Un paso a la vez / 17 feb

 
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Monopsonio: el monopolio al revés

Hoy el mundo entero debate si el capitalismo debe mantenerse como el modelo económico dominante; la discusión incluye la diferencia entre el crecimiento y el desarrollo (un discurso muy sonado en México); sobre la veracidad de la teoría del goteo y sobre el incremento de la desigualdad económica y los altos índices de pobreza.
Hay mil enfoques desde los cuales se puede abordar el tema del modelo económico del capitalismo, pero hoy quisiera hablar de uno en particular: el monopsonio.
Esta palabra fifí intenta dar una explicación al por qué, cuando hay bonanza económica, los salarios no crecen.
Según los letrados de la economía, el monopsonio consiste en el monopolio pero al revés. Dicho de otra forma, el monopolio implica que sólo una persona o empresa ofrece un producto, como era Pemex con la gasolina o la CFE con la electricidad hasta antes de la Reforma Energética. Mientras tanto, el monopsonio implica que sólo una empresa demanda algo.
Supongamos que estamos en puebloquieto, donde sólo existen piedras, polvo y vacas medio muertas. A esa localidad llega la empresa X, una trasnacional que se caracteriza por su poder económico y su alto impacto económico a los sitios a los que llega.
De entrada, la gente de puebloquieto está contenta porque va a haber bonanza económica, pero eso no significa que los trabajos sean de los mejores del mundo.
Esto se debe a que con su llegada a puebloquieto, la empresa X trasnacional se convierte en la única que ofrece un empleo en la zona y entonces las personas que viven ahí tienen que aceptar cualquier condición que imponga la nueva compañía, porque si no se quedan sin trabajo.
Las grandes trasnacionales son las que ofrecen más empleos. Un ejemplo de ello son las 51 empresas que integran el Consejo Ejecutivo de Empresas Globales (CEEG) y que en conjunto representan 10 por ciento del PIB.
Pero los empresarios quieren (o al menos intentan) cambiar la percepción que hay sobre el capitalismo y prometen integrar dimensión social a las empresas.
Claudia Jañez, quien es presidenta del CEEG, lo reconoció la semana pasada: “No hemos estado a la altura de la expectativa de la sociedad», dijo en una reunión convocada por el Consejo Coordinador Empresarial para anunciar un decálogo de dimensión social de las empresas.
El decálogo pone en papel lo que ya es una obligación para las empresas como pagar impuestos a tiempo; tener credibilidad con la sociedad; crear empresas más competitivas.
No, pues… gracias.
¿Le alcanzará el decálogo a las empresas para cambiar la percepción del capitalismo en México? Eso lo veremos un paso a la vez.

Mario Alavez / Analista económico

Un paso a la vez / 20 de enero

 
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Poder político contra poder económico: Round 2

Después de la firma del Acuerdo Nacional de Inversión en Infraestructura del Sector Privado el 26 de noviembre del año pasado, parecía que la relación entre los empresarios y el gobierno empezaba a tomar forma, a hacerse tersa.

En el papel, ya se estaban poniendo de acuerdo para soltar lana y hacer que la economía caminara, ya habían pasado los malos sabores de boca por las ocurrencias en dos de los tres Poderes, especialmente del ala más radical.
Hay muchos factores que tienen inquieto al sector privado, lo dijo el miércoles pasado Claudia Jañez, presidenta del Consejo Ejecutivo de Empresas Globales (CEEG), un organismo que engloba a empresas como Coca-Cola, Airbus, BP, DHL, en fin. Estas empresas representan la friolera de 10 por ciento del PIB.

Jañez dijo en una reunión con el Consejo Coordinador Empresarial que hay un “ambiente hostil” para la inversión, a partir de los mensajes del Presidente.
«Nuestras casas matrices deben planear sus inversiones para los próximos cinco años y debemos posicionar con claridad al país; atraer esos capitales que se van a otras naciones (…) Pero vemos con profunda preocupación cómo se ha incrementado la percepción de incertidumbre y de hostilidad a la inversión privada”, dijo.

Lo grave es que si AMLO no logra convencer del “amor y paz” que profesa a esta rama de la iniciativa privada, se le puede aguar la fiesta y mantener un ritmo de crecimiento parecido al que hubo el año pasado: nulo.

Entre 2015 y el año pasado, las 51 empresas que conforman al CEEG invirtieron 11 mil 172 millones de dólares, pero este año definirán lo que invertirán de aquí a 2024, o sea, lo que resta del sexenio.

Las declaraciones hostiles no son nuevas, pues desde antes de ser Presidente, adelantó que iba a cancelar el aeropuerto de Texcoco, hubo propuestas para eliminar las comisiones bancarias, anular la “mal llamada reforma energética” y cuando parece que el discurso va a cambiar, vuelve a las andadas.

Las Rondas Petroleras están canceladas hasta nuevo aviso. No va a haber nuevas licitaciones. Pemex ya puede vender el combustible al precio que quiera a los gasolineros, favoreciendo al monopolio, todo gracias a la CRE, un organismo autónomo en el que se sustituyó a casi toda la Junta Directiva en menos de un año, es decir, no hay competencia.

En materia de electricidad, la CRE amenaza las inversiones en fuentes alternativas. En el tintero hay una propuesta para que la CFE cobre más a las empresas generadoras por transportar la energía, otra vez, en favor del monopolio.

Habrá que ver si el organismo dirigido por Leopoldo Mechi aprueba la iniciativa, aunque hay una tendencia marcada.

La seguridad, la falta de institucionalidad y seriedad en las inversiones y la incertidumbre política le ponen los pelos de punta a los empresarios internacionales con intereses en México y mientras se definen las fuercitas entre el Poder Político y el Poder Económico, ni crecimiento ni desarrollo. En medio, como siempre, nosotros.

¿Cuánto invertirán las compañías internacionales en México en los próximos cinco años? Eso lo veremos un paso a la vez.

Mario Alavez / Analista económico

Un paso a la vez

 
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* La cuesta de enero ahora se llama “chipotito” inflacionario

MARIO ALAVEZ

Efectivamente, no hubo gasolinazo (término inexacto) ni desabasto del combustible. El salario mínimo, y subrayo, sólo el mínimo, subió 20 por ciento, un alza sin precedentes, pero que no benefició a la clase media.

El Presidente mismo lo dijo unos días antes de acabar el año. “Son buenas noticias para que estemos tranquilos el fin de año y disfrutemos los días que vamos a tener de descanso y de convivencia con la familia. No habrá sorpresas desagradables para el año próximo en lo económico”, afirmó el 26 de diciembre en su sermón matutino.

Dijo que no iba a haber alza de impuestos; que no iba a subir ni la gasolina ni el gas ni la luz; que la cuesta de enero iba a ser cosa del pasado. En fin.

Ya no se llama cuesta de enero, ahora el nombre es “chipotito inflacionario”, según Alejandro Díaz de León, gobernador del Banco de México, quien prevé que el impacto en los precios al consumidor se extenderá al menos durante todo el primer trimestre del año.

El gobernador del banco central dijo en una reunión en el ITAM que el incremento en los precios es consecuencia del “ajuste” a las cuotas del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) y del incremento al salario mínimo.

Pero el mismo López Obrador dice que la gente no entiende con tecnicismos. Eso deberían explicárselo a Arturo Herrera, titular de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, dependencia que “ajustó” la cuota del IEPS para la gasolina, los cigarros, las cervezas, los refrescos y la comida chatarra.

La palabra clave: “ajustó”. ¿Qué significa esto? Como diría Jack el Destripador: vamos por partes.

Primero, el IEPS es un impuesto que se llama pigouviano, término fifí que quiere decir que el objetivo es hacer que no compres más esos productos porque son nocivos para la salud. No pienses mal, no es para recaudar más. (¡Ajá!).

Otra cosa, estos impuestos no están etiquetados para destinarse a las áreas de salud, que sería lo más lógico si el objetivo es mejorar, precisamente, el sistema de salud pública, como el IMSS, el ISSSTE, o el flamante INSABI, a través de los impuestos.

Tercero, de acuerdo con el secretario de Hacienda, el ajuste se hace para evitar que la inflación le quite el efecto “desmotivador” al impuesto, o sea, TE SUBEN el impuesto para que te siga doliendo pagarlo, porque las empresas lo trasladan al consumidor.

Si la memoria no me falla (pero quién sabe) alguien por ahí dijo que no iban a subir los impuestos ni a crear nuevos durante los primeros tres años de gobierno. Ese mismo alguien dijo que el PIB iba a crecer cuatro por ciento anual en promedio.

Sin tecnicismos, hasta el año pasado, y como botón de muestra, la tarifa del IEPS al refresco era de 1.17 pesos por litro. Desde el 1 de enero pasado aumentó a 1.26 pesos.

Para el 9 de enero, el Presidente pidió a los empresarios “moderar” los incrementos en los precios, especialmente en los productos alimenticios.

Efectivamente, no hubo gasolinazos, pero “el ajuste” a la cuota del IEPS sí pegó en lo que cuestan las cosas. ¿Le pegará a las bolsas de los mexicanos? Eso lo veremos un paso a la vez.

¡Hola!, soy millennial y no tengo dinero

 
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Entre más pasa el tiempo, es más complejo ganar la cantidad de dinero suficiente para tener acceso a las cosas que nos permitan vivir dignamente y los millennials son los que más sufren por este tema.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el sueldo promedio de este sector de la población, que tiene entre 20 y 39 años, ganó en diciembre pasado un promedio de seis mil 800 pesos mensuales. Este dato representa una contracción de 5.2 por ciento en relación al cierre de 2016.

Los millennials representan casi 48 por ciento de la población que tiene un empleo, es decir, son el grupo mayoritario de la Población Económicamente Activa.

Si a esto le sumamos que la vida está llena de tentaciones y hay que reconocer que la mayoría no somos muy buenos para resistirlas, por lo que sucumbimos constantemente a pagar todo a meses sin intereses, la situación se complica todavía más.

Las tentaciones

Es innegable que los pagos diferidos (con intereses o sin intereses) nos pueden ayudar a comprar cosas sin la necesidad de ahorrar, pero una promoción encima de otra puede encadenarte a tu plástico de forma permanente.

Vamos a poner en perspectiva las cosas: Si una televisión te cuesta 12 mil pesos y la pagas a 12 meses sin intereses, gastas mil pesos al mes. Si ahorras durante un año mil pesos al mes, también tendrás 12 mil pesos para comprarte una televisión.

La pregunta del millón: ¿por qué usamos la tarjeta en vez de ahorrar?

La respuesta

La única diferencia entre ahorrar y pagar a meses es el momento en el que podemos disfrutar del producto, es decir, la recompensa inmediata.
Pero este no es un tema sólo de capricho. Hay una infinidad de estudios que apuntan a las reacciones químicas que causan las compras en el cerebro.

Uno de ellos es el que publicó la Universidad de Brunel, en Reino Unido, que señala que cuando haces compras, tu cuerpo genera endorfinas, la misma hormona que se segrega al comer chocolates o romancear con tu pareja.

Otro efecto es que comprar cosas nos hace sentir parte de un grupo social. A esto también se le conoce como “compras aspiracionales”, lo que refuerza la autoestima.

El gran pero

Sentirse bien es agradable, aunque el gran “pero” es el momento de pagar promoción tras promoción. Según la plataforma Destácame, que se dedica a medir el score de crédito de las personas, los mexicanos tienen una deuda promedio de 35 mil 500 pesos.

Si tomamos en cuenta que el salario promedio del millennial es de seis mil 800 pesos mensuales, la deuda promedio equivale a 5.2 meses de trabajo.

Los cánones dictan que la forma ideal de administrar los ingresos es dedicar 30 por ciento al ahorro, 30 por ciento al crédito y 40 por ciento a gasto.

Tomando esta regla, el límite de endeudamiento promedio está arribita de dos mil pesos, por lo que tardarías casi año y medio en terminar de pagar esa deuda, siempre y cuando sólo sean meses sin intereses.

Mario Alavez / Periodista especializado en Economía y Finanzas