El poder redentor de la palabra

 
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¡Gracias!

Por Andrés Henestrosa

Viví en la capital y conocí desde luego a todos los literatos, los jóvenes Novo, Villaurrutia, Owen, y a la cabeza, Vasconcelos. Era deslumbrante. A los pintores Montenegro, Atl, Fermín Revueltas, que era muy joven; a Fernando Leal, Coria, y a ese monstruo de la pintura, Goitia.
Llegué de mi tierra hambriento de saber. Fui a ver a Vasconcelos, a pedirle ayuda, era un 15 de febrero de 1923. Me fui a la Normal, ahí me dieron cama, lavado de ropa; yo no tenía más que una muda, la lavaba y la tendía a secar en el corredor, pero yo decía: esto no será siempre así, algún día tiene que cambiar.
Me dieron libros, salía cargado de libros, no entendía yo nada, pero leía y la Divina Comedia me deslumbró. Comía yo en las cantinas, a las dos y media todo aquel que estuviera tomando una copa, tenía derecho a una fuente de botana, y yo por eso me colaba ahí.
Recuerdo un 25 de abril de 1925, había estado con un amigo mío y caminábamos cerca de donde está el teatro Blanquita, era domingo, teníamos tres días casi sin comer. Compramos tortilla, pescado y tepache, qué sabroso me supo ese tepache. La vida es dura, pero llega también la alegría. Gastar alegremente la pobreza, esa era mi riqueza.
Había entonces salones de baile en la colonia Obrera, entre las cuatro y cinco de la tarde, con un tostón se podía bailar con las muchachas.
Algunas tenían por ahí cerca su cuartito. Nunca ha faltado al hombre, al desamparado, al huérfano, una mujer. He sido afortunado porque siempre la mujer más femenina, que tiene algo de mamá, me ofrecía un pedacito de su cama. Y así afortunadamente fui amparado, reconfortado en diversas y numerosas camas.
En la vida yo no he cometido el error de confundir la moral con la vida.
Ustedes son mujeres, nosotros hombres, pero lo mismo que quiero yo, quieres tú. Lo que pasa es que la Iglesia, las llamadas buenas costumbres han complicado el trato entre hombre y mujer.
En la capital había mujeres que no trabajaban. Yo tuve un bonito empleo: leerles a las señoras porque ellas se quedaban en la casa y el marido trabajaba. Les iba a dar clases de literatura. Leía yo, por ejemplo, a una sueca Premio Nobel de Literatura, Selma Lagerlöf. Después de dos, tres horas de estar solos, emocionados con la lectura, era inevitable, nos besábamos y terminábamos amándonos en sus mullidas camas. Era instintivo, inevitable. Después retomábamos la lectura.
Siempre he creído en el poder redentor de la letra.


Publicado por Toni Balú para La guarida del nagual el 1/12/2008 12:11:00 AM