Príncipe Carlos, al fin con corona… virus

 
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  • Si al futuro rey de Gran Bretaña, Canadá, Australia y una treintena de países le da el COVID-19, esto implica que la pandemia podría contaminar a decenas de millones de almas.

La persona que más tiempo ha esperado para ser rey británico acaba de ser coronado por el virus. El príncipe Carlos ha contraído el COVID-19 a sus 71 años de edad. Se supone que el sector más vulnerable es aquel que supera las 6 ó 7 décadas de vida.
Carlos es el heredero oficial de Elizabeth II quien está en el trono desde abril 1952 y quien ya es la monarca que más ha estado en el poder en la historia de las islas británicas, así como la que más tiempo sigue en su puesto en el mundo. Se espera que alrededor del 2022 ella debiera dejar su cargo a su primogénito.
Carlos y su esposa Camila llegaron el fin de semana al palacio real de Balmoral en Escocia, donde ambos y varios miembros de su personal han sido declarados en cuarentena.
Cuando Carlos se convierta en rey él sucedería a su madre como la persona que regente unos 33 países en todos los 8 continentes del planeta. Esto incluye a los 4 que integran el Reino Unido, a otros 15 que son miembros independientes de las Naciones Unidas (incluidos Canadá, Australia y Nueva Zelanda, Estados que dominan la geografía de cada uno de sus respectivos continentes), 14 dependencias ultramarinas y 2 territorios insulares de la corona. Todos esos lugares suman una superficie mayor a la de la república más extensa que hay (Rusia) y equivalente a un sexto de la tierra.
Carlos se viene preparando para ser el nuevo dignatario del país americano más extenso (Canadá) y de la cuarta parte de los miembros de la Organización de Estados Americanos. Además, él va a encabezar la Mancomunidad Británica de Naciones, la cual abarca a un cuarto de la humanidad. Por último, Carlos está por reemplazar a su mamá como la Gobernadora de la Iglesia nacional, posición que no la tiene ninguna teocracia islámica.
Mientras que en nuestra sociedad hay muchas discriminaciones por origen de clase, realeza, raza, religión o pasaporte, este virus ha demostrado ser altamente “igualitario”, pues considera a todos los seres humanos de manera equitativa.
Si el coronavirus puede pegar en alguien con tanta riqueza, privilegios y poder, mucho más fácil puede infectar a gente con menos acceso a medicinas, agua u servicios. De allí que debe preocupar que esta pandemia pegue en las naciones más pobres o afectadas por guerras.
De allí que urge evitar que el COVID-19 se masifique dentro de las poblaciones con menos ingresos en las grandes potencias, así como en los países más azotadas por el hambre, la miseria y los conflictos armados.
En el caso de las islas británicas e irlandesas resulta vital para los más de 70 millones que las habitan el dar atención especial a los que viven allí en la pobreza extrema, la indigencia (como los sin techo) y al millón de inmigrantes indocumentados o sin acceso a beneficios. Ante la incapacidad de los irregulares de acogerse al seguro de desempleo o de enfermedad o a los servicios de salud, muchos de ellos están conminados a seguir laborando. Todo esto implica que los indocumentados pueden ser un caldo de cultivo para la pandemia, especialmente porque varios de los trabajos que ellos desempeñan son de limpieza y en las partes más insalubres. La única alternativa hoy consiste en darles una amnistía, algo que Boris Johnson prometió cuando fue alcalde de Londres (2008-16).
A nivel global hay que dar prioridad a parar las terribles guerras y transferencias masivas de poblaciones, así como de las sanciones contra Irán, Cuba, Venezuela y otras repúblicas cuyos Gobiernos no son del agrado de Washington.
El COVID-19, pese a no ser un ser viviente, ha vuelto a demostrar que todos los seres humanos somos iguales y que todos tenemos la misma sangre que es roja y no azul. Si el coronavirus nos trata a todos los hombres y mujeres como iguales es hora que marchemos hacia un mundo donde todos en los hechos nos tratemos como iguales. A medida que se vayan aminorando las desigualdades sociales y las grandes potencias no se centren en producir armas de destrucción masiva sino en fomentar “armas” de saneamiento y protección social masivas, es que iremos anulando las posibilidades que se masifique esta epidemia o se produzcan otras nuevas.

Isaac Bigio / Analista internacional