Si a esa edad

 
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¡Gracias!

Si en esta época yo tuviese 13 años o 15, o 20, o 25, y tuviese que padecer día a día que un tipo restregara su cuerpo detrás de mí, quedarme inmóvil y llena de miedo por ello, porque tenía que tomar el mismo transporte para ir a la escuela.
O al caminar de regreso a casa, saliendo de la secundaria, un tipo te diera sendas nalgadas y escuchar la estridencia de la carcajada de sus amigos. O tener que pelear con tus compañeros de secundaria porque apostaron a que te daban un llegue y toda su atención para ver si lo logra. O padecer tu propia amabilidad, al responder cuando un tipo en un taxi te pregunta una dirección y al responderle te das cuenta que te está enseñando el pene.
O bien, percatarte de las miradas lascivas del profesor de educación física; temblar cuando te llamaba a su cubículo porque sabía que había peligro, pero no podías decir no. O aquella ocasión que me dirigía al CCH y un tipo aprovechó para sobarme el pezón mientras me abría paso para bajar del camión.
O aquellos que no te tocaban pero te gritaban sistemáticamente vulgaridades y al intentar responder se ponían violentos.
Ahora sé que cuando un profesor se te acerca demasiado y de la nada comienza a darte las respuestas del examen, te provoca miedo, se llama hostigamiento sexual.
No me escapé de que en el metro y en el camión, el tipo con gabardina se colocara estratégicamente frente a mí y me enseñara su pene erecto.
O el wey que recargaba su entrepierna en mi brazo.
No faltó el que iba sentado a mi lado, se hacía el dormido y alargaba su mano para tocarme el seno o la cadera según su preferencia.
Un domingo, caminar a casa después de tu partido de basquetbol, llega un tipo, te abraza por la espalda, mete las manos a tus nalgas y vulva, y se va corriendo.
Atreverme a ir al cine en mis tiempos de universitaria también me cobró factura, pues el tipo de al lado se creyó con el derecho de meterme mano por estar sola.
Usar blusas con escote tuvo un costo: “te las mamo”, fue la frase asquerosa que me llevó a cubrir mi cuerpo por muchos años.
Algunos hombres cercanos no escapan a ello, como el tío que, alegando confusión por consumo de drogas, se acuesta al lado cuando estás a punto de dormir o el primo abusivo que te dice “me merezco un beso”; el gran cuate y sus amigos a quienes escuchas decir: “sí, las pinches viejas sólo aflojan cuando están pedas”.
Si a esa edad, se hubiese hablado de la violencia sexual con otras mujeres, en la tele, en la radio, en la calle…
Si a esa edad nos hubiésemos atrevido a contarlo entre las mujeres que conocía…
Si a esa edad tuviese hermanas aliadas que caminaran hombro con hombro…
Si a esa edad tuviese la claridad, herramientas y conocimientos que ahora tengo…
Estaría igual de encabronada, encapuchada y tomando las calles para que se acabe la violencia que por años hemos padecido las mujeres. Pero qué se acentúa en las mujeres más jóvenes. Esas que ahora no están dispuestas a callar y tolerar lo que yo no pude decir a su edad.
Me alegra que estas mujeres jóvenes no quieran esperar más tiempo, ese que a mí me llevó armarme de valor y coraje para encarar la situación.
Me alegra que alcen la voz, que manifiesten su rabia, que exijan, que se sepan sabedoras de derechos y estén dispuestas a exigirlos y no regatearlos.
Me alegra que la revolución sea feminista.
#Larevoluciónseráfeministaonoserá
#Nosevaacaerlovamosatirar
#Niunamás #Nomasfeminicidos

Norma Fuentes Garduño