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¡Gracias!

Escucho tus problemas en silencio, conduciendo mi taxi pero sin atender al tráfico (las calles ahora no importan: eres tú, son tus problemas). Te observo a través del espejo y entre frase y frase tuya sólo me sale lanzar algún que otro ahá… ahá…, y poco más: ¿qué decir en estos casos? Aquí, pegado al volante, no puedo grapar las fisuras de tu pasado pero sí tenderte un cachito de mi tiempo, el tiempo que dure el trayecto o incluso prolongarlo buscando meterme en cualquier atasco…