo y cemento, los que impiden el paso de malas ideas y, lo principal, de mala gente, también han proliferado por la ciudad de México en los últimos años como hongos después de la lluvia, so pretexto de la inseguridad que campea impune sobre las cabezas de los atribulados chilangos.
Pero no sólo se alzan vallas imponentes en las colonias más fufurufas de la capital, y es que si bien el pueblo de Santa Martha Acatitla es popular por antonomasia, hay niveles y niveles, y de ahí que desde hace más de cinco años también en dicho sitio luce imponente un muro que parte de cuajo todo posible paso vehicular y peatonal con la vecina unidad habitacional Ermita-Zaragoza, exterminando lo que una vez fue el cruce de las calles Ahuehuetes y Cedros.
«Lo pusimos para evitar que los delincuentes que viven en la unidad habitacional, los cuales nos llegaron hace más de seis años procedentes de Tepito, nos vengan a robar», explica don Juan, un hombre cincuentón y moreno quien señala que tal vez la colonia no sea muy popis «pero tenemos un muro que ya hubieran querido en Berlín».
Empero, toda historia tiene más de dos versiones, y en palabras de doña Esther, mujer que vende quesadillas al interior de la unidad habitacional, la cosa es al revés, puesto que fueron sus vecinos quienes solicitaron a la delegación Iztapalapa levantar el muro, «ya que venían del pueblo a saquear nuestros departamentitos a sabiendas de que la gran mayoría de la gente de aquí se va al centro a trabajar en las mañanas, y nomás vienen a dormir».
Pintado de blanco para utilizar su fachada como anuncio gigante de la próxima tocada de los Tucanes de Tijuana en Los Reyes, La Paz, aunque aún se ven restos de la pinta anterior que promocionaba un concierto de Los Temerarios en el vecino Texcoco, el muro fue horadado por vecinos de no se sabe qué lado, lo que permite un discreto pero intenso cruce de peatones, quienes argumentan que la erección de dicha pared les representa tener que caminar hasta cinco cuadras más para poder llegar a la vecina estación del Metro Santa Martha.
«Unos cabrones abrieron el muro con zapapicos en la madrugada, obviamente sin permiso de los vecinos, pero en breve lo vamos a volver a cerrar, puesto que de inmediato se reiniciaron los robos y asaltos en el pueblo, sin hablar de la venta de drogas y el pandillerismo», señala don Juan, quien, ufano, concluye: «porque usted sabe que seres humanos y animales no pueden vivir juntos».(rluengo4@hotmail.com)