¿Quién es Christopher Landau?

 
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Julián Nava, embajador de Estados Unidos en México entre mayo de 1980 y abril de 1981, decía que la actividad diplomática estadounidense con su vecino del sur era muy difícil y que, a menos que se conociera debidamente la historia de la relación bilateral, no podía ser exitosa. Nava tenía razón. Las relaciones entre México y Estados Unidos son complejas, con distintos grados de dificultad, pero poseen también un enorme potencial para desarrollarse de manera respetuosa, acomodando, en la medida de lo posible, los intereses de cada una de las naciones involucradas. Lo contrario también es cierto: es relativamente sencillo que los vínculos sufran un marcado deterioro. De ahí que el/la embajador (a) que representa a cada país ante el gobierno del otro, sea una figura tan importante, puesto que en él/ella recae la responsabilidad de la gestión política de la relación bilateral.
Los embajadores pueden ser funcionarios de carrera, esto es, formados de manera explícita en las artes de la diplomacia, o bien, nombramientos políticos. Ríos de tinta se han dedicado a dilucidar qué perfil profesional es mejor: hay quienes piensan que la diplomacia hay que dejarla en manos de los diplomáticos. Los hay también, por otra parte, quienes argumentan que la persuasión y la gestión política no es privativa de quienes se formaron en las academias diplomáticas.
En el caso de la relación entre México y Estados Unidos, hay una historia de embajadores -los más- y embajadoras -las menos- cuya gestión ha sido polémica, en algunas ocasiones muy lejos de lo “políticamente correcto.” También ha habido embajadores que han buscado redireccionar la relación por derroteros menos conflictivos. Estas afirmaciones no sólo aplican a las figuras que han representado a Estados Unidos ante el gobierno mexicano, sino también a connacionales que han fungido como embajadores en Washington, si bien ese es tema para otra ocasión.
En la memoria mexicana sobre el intervencionismo de EEUU figuran personajes como Henry Lane Wilson, designado embajador de la Unión Americana en México por el Presidente William Taft. Wilson presentó sus cartas credenciales a Porfirio Díaz el 5 de marzo de 1910. Ante los vientos revolucionarios y la caída de Díaz, Wilson se involucró directamente en los acontecimientos de la tristemente célebre “decena trágica” que derivó en el asesinato del presidente Francisco I. Madero, del vicepresidente José María Pino Suárez y del asesor y hermano del presidente, Gustavo A. Madero al igual que en el ascenso de Victoriano Huerta al poder. Años después (1924-1927), James R. Sheffield representó a EEUU en México, interviniendo en los asuntos internos nacionales, criticando la política exterior de apoyo al movimiento revolucionario de César Augusto Sandino en Nicaragua y deteriorando la relación con los mexicanos sensiblemente.
Con todo, el recientemente fallecido John Gavin -cuyo verdadero nombre era Juan Vicente Apablasa Jr., que tenía antecedentes sonorenses, españoles y chilenos y que murió el 9 de febrero de 2018- es el mejor ejemplo de un embajador desconocedor de las artes de la diplomacia y poco medido en sus acciones. Gavin fue designado embajador ante México por el presidente Ronald Reagan, con quien tenía una estrecha amistad, habiendo sido ambos actores de Hollywood y líderes del sindicato de actores de aquella nación. Gavin llegó a México el 5 de junio de 1981 donde permaneció hasta el 10 de junio de 1986, cuando Reagan tuvo que hacerlo a un lado en medio del enorme deterioro que vivía la relación bilateral.
Gavin, al frente de la embajada estadounidense, destacó por exaltar las discordancias históricas entre los dos países, lo que hizo mella, inscribiendo su nombre en la historia como el Henry Lane Wilson de la década de los 80. Su relación con la prensa era mala. En medio del neoconservadurismo y de la segunda guerra fría de Reagan, Gavin no dejaba pasar ocasión para criticar la política exterior mexicana en Centroamérica a través de la gestión del Grupo de Contadora -integrado-, además, por Venezuela, Colombia y Panamá. Tras el asesinato del agente de la DEA Enrique Kiki Camarena a manos de, presumiblemente, agentes de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) en 1985, Gavin se llenó la boca hablando de la corrupción imperante y de la incompetencia de las autoridades mexicanas. A su manera de ver, existía el temor de que el deterioro económico que padecía el país -en el marco de la década perdida- se sumara a la efervescencia guerrillera existente en Centroamérica y ello desestabilizara a México, por lo que Gavin presionó fuertemente a las autoridades nacionales en términos políticos y hasta económicos. No sobra decir que el actor de Hollywood devenido en embajador creó muchos más problemas de los que existían, razón por la que fue relevado, enviando Reagan, en su lugar, a un empresario de la industria llantera, Charles Pilliod, quien tuvo la tarea de encauzar la relación por aguas menos turbulentas.
Durante la presidencia de George Bush padre, la representación diplomática estadounidense estuvo a cargo de John Dimitri Negroponte (1989-1993), otra controvertida figura, que durante su paso por Honduras estuvo involucrado en el escándalo Irán-contras, y a quien, en México, se encomendó mejorar la cooperación con Estados Unidos para el combate del narcotráfico y coadyuvar a la aprobación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Eran los tiempos de la posguerra fría, cuando, desaparecida la URSS, Estados Unidos parecía tener el camino abierto para proyectar sin contrapeso alguno, sus intereses en el mundo. Luego vino el nuevo siglo y con él, los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, los que enturbiaron una vez más la relación. El embajador estadounidense en turno era Jeffrey Davidow, quien arribó al país en 1998, presenció la debacle del Partido Revolucionario Institucional (PRI), el ascenso de Vicente Fox y el desafío de una negociación migratoria entre México y EEUU, buscada por Bush Jr. y Fox, pero imposible de concretar debido a la complejidad del tema y al ambiente político post 11 de septiembre. Davidow terminó su misión en 2002 y escribió sus memorias acerca de lo que presenció al frente de la legación diplomática de su país en México. Davidow caracterizó a la relación bilateral como la que existe entre un oso y un puerco espín: Estados Unidos es el oso, un animal grande, tope, que puede causar daño incluso sin proponérselo. México es el puerco espín, un animal temeroso, en alerta permanente, resentido, que espera casi siempre que el oso le haga daño.
Davidow, independientemente de servir a los intereses de EEUU, desarrolló una gestión pulcra y profesional, no obstante las turbulencias que azolaron a la relación bilateral -por ejemplo, ante la tardía respuesta de Fox para enviar condolencias a EEUU tras los ataques terroristas. Su sucesor fue el empresario texano Tony Garza, amigo y aliado de George W. Bush y que estuvo al frente de la embajada estadounidense de noviembre de 2002 hasta el 20 de enero de 2009. En 2005 contrajo nupcias con la empresaria mexicana María Asunción Arambuluzavala de quien se divorció en 2010. ¿Conflicto de interés? A comparación de lo que le pasó a su reemplazo, Carlos Pascual, Garza se retiró tranquilamente con la distinción del águila azteca en sus bolsillos.
En contraste, Pascual, nombrado como embajador por el Presidente Barack Obama -llegó a México el 9 de agosto de 2009 y tuvo que irse el 19 de marzo de 2011-, enfrentó una de las situaciones más difíciles de que se tenga memoria en la historia reciente de la relación bilateral. Percibido como experto en Estados fallidos, el gobierno mexicano consideró insultante su designación, por interpretar que, a los ojos de Washington, México era o estaba en vías de convertirse también en Estado fallido. Pero los problemas no pararon ahí. Pascual empezó a cortejar a Gabriela Rojas, hija de Francisco Rojas, líder de la fracción priísta en la Cámara de Diputados. Gabriela era también ex esposa del jefe de asesores de Calderón, Antonio Vivanco. Por lo tanto, el Presidente mexicano, molesto con ese noviazgo, veía a Pascual crecientemente con recelo.
Para la mala fortuna de Pascual, la divulgación de cables confidenciales que remitió a Washington -como parte de sus tareas diplomáticas- y que fueron dados a conocer públicamente a través de Wikileaks, fue muy mal recibida por el mandatario mexicano Felipe Calderón. Se estima que esas filtraciones fueron un duro golpe para las relaciones de Estados Unidos con diversos países del mundo, pero en el caso mexicano, el problema escaló al punto de que el presidente Calderón pidió tanto a la canciller Hillary Clinton como al propio Barack Obama, la cabeza de Pascual. Obama cedió y mandó como reemplazo a Anthony Wayne, un diplomático experimentado del Departamento de Estado, quien fuera previamente embajador de su país en Argentina. Cuando Wayne terminó su mandato y se jubiló el 31 de julio de 2015, Obama nominó a una de las grandes expertas en asuntos hemisféricos del Departamento de Estado, Roberta Jacobson, que en su currículum tiene el crédito de haber sido artífice del establecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. Hábil diplomática, conocedora de América Latina, llegó a México el 5 de mayo de 2016, tras una tortuosa ratificación que demoró cerca de un año -justamente porque los republicanos le reprochaban el trabajo efectuado para normalizar las relaciones con La Habana. Su gestión fue breve, dado que arribó a México en el mismo año en que Donald Trump obtuvo la victoria en las elecciones presidenciales de EEUU. Los dichos de Trump contra México generaron fricciones entre aquel y Jacobson, quien debía encontrar la manera de disculpar las ofensas del mandatario republicano, hasta que, en mayo de 2018, dio por terminada su misión, tras una carrera de 30 años en el servicio exterior de su país. Jacobson, a pesar de su breve paso por México, fue popular y no en pocas ocasiones se reconoció su trabajo a favor de la relación bilateral aun cuando el contexto político no le favoreció.
Así, la embajada estadounidense quedó acéfala por espacio de un año. Donald Trump buscó un reemplazo para Jacobson en las filas republicanas. Inicialmente favoreció a Edward Whitacre, ex presidente de las corporaciones General Motors y ATT y amigo personal de Trump. Su designación parecía apropiada -aun cuando no tiene conocimientos de diplomacia-, debido a su experiencia en negociaciones económicas y comerciales, amén de haber sido socio de Carlos Slim, hecho difícil de ignorar. El advenimiento de la negociación y eventual ratificación del Tratado México-Estados Unidos-Canadá (TMEC), hacían que el empresario fuera una buena opción. Desafortunadamente para Whitacre, su designación como embajador en México ya no se concretó, debido a la salida de Rex Tillerson -el 31 de marzo de 2018- como titular del Departamento de Estado en el vecino país del norte.
Fue así que emergió la figura de Christopher Landau, abogado con nula experiencia diplomática, aunque es hijo de George Landau, quien fuera embajador estadounidense en Chile, Perú y Paraguay. Nacido en España y con estudios de abogacía en Harvard, Christopher Landau ha hecho una respetable carrera en bufetes privados, habiendo tenido clientes como Puerto Rico, British Petroleum, empresas de biotecnología, etcétera. Asimismo, al egresar de Harvard, Landau trabajo en la Suprema Corte de Justicia a las órdenes de dos de los jueces más conservadores de que se tenga memoria: Clarence Thomas y Antonin Scalia.
Ratificado por el Senado estadounidense el 1 de agosto pasado, se espera su llegada a México en los siguientes días. Landau deberá hacer frente a uno de los momentos más tensos en la relación bilateral, donde destacan la crisis migratoria, la ratificación, por parte del Congreso estadunidense, del TMEC y los crímenes de odio perpetrados en el pasado fin de semana, en que al menos dos decenas de mexicanos perdieron la vida en lo que la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) de México considera como actos de terrorismo contra los connacionales. Con una agenda así, se espera que Landau eche mano de todo el oficio político que tenga, para mediar entre los insultos y la retórica anti-mexicana de Trump y el gobierno de López Obrador. Si bien no parece tener el perfil para gestionar semejante agenda, hay que darle el beneficio de la duda. Después de todo es una buena noticia que, tras más de un año desde la partida de Roberta Jacobson, Trump haya decidido elevar la relación con México al nivel de embajador, no de un encargado de negocios. Al tiempo.
María Cristina Rosas / América Latina en Movimiento

El terrorismo blanco en EU y sus fantasías

 
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Hace décadas que escribimos y contestamos llamadas de medios para discutir las matanzas en Estados Unidos. Virginia Tech, Sandy Hook, Orlando, Las Vegas… Por no hablar de la criminalidad común de varias ciudades grandes que se aproximan bastante a los vergonzosos números de algunos países de América Central. Uruguay está bajo una fuerte crítica, interna y de Estados Unidos, por haber aumentado su tasa de asesinatos hasta 11.2 cada cien mil habitantes mientras sus turistas se sienten seguros en Miami Beach, sin reparar que la ciudad de Miami, en sus mínimos históricos, tiene la misma tasa de asesinatos. Por no hablar de otras cuarenta grandes ciudades que superan esos guarismos, como St. Louis, que llega a 60.

No en pocas ocasiones me he despedido de esos amigos periodistas con el doloroso humor negro de “hasta la próxima matanza”. En mis clases, algunos estudiantes me han reprochado la dureza de este tipo de expresiones. Tal vez es parte del problema que comparte la religión de las armas con el racismo rampante de este país: se cuida demasiado el lenguaje para no ofender a nadie pero no se soluciona el problema. Se lo empeora.

Las dos últimas matanzas por tiroteo, de las 250 que van en el año, llamaron la atención por su número de muertos y por su proximidad una de otra (13 horas). Ambas poseen elementos en común, pero en su naturaleza ideológica difieren mucho.

Empecemos por la segunda, la de Dayton en Ohio. El asesino, un joven de 24 años, no tenía motivaciones raciales, ni siquiera ideológicas. Como le gustan decir a los políticos especialistas en rezar como único recurso, era un “enfermo mental”. De hecho era simpatizante de la izquierda y de la regulación de las armas y entre las nueve de sus víctimas estaba su propia hermana, de 22 años. Claro que entre enfrentarse a un enfermo mental con un rifle y a otro con un palo, cualquiera elegiría este último.

La tragedia ocurrida 13 horas antes en El Paso, Texas, ya está alimentada y motivada por razones claramente raciales. El asesino de 21 años, de cuyo nombre no quiero recordar, manejó nueve horas de Dallas hasta la frontera sur para matar hispanos. En un manifiesto plagado de faltas ortográficas y, peor, de conceptos históricos, advierte de su plan debido a la “invasión de hispanos a Texas”. El Paso posee una población del 80 por ciento de estadounidenses mexicanos, además de mexicanos visitantes. Gran parte del tercio oeste de Estados Unidos posee una fuerte cultura y una numerosa población hispana no sólo porque desde que Estados Unidos tomó posesión de esas tierras los mexicanos han cruzado permanentemente una frontera invisible para trabajar en las zafras del norte, regresando al sur ese mismo año, sino porque por siglos fue tierra de España o de México.

Texas, que tanto enojaba al asesino, se independizó de México en 1836 porque los mexicanos habían abolido la esclavitud en esa provincia y los nuevos inmigrantes anglos no podían prosperar sin esclavos negros, los que solían escapar hacia México buscando la libertad. Cuando Texas se une a Estados Unidos y el Norte entra en guerra civil con el Sur, Texas se une a la Confederación para mantener sus privilegios esclavistas. Desde su derrota a manos de Lincoln, el Sur esclavista convirtió esa derrota en una victimización moral de los blancos, desviando la atención sobre la esclavitud y narrando en libros, películas y salones de clase la idea de que la Guerra Civil fue una lucha desigual por “los valores” del Sur.

La misma fundación de Texas tiene una raíz profundamente racista, como la fundación de Estados Unidos. Pero tanto Estados Unidos como Texas han sido capaces de integrarse a las grandes luchas sociales de los años 60s, no sólo de Martín Luther King sino de muchos otros líderes latinos como Cesar Chávez, Dolores Huerta o Sal Castro. Los países no tienen dueños. Incluso Jefferson había dicho algo por demás obvio: la tierra le pertenece a los vivos; no a los muertos.

Sin embargo, aquí radica el centro del problema de la ideología supremacista blanca: el concepto de defensa de una raza para que su predominio perdure más allá de los individuos. ¿Por qué me importaría que mi país conservase una población que se parezca a mí? Es más, sería una pesadilla levantarse un día y ver que todos se parecen a nosotros y piensan como nosotros.

El moderno concepto de supremacía blanca en Occidente surge a principios del siglo XX en las colonias británicas. Vaya casualidad. Justo cuando Europa y Gran Bretaña comienzan a perder el privilegio de esclavizar al resto del mundo aparece una teoría infantil del “genocidio blanco”. Según esta teoría que se hace popular en Estados Unidos en la década del 20, la “raza blanca” está bajo amenaza de extinción por parte de las otras razas, negra, marrón, amarilla, roja… Todo a pesar de que ninguna de estas “razas” nunca en la Era Moderna invadió ni Europa ni Estados Unidos sino, exactamente, lo contrario. África fue, por trecientos años, hasta muy recientemente, el patio trasero de Europa y allí los crímenes se contaban por decenas de millones de negros, por decenas de gobiernos destruidos, intervenidos o aniquilados. En los últimos tiempos en nombre de la lucha contra el comunismo pero desde mucho antes en nombre de la defensa de la “raza hermosa”, la raza blanca que debía dominar al resto. Exterminación, lisa y llana. Lo mismo América Latina con respecto a Estados Unidos. Lo mismo diferentes pueblos de Asia y Medio Oriente con respecto a las potencias Occidentales.

Pues, resulta que ahora los niños de bien se quejan de una “invasión hispana”, de una “genocidio blanco” y otras pataletas. ¿Por qué?

Estados Unidos es el único país “desarrollado” cuya expectativa de vida ha decrecido en los últimos años. Los estudios indican que se debe al deterioro de la salud de la población blanca debido a la epidemia de drogas, en particular opioides (que se cobra la vida de 50.000 personas por año), el alcoholismo y la depresión. Esta terrible situación no es una conspiración racial sino de sus bienquerida libertad de negocios, los negocios farmacéuticos que han creado y mantenido un beneficio de 75 billones de dólares anuales para que la gente siga muriendo.

El asesino de El Paso, en su manifiesto, además se quejaba que si bien los inmigrantes hacen el trabajo sucio, sus hijos suelen tener éxito en las universidades. Es decir, que hasta podría tolerar que la raza inferior haga un trabajo sucio siempre y cuando no demuestren que pueden trabajar más duro y alcanzar algún mérito académico. Ésta es la cultura del competidor. Como siempre: competencia sí, sólo mientras yo tengo todas las de ganar.

Cuando una sociedad sufre de la soberbia del ganador, es muy difícil que reconozca errores y crímenes. Normalmente una minoría crítica lo hace, pero eso no es suficiente. No se debe subestimar la ignorancia y el fanatismo de un significativo sector de la población que considera que cualquier cambio, cualquier forma de ser diferente es “antiamericano”.

Como otras tragedias, esta pasará de la memoria colectiva. Porque si hay algo que la cultura estadounidense sabe hacer muy bien es olvidar. Los edificios históricos se echan abajo como el pasado más cercano, y en su lugar se levanta algo nuevo (un Walmart, un McDonald’s) y se dice que siempre estuvo allí desde que Dios creó el mundo.

Jorge Majfud /Agencia Latinoamericana de Informacion

Trump: loco o simplemente fascista

 
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Iosu Perales / Alai
La política inmigratoria de Donald Trump es cruel, inhumana, un horror. Las críticas internas y externas le han hecho retroceder en su política de separación de miles de niños y niñas de sus padres, en un acto criminal que se ha prolongado demasiados días. Pero su condición de fascista ha quedado señalada como una huella imborrable. Primero metieron a cientos de niños y niñas en albergues, luego habilitaron almacenes con jaulas, lo que sacudió de manera desgarrada a una buena parte de la sociedad norteamericana. Se dice que los lloros de los niños y niñas llegaron a todas partes, a instituciones y a las calles, a las universidades y a los barrios, obligando al monstruo a echar marcha atrás.
Si les cuento que una niña de 10 años con síndrome de Down fue separada, junto con su hermano, de su madre, ya estoy ilustrando hasta dónde está dispuesto a llegar en su perversidad este tipo elegido presidente que se jacta de tener en su mesa el botón nuclear. Y es que Trump sigue defendiendo, desde su tolerancia cero, las mismas ganas de encarcelar a miles de inmigrantes. Ya lo está haciendo, pero ahora además a los padres y madres les acompañan sus hijos e hijas. No todos, porque para muchos de los menores será complicado reconectar con sus progenitores.
No es de extrañar que por orden presidencial Estados Unidos haya abandonado el Consejo de Derechos Humanos de la ONU al que Trump califica de “cloaca”. Ha sido la respuesta a la denuncia del Alto Comisionado, Zeid Raad al Hussein, que ha instado a Donald Trump a acabar con la práctica de separación forzada de niños y niñas de sus familias inmigrantes que entran ilegalmente en territorio estadounidense a través de su frontera con México.
Trump no actúa solo. Cuenta con el apoyo de la mayoría del Partido Republicano que criminaliza la inmigración indocumentada, bajo el argumento de que representa una amenaza para la ley, el orden y el bienestar de las clases medias, frente a otros sectores liberales partidarios de una apertura regularizada. También cuenta con el apoyo de iglesias conservadoras que comparten el discurso dado por el Secretario de Justicia Jeff Sessions en Indiana, que dijo literalmente: “Me gustaría citarles al apóstol Pablo y su sabio mandamiento en Romanos 13: A obedecer la ley del Gobierno, porque Dios lo ha ordenado así para sus propósitos”. La ley de la Casa Blanca es la ley de Dios.
Y ¿cuál es la ley de Trump en materia de inmigración? Se centra básicamente en: 1. El reforzamiento de la seguridad de las fronteras nacionales, levantando muros fronterizos; 2. La criminalización de los inmigrantes considerados ilegales; 3. La deportación de los inmigrantes no documentados; 4. La negociación o cancelación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que Trump considera un coladero de inmigrantes; 5. Aplicar un impuesto a las remesas que envían los inmigrantes a su país de origen, de manera específica a los mejicanos; 6. Negar la amnistía para facilitar que la inmigración regularice su situación y adquieran la ciudadanía estadounidense en los casos en que reúna las condiciones; 7. La medida estrella, ahora suspendida: separar familias y en particular secuestrar a miles de niñas y niños para vencer la voluntad de sus padres y madres y obligarles a volver a sus países de origen. Con respecto a esto último, mientras UNICEF reclama el fin de esta política macabra, Trump responde que los menores son potenciales delincuentes. Algo que sigue diciendo incluso tras la suspensión de la medida de ruptura de familias.
Consuela saber que en decenas de ciudades de Estados Unidos miles de personas se manifiestan contra esta política de Trump. Y, al parecer, la movilización ha dado resultado. Pero me temo que con este tipo no es suficiente actuar por reacción ya que él puede ir haciendo política de hechos consumados que en algún momento puede ser letal para la paz mundial. La medicina correcta sería promover su inhabilitación, ya que la sociedad mundial no se merece estar bajo la espada de un fascista. La crueldad de Trump es deliberada, responde a una patología de quien disfruta haciendo daño.
Me temo que aún Trump no ha perdido la guerra, aunque haya tenido que dar un paso atrás en la última batalla. De hecho, con menos ruido, los comportamientos de la mayor parte de países europeos, empezando por la Comisión, tiende a ceder terreno frente al empuje de la ultraderecha. No podemos hablar de efecto contagio, pues las medidas extremas de Trump son inasumibles en Europa, hoy. Pero me temo que esa misma radicalidad del presidente norteamericano puede servir para justificar un mayor cierre de fronteras y de represión, lo que sería valorado como medidas leves o al menos más razonables que las de Estados Unidos. Lo cierto es que la tendencia universal y también la europea es a maltratar a refugiados e inmigrantes, cuando no a dejarles en el desamparo, bajo el poder de mafias e incluso frente a la muerte. Algo completamente contrario a lo que ha sido la historia de la humanidad que no se puede entender sin migraciones e inmigraciones.
La inmigración polariza a Europa. A la posición de países como Polonia, Hungría, Austria, Chequia, Eslovaquia, Eslovenia, contraria a la recepción de inmigrantes y refugiados, se une ahora la crisis del gobierno de coalición alemán de Ángela Merkel, en la que el CSU que ostenta el ministerio del Interior viene exigiendo a la presidenta que rechace a los demandantes de asilo. El paso delante de la derecha se observa también en los réditos electorales que está obteniendo en Holanda y Francia. Pero lo que hoy preocupa tal vez un poco más es el gobierno italiano. Su vicepresidente Matteo Salvini, connotado xenófobo y racista, el mismo que llama “carne humana” a los inmigrantes, pretende levantar un eje Berlín-Viena-Roma al que invitarían a otros países a sumarse. Es dudoso que Merkel pueda aceptarlo, pero ya es inquietante semejante iniciativa. En este escenario pesimista hay que valorar como muy positiva la decisión del presidente Sánchez que, arropado, por partidos, Autonomías, ayuntamientos y otras entidades ha decidido acoger el desembarco del Acuarius con 629 inmigrantes a bordo.
El desenlace del Acuarius aporta un poco de esperanza. Pero lo cierto es que el deslizamiento europeo hacia el levantamiento de una fortaleza es más tangible que nunca. Europa ha sido raptada por poderes neoliberales que no sólo liquidan instituciones sino que además pretenden hacerlo con valores, dando la espalda a la historia. Estos poderes representan a quienes en un pasado no tan lejano entraron e invadieron África, la destrozaron y esquilmaron, y cuando ya acumularon suficiente riqueza abandonaron países con fronteras artificiales que han resultado ser semillas de guerras. Los hijos, los nietos y bisnietos de aquellos invadidos, esclavizados, asesinados, son los que ahora nos piden y hasta nos ruegan acogida. Pero una Europa que comparte mucho con Trump en el campo de las ideas ha decidido dejarles fuera del futuro, y, lo peor, también del presente. En la frontera de México se ha estados separando a familias y secuestrando niños y niñas. En el Mediterráneo directamente se ahogan. Los Estado Unidos de América es un país conocido por no ratificar los tratados de Derechos Humanos. Europa firma todos los tratados de DDHH, pero ni los cumple ni tiene intención de hacerlo.

Un adversario para Donald Trump

 
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Un nuevo e inesperado elemento ha agregado tensión al ya inusitado proceso electoral estadounidense en su etapa de primarias. Cuando ya parecía claramente definido que Donald Trump sería el aspirante presidencial en representación de partido republicano, se ha hecho estallar públicamente una «bomba» en su contra desde un campo inesperado.

The National Interest, una revista creada por el Nixon Center, donde colaboran sobrevivientes del equipo del ex secretario de Estado Henry Kissinger, invitó a Donald Trump a pronunciar su primer discurso sobre política exterior.

Para sorpresa de todos, Trump no recitó sus posiciones sobre una u otra cosa para contentar a tal o cuál grupo de presión sino que formuló un análisis sobre  a política exterior de Estados Unidos y describió su proyecto de reformulación de ésta.

Según manifestó Trump, «haber tratado de exportar por fuerza el modelo democrático occidental e imponerlo a pueblos que no están ni remotamente interesados en ese modelo, ha sido un error fundamental». Luego de denunciar lo que llamó «gigantescos daños humanos y económicos causados tanto a los países agredidos como al propio», Trump pasó a un ataque indirecto contra el complejo militar-industrial y denunció la excesiva cantidad de armamento que circula actualmente en el mundo.

Según el periodista y activista político francés Thierry Meyssan, fue esta la primera vez desde el asesinato de John F. Kennedy que un candidato a la presidencia se pronunciaba contra el poderío de los fabricantes de armas. Todos los que lo han hecho han sido neutralizados o eliminados: John Kennedy fue asesinado cuando se opuso a la guerra contra Cuba; Richard Nixon fue eliminado –a través del escándalo del Watergate- por haber concluido la paz con Vietnam e implementado el proceso de distensión con China; Bill Clinton vio su administración paralizada a través del escándalo con Monica Lewinsky cuando trató de oponerse al rearme y a la guerra en Kosovo.

Al decir de Meyssan, «Trump no era, hasta ahora, un político sino un promotor inmobiliario, comerciante y presentador televisivo. Esta carencia de pasado político le permite ver el futuro de manera totalmente nueva y sin verse limitado por compromisos anteriores».

Para contrarrestar el fenómeno Trump en sus propias filas, el Partido Republicano ha organizado una alianza entre los otros dos aspirantes que aún quedaban: Ted Cruz y John Kasich. Ambos han aceptado renunciar a la presidencia y unir esfuerzos para impedir que Trump obtenga la mayoría absoluta de los delegados en la Convención, promoviendo la candidatura del general en retiro James Mattis, excomandante del Comando Central de Marines.

Aunque el general Mattis no ha manifestado su disposición de presentarse, un grupo anónimo de donantes multimillonarios han urdido un plan para conseguirlo y así hacer frente a Donald Trump.

Se habla de cerca de una docena de donantes influyentes, que son multimillonarios con bolsas profundas e implicados en política con
tendencias conservadoras, que están dispuestos a poner sus recursos en favor de Mattis.

«Trump es un loco fascista y Hillary tiene un pie en una celda de la cárcel. Esto significa que Mattis puede ganar. Yo sería el primero en abogar por el general para salvar América,» declaró John Noonan, un ex asesor de Jeb Bush ahora involucrado en el proyecto de campaña a favor de Mattis.

Ya se hacen sondeos confidenciales, se recoge dinero y se ha creado un equipo de campaña en torno al general James Mattis quien, si bien niega que esté pensando hacer carrera política, muchos creen que no rechazará el papel de émulo de Dwight Eisenhower, quien sin participar en las primarias porque fungía como comandante de las fuerzas en Europa, se deslizo en la competencia en su etapa final y la Convención del Partido Republicano lo designó participante en la lucha final por la presidencia que obtuvo en 1952.

Mattis tiene reputación de intelectual. Es investigador en la Hoover Institution (de la Universidad de Stanford) y, recientemente, ha sido conferencista en el CSIS, tanque pensante cercano a la industria del petróleo, financiado principalmente por Arabia Saudita.

Durante su conferencia en el CSIS, tras anunciar un pavoroso porvenir para el Medio Oriente, denunció el peligro que en su opinión representa la revolución iraní y llamó a hacerle la guerra.

La contradicción que actualmente se perfila en la lucha interna del partido republicano por la candidatura presidencial, refleja la que a nivel nacional, se ha manifestado entre la visión neoconservadora de Nixon y Kissinger, y el sueño de George W. Bush y Dick Cheney, partidarios de imponer un régimen universal y una democratización global, en lo que trabajaron desde aquel golpe del 11 de septiembre de 2001 hasta el ascenso de Obama.

Manuel E. Yepe / América Latina en Movimiento.

Guantánamo

 
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La Estación Naval en la Bahía de Guantánamo se estableció en 1898, cuando Estados Unidos obtuvo el control de Cuba por parte de España al término de la guerra hispano-estadunidense, siguiendo con la invasión de la Bahía de Guantánamo en 1898.

El gobierno de Estados Unidos obtuvo una concesión perpetua que comenzó el 23 de febrero de 1903, otorgada por Tomás Estrada Palma, primer presidente de la República de Cuba. El recién formado protectorado estadunidense incorporó la enmienda Platt en la Constitución cubana.

El tratado cubano-estadunidense establecía, entre otras cosas, que Estados Unidos tendría completo control y jurisdicción sobre la bahía de Guantánamo, con propósitos de operar estaciones navales y de embarque, mientras que reconocía que la República de Cuba mantenía su soberanía. En 1905 hubo un requerimiento de ocupación de Cuba durante tres años, debido en parte a la Enmienda Platt.

Un tratado en 1934 reafirmó el derecho de paso a Cuba y sus socios comerciales a través de la bahía, modificando el pago anual de una renta de dos mil dólares en monedas de oro, al valor equivalente en 1934 de cuatro mil 85 dólares estadunidenses del Tesoro (US Treasury Dollars), y agregó el requerimiento de que la terminación de esta renta requeriría el consentimiento de ambos gobiernos, o el abandono de la propiedad por Estados Unidos.

En 1961 se acaba la relación entre Estados Unidos y Cuba, tras la Revolución Cubana. En la actualidad la base Gitmo en Guantánamo es la única estadunidense en operación en un país socialista. Desde la llegada al poder de Fidel Castro, solamente ha cobrado una renta del alquiler, mientras que firmemente rechaza cobrar a cualquier otro Gobierno, ya que ve esta base como ilegítima. Aunque no existen relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, la Unión Americana ha accedido mandar de regreso a fugitivos de la ley cubana a autoridades de Cuba, y la isla, por su parte, accedió a regresar a EU a fugitivos de la ley estadunidense que hayan cometido delitos en Guantánamo.

El control de este territorio cubano nunca ha sido popular entre los cubanos. El Gobierno de Cuba ha denunciado constantemente que el artículo 52 de la Convención de Viena de 1969 declara la abolición de un tratado si se concluye que se ha usado la fuerza o intervención, en este caso la inclusión de la Enmienda Platt en la Constitución cubana.

EU advirtió a la Convención Constitucional de Cuba sobre no modificar la enmienda y se les ordenó a las tropas estadunidenses no abandonar Cuba hasta que los términos sean adoptados como una condición para garantizar independencia a EU. El Gobierno cubano dejó de proveer el abastecimiento de agua para la base, causando que Estados Unidos importara el agua desde Jamaica y la construcción de plantas de desalinización.

En la actualidad la base es autosuficiente y produce su propia agua de consumo y electricidad. Sólo dos cubanos, ambos de edad avanzada, cruzan todavía la Puerta Noreste diariamente para trabajar dentro de la base, pero el Gobierno cubano prohíbe más reclutamiento de personal.

Cuenta además con centro comercial, ocho bares, restaurantes, estación de bomberos, gasolinera, una capilla, piscina, dos cines al aire libre, un hospital, una casa de cambios, una estación de radio y dos colegios.