La partida del nagual*

 
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¡Gracias!

“No es posible regresar a ninguna parte. Los puntos de partida no se quedan quietos y a la vuelta ya no están. Para poder volver se necesita, por empezar, un punto de partida eterno e inmutable. Pero todo se mueve y no hay forma de detener el Universo. Créanme si les digo que nadie ha efectuado nunca jámas un verdadero regreso. El hombre que lo consiga cumplirá la hazaña más grande de la historia.”
Alejandro Dolina, Crónicas del Angel Gris, Refutación del regreso.

Augurios y señales son cosa cotidiana en la vida del brujo; me corrijo, son cosa común para toda la gente, pero el brujo está atento a cuando suceden. Es que se trata de un diálogo con lo infinito manifiesto: el guerrero, que siempre está tan solo, tiene siempre esa compañía abstracta del mundo y es como sentirse amparado. Cualquier acción consensuada con el entorno es la correcta, porque se inserta en el flujo de las cosas sin transgredir, sin forzar, sin inapropiarse y sin apropiarse. El ser-en-el-mundo es congruente con el latido de lo que Allí-Existe, el hacer del guerrero es sencillamente ser-en y ser-con pero serlo oportunamente y sin ambages. El infinito es un consejero sutil, estar abierto a sus mensajes es imprescindible para que la brújula del navegante no resigne su Norte a la primera tempestad.
Augurio es un aviso de lo que puede acontecer, señal es un parecer en el presente. Los hay a raudales en mi vida, quisiera presentar alguno que fuera notable en el sentido de constituirse en irrefutable. Cuando el nagual Zacarías se fue, por ejemplo. La última vez que lo vi no supe que era la última, y sin embargo, todo tipo de señales me lo decían a gritos. Un cielo gris, un apenas sol plateado, una lluvia reciente y baldosas flojas salpicando agua, una caminata fuera del tiempo y fuera del pasar, una dignidad estremecedora en el porte del viejo, una saturación de miseria en los alrededores, una ausencia súbita de niños.
Un silencio dilatado, sólo andar por la ciudad, pero ver las cosas como él las veía, casi acariciándolas: despidiéndose. Vagabundo, forastero y desterrado. Titubeando en las esquinas, cada cruce de calles era una elección final: doblar por una avenida equivalía a negarse la visión final de otras calles, con sus casas y sus negocios y sus árboles, y ese gato que ilumina una ventana y aquél niño en bicicleta que diverge, que ya no nos dejará ver su cara. ¿No nos habrá pasado ya algo así? ¿No habremos visto ayer por última vez un rostro, no nos habremos detenido por última vez en aquél bebedero de tal plaza, no habremos oído la semana pasada por última vez esa sonata de Scarlatti?

Si vivir es un desbarrancarse hacia eso donde queda el olvido y queda el despojarse de todo, cada instante es posible que hagamos por última vez cualquier cosa. ¿Y hubiéramos querido hacerla de ese modo, del modo en que la vivimos? ¿Se podrá elegir? Si ayer te dije algo hiriente y hoy lo lamento profundamente, ¿podría no haberlo hecho? ¿Qué tal si ser guerrero es sólo asumir con temple feroz lo que nos es dado sin que pueda caber la más mínima esperanza de optar o reparar? ¿Y si ser guerrero no es dejar la idiotez de lado, si no tolerarla con dignidad?
Para el nagual ya todo era resignación: estaba en vísperas de sentir la nada que somos sin ninguna protección o artificio. Su humildad iba en sus pies y en sus ojos, en sus manos caídas la angustia vencida, en su sombrero ladeado el penúltimo atisbo de la elegancia indigente. En un momento dijo, con disimulada desesperación: “¡tanto que queda inconcluso, tanto que será póstumo sin que lo sospechemos siquiera!”.
Lo dijo mirando una estatua de San Martín, y mi irreparable distracción no pudo en esos instantes darle a sus palabras el peso premonitorio que tenían.
Cuando volvía a mi casa, cansado de caminar y un tanto desmotivado por lo parco que había estado el nagual, un auto apremiado atropellaba a un anciano en su bicicleta, lo condenaba a despojos sobre la vereda, le quitaba un zapato. Era la señal. En algún lugar que ya no sé imaginar, en esa su mecedora que había tupido de flores Lupe y había pintado muchas veces Juan, un viejo querido dejaba su equipaje osario final, se subía a una exhalación: la última, volvía a su montaña a ser montaña. Zacarías Ulloa, matón, erudito y brujo, amante sin reparos, a un mes de que litigios legales le arrebataran la comunidad y la alegría de los niños, con su amada perdida en oscuras sombras irreparables, sus hijos enfrentados y dados a insensateces sin fin, aquel hombre, amado y odiado, con casi cien años de batallas y desencuentros, testigo y hacedor de milagros y maravillas, viejo pero niño, pero triste, de sonrisa ancha y barba blanca y pelo de luna, mi maestro y mi luz, se cruzó de orilla, garabateó los horizontes de la tarde con sus alas de cóndor extendidas y se dejó atrapar por el infinito para no volver jamás.
Estar pendiente de las posibles señales se hizo tan crucial desde entonces para mi. Mi viejo, de bufanda roída por los tantos inviernos y de gabán mordido por las polillas de la sabiduría y de la penuria, de zapatos lustrados por la caridad, de camisa única mal planchada por las manos apuradas de su última bruja fiel, parado a duras penas en la esquina donde nos despedimos, parado en el mundo como un rey derrocado que no necesita de apariencias para inquietar con su elegancia, me dijo lo que oí tantas veces: “nos vemos, Galito”. Pero si yo no hubiera sido tan yo, tan egoyoísta, si no hubiera estado tan alarmado por la hora o por el hambre o por la secreta cita con una bruja desnuda, hubiera sabido que su mirada entrecomillaba o ponía en mayúsculas el verbo cotidiano; no era que íbamos a vernos otro día, dijo “nos Vemos”, como enseñándome que había un lugar en el mundo, sin tiempo, donde él y yo siempre continuaríamos conversando del universo, de las mujeres y de los libros, donde nos veríamos desmontada la estantería de la falsa percepción, como dos seres gemelos, atrozmente solos en un país de sueños donde todas las pinceladas las dio un día la tristeza y el amor. Hubiera visto esos dos pájaros que venían juntos y separaron sus destinos sobre nuestras cabezas, hubiera oído la congoja del momento al entender porqué el otoño hace eso con los árboles, los deshoja y expone vulnerables a la violencia del invierno venidero. Ese inclinar de su sombrero y su darse vuelta, su alejarse despacito, todo eso fue su adiós, no dejó otra herencia que el fuego inextinto donde arde nuestro anhelo de libertad, no fue magnífico ni se dio a piruetas de percepción. Convocó el silencio y la humildad, reveló que ante todo, más allá de las falsas coronas con que nos adornamos para impresionar, somos un puñado de huesos y una carne que se va gastando, somos un alma surcada de arrugas y cicatrices que quiere desalmarse y desvestirse, confiarse niña a una brisa última y desmayarse en el sueño donde nos esperan los que hace rato se están soñando muertos.
Diego Galo


(En honor a mi padre, que es un poco como el viejo nagual que describe Galo y que este día cumple 79 años de edad.)