El circo

Las torres luz destacan por el amplio camellón desolado. Allí sólo hay tierra y montones de basura circundados por las unidades habitacionales y la mar de automóviles que circulan diariamente huyendo, quizá, de la delegación más grande de esta ciudad.
A lo lejos una carpa contrasta con el violento escenario urbano. Las ráfagas de polvo hacen más sórdido el andar por la parte central de esa avenida. A lo lejos un parlante permite escuchar la vociferación de un merolico: ¡Pasen, pasen, el espectáculo más increíble del mundo!”. Una amalgama de colores se entremezcla entre lo teatral y lo salvaje: el Circo Gaona llegó a la populosa colonia.
Un camello, dos avestruces y un buey mira con asombro a la gente, mientras niños de todas las edades hace fila expectantes. Adentro, más de 200 personas esperan, entre silbidos y aplausos, la tercera llamada. El valseo de un organillo indica que la función va a comenzar. La voz del presentador da la bienvenida y anuncia la entrada de los primeros artistas.
Cinco hermosas leonas aparecen en el escenario circular, juguetean y se tumban con holgazanería. Entre el público unas regordetas mejillas de niña curiosean con sus ojos grandes e inocentes las fascinación del trabajo de las fieras. Cuatro felinas se retiran cuando un corcel de nieve llega a la jaula. Se escucha el redoble de los tambores lo que hace más dramática la postal. La leona restante trepa en la montura. Los dos animales, en estampa increíble, dan algunas vueltas a la pista.
Enseguida, un payaso satiriza al domador, obliga a unos finos bueyes a subir y bajar de una rampa, tal y como lo hicieran los felinos. Luego, a ritmo de “quebradita”, un poni, un avestruz, un búfalo y seis burros enanos dan vuelta al estrado y saludan a un público que animado les aplaude.
Las luces se apagan. De repente una silueta femenina aparece. La sensacional Mariel ejecuta armoniosos ejercicios gimnásticos en los aros colocados a 10 metros del suelo. Una melodiosa balada provoca que los movimientos de esa mujer sean perfectos, al tiempo que un haz de luz sobre las formas de su cuerpo suspendido en el aire indica una verdad: sólo una mujer nos puede hacer volar.
Un malabarista de afeminados movimientos maneja los aros con sus brazos, piernas y tórax de manera precisa, para dar paso al intermedio.
Los pequeños animados compran palomitas y manzanas cubiertas de chocolate. Con sus pequeñas manos acarician a algún animal en el corral siempre improvisado. Los aromas contrastan entre lo dulce y lo podrido.
“’Ahora, con ustedes, ¡Lalo, el payaso!” Entre la euforia y las risas la parodia de nosotros mismos. ¡Cuánto nos puede salvar el humor!
Los hermanos Gaona ejecutan a continuación impresionantes acrobacias en el trampolín. Nuevamente a escena Mariel. Histrionismo con reminiscencia de burlesque.
Toda la familia Gaona, cinco artistas a escena, como colofón se encaraman sobre el mismo caballo que la leona y sobre éste realizan algunas piruetas. Luego invitan al público a montar en el noble potro. Mil pesos a quien lo logre. Tres intrépidos lo intentan y nada. Se despiden y agradecen al público sus aplausos.
Circo ambulante, circos de barrio, un espectáculo sui generis en inicio del milenio. Un negocio familiar en el que hacer las veces de domador, gimnasta y payaso debe ser verdaderamente un arte. “Mientras haya un niño en el mundo, habrá un circo para divertirlo”, finaliza la voz de animador.
La función ha concluido y la gente sale, por una vez en esta ciudad, ordenadamente. Unos pequeños acarician al dromedario que complaciente se deja querer.
Afuera, las calles mojadas y sucias vuelven a la realidad al espectador que por dos horas llegó a este circo en busca de un pretexto para la felicidad.

Posted by nagualito to La guarida del nagual at 4/24/2006 10:16:00 AM