Los medios en la democratización de México

 
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Por Ariel Ruiz Mondragón*

“Si la objetividad no existe, de todos modos es bueno buscarla”

En los procesos de transición política de regímenes autoritarios, dictatoriales y totalitarios hacia otros de carácter democrático, el papel de los medios de comunicación ha sido fundamental, ya que a través de ellos se propagan ideas, propuestas, proyectos y hechos que las diversas fuerzas políticas sostienen, aunque cabe aclarar que en muchos casos, en sus estertores, los regímenes no democráticos intentan un control completo, o casi, de lo que se puede difundir a nivel masivo. Pese a ello, quienes han promovido ideas de cambio han buscado alternativas –muchas veces marginales- para difundirlas.

Sin embargo, en las grandes obras acerca de las transiciones a la democracia poco o nada se ha estudiado el rol que los medios de comunicación han jugado en esos procesos. Por ejemplo, buscando en la voluminosa y clásica obra coordinada por Philip Schmitter y Guillermo O’Donell no existen referencias directas a los media. Afortunadamente, en nuestro país esta situación ha comenzado a ser revertida gracias a algunos trabajos académicos que han dado cuenta del comportamiento de los medios en el complejo cambio político mexicano. Por ello creo necesario hacer una breve referencia histórica a los medios mexicanos.

Bajo el régimen autoritario en el que vivió México en su posrevolución –pero especialmente a partir de 1940-, la gran prensa vivió maniatada, en parte por necesidad y en parte por convicción. Dueños y directivos de periódicos preferían estar bienquistados con el poder político y el alter ego de éste, el Presidente de la República, debido a que con esto obtenían múltiples beneficios y prebendas. De lo contrario, es decir de haber desarrollado una línea editorial independiente y crítica, podían haber sufrido una gran variedad de represalias, que iban desde el retiro del papel que compraban de la estatal y monopólica Productora e Importadora de Papel, S. A., hasta la investigación de sus negocios, lo que podía llevarlos hasta la cárcel. Aún con tan severas restricciones, en algunas publicaciones podían leerse opiniones críticas, aunque no eran, por supuesto, la tónica dominante en ellas.

Pese a ello, los orígenes de una mayor expresión de pluralidad y crítica –que ahora seguramente a muchos parecerá irrisoria- empezaba a manifestarse en publicaciones como Siempre!, de José Pagés Llergo, cuya lista de colaboradores es impresionante, o, ya entrados los años sesenta, la revista Política, de Manuel Marcué Pardiñas. Por supuesto, la crítica y la discusión políticas en publicaciones mexicanas se expresaba también en medios más académicos que propiamente periodísticos, como ocurrió con revistas como Problemas Agrícolas e Industriales de México –que hoy es todavía una referencia indispensables para historiadores del período- o Cuadernos Americanos, en los que figuras como don Jesús Silva Herzog y Daniel Cosío Villegas grabaron sendos epitafios de la Revolución Mexicana, lo que a muchos pareció intolerable.

Como en muchos otros aspectos, 1968 también empezó a marcar diferencias en lo tocante a los medios. La existencia y publicación de la revista ¿Por qué?, de Mario Menéndez, permitió conocer el movimiento estudiantil desde un punto de vista más cercano a éste que al gobierno. Asimismo, se conocieron duros textos contra la represión de los estudiantes en La cultura en México, suplemento cultural de Siempre!, cuya autoría se debía a plumas como las de Fernando Benítez, Gabriel Zaid o Carlos Monsiváis.

Si bien televisión y radio se alinearon con el gobierno, en el firmamento periodístico empezaba a destacar el trabajo crítico de Excélsior, cuyo entonces flamante director y hoy legendario periodista, Julio Scherer García, empezó a invitar a sus páginas editoriales a varios escritores e intelectuales que no eran precisamente muy afectos al régimen, y que lo dejarían sentir desde entonces. Precisamente, es de recordar como un gran momento de la disidencia con la línea oficial el cartón de Abel Quezada del 3 de octubre, que simplemente fue un espacio en negro. De allí en adelante ese periódico seguiría una línea más crítica con el gobierno, que igualmente hoy nos parecerá tímida pero que dentro de los parámetros de aquellos tiempo apenas era permisible.

Aquel Excélsior se cuenta entre lo mejor de la historia del periodismo mexicano, ya que pese a sus indudables y hasta necesarias ligas con el gobierno, abrió brecha en el periodismo mexicano en lo que a la crítica e independencia se refiere –reitero: abrió brechas que pavimentaron el camino a la prensa que hoy existe-. En sus páginas y sus publicaciones –especialmente la revista Plural, dirigida por Octavio Paz- se desarrolló una vocación crítica prácticamente inédita para un gran medio de prensa mexicano, lo que no podía pasar impune para el gobierno.

Fue así que, después de varias escaramuzas con el gobierno, Scherer y su equipo recibieron por parte del gobierno y de un grupo de cooperativistas encabezado por Regino Díaz Redondo un infame golpe que terminó con su salida del periódico en julio de 1976. Con ello concluía una gran aventura del periodismo mexicano –Excélsior, al que Carlos Fuentes llegó a llamar el Cuarto Poder, y que llegó a ser considerado como uno de los diez mejores periódicos del mundo-, pero fue una experiencia que abrió la puerta a muchas otras.

La plana con el manifiesto de repudio al comportamiento del gobierno para con el periódico, y que fue eliminada por la banda de Díaz Redondo, incluía una cantidad impresionante de firmas de periodistas, escritores e intelectuales que ya eran relevantes en la vida del país, o estaban en vías de serlo, y que, en solidaridad con Scherer, abandonaron el periódico. Esa diáspora de Excélsior fue extremadamente fecunda: entre sus vástagos directos podría mencionarse al periódico unomásuno, encabezado por Manuel Becerra Acosta, que representaría la voz de la izquierda intelectual del país y que renovó en muchos sentidos al periodismo mexicano; por su parte, Scherer fundó la revista Proceso, que durante mucho tiempo se constituiría como el principal medio de crítica y denuncia de los gobernantes mexicanos; el ala liberal de Excélsior, cuyo líder era Paz, creó Vuelta, la que, pese a ser literaria, fue fundamental en la crítica política al ogro filantrópico mexicano; finalmente, el lado intelectual de izquierda hizo Nexos, que hasta la fecha permanece.

Pese a esos avances en la libertad de expresión, la mayoría de la prensa siguió con su adhesión al gobierno debido a las mutuas conveniencias. Pero no podía mantenerse indefinidamente en esa posición, debido a los grandes cambios políticos, sociales y económicos que sufría el país. Esto condujo a que muchos de ellos vieran disminuidas tanto sus ventas como su influencia en el poder.

Asimismo, es de destacar que en este periodo los medios, pero en especial la televisión, no sólo eran obsequiosas con el gobierno, sino con su partido: el PRI, que casi monopolizaba los espacios noticiosos, destacando esto en etapas electorales. La reforma político-electoral de 1977 empezó a cambiar de alguna manera esa situación, ya que permitió la presencia de los partidos de oposición en los medios electrónicos. Esto significó un avance, aunque muy limitado debido a los horarios en que se transmitían los programas de los partidos –lo que permanece hasta la fecha- y al desaprovechamiento que los partidos hacían de él debido a la poca calidad de sus producciones.

Otro cambio en los medios fue el desprendimiento que varios periodistas protagonizaron en unomásuno, lo que dio origen a La Jornada en 1984. Sin duda un medio trascendente, ese periódico se convirtió, en un primer momento, en una excelente ventana de carácter de izquierda liberal, aunque esto se fue desdibujando con el paso de los años.

El shock generado por las elecciones de 1988 mostró que el país ya había dejado de ser monocolor –o monotricolor, dirían algunos- y que, si la sociedad ya no cabía en un solo partido, la prensa no podía seguir siendo monocorde. Así ocurrió: la apertura informativa de los grandes periódicos durante la campaña dio el 55% de espacio al PRI, 17% al Frente Democrático Nacional y 12% al PAN. En el conflicto postelectoral, los espacios se apretaron bastante más, ya que la prensa dio gran seguimiento a las protestas.

En televisión fue otro el cantar: el tiempo dedicado al PRI fue de casi 92% del total en noticieros, mientras que la oposición en conjunto ocupaba el resto. La inequidad no podía ser peor. De ello y de los dudosos resultados de las elecciones vino buena parte del desprestigio del manejo informativo en televisión, lo que obligó a que paulatinamente fueran modificando sus coberturas políticas.

Para entonces su multiplicaron los medios que buscaron ensanchar el camino crítico. Además de los casos muy evidentes de Proceso y La Jornada, se agregó El Financiero, periódico al que emigraron muchas de las mejores plumas jornaleras. Además, fue el primer periódico que se especializó en finanzas, lo que era novedoso en nuestro medio.

Ya en la década de los noventa, cabe señalar la aparición de Reforma, un diario que vino a cambiar de manera definitiva el formato de los grandes periódicos. Hijo de El Norte, de Monterrey, también ha venido a ocupar un lugar de privilegio en el periodismo mexicano debido a su atractivo formato y a los grandes articulistas que ha logrado reunir.

La aparición de Reforma llevo a que otros periódicos cayeran en el anacronismo. Allí está el caso de Excélsior, que no logró asimilar los cambios planteados en el terreno político ni de diseño. Siempre, durante la dirección de Díaz Redondo, vivió dentro del presupuesto público, lo que lo llevo a una dependencia catastrófica que concluyó con su desmedido apoyo a la candidatura presidencial de Francisco Labastida. La derrota priísta arrastró consigo a Díaz Redondo, que salió expulsado de la cooperativa en el mismo año 2000, con lo que el periódico se sumió en una grave crisis de la que no se ve cómo pueda salir.

El otro viejo periódico sí resistió la embestida de Reforma, no sin dificultades. El Universal logró rediseñarse, de forma bastante parecida a su competidor, atrajo a varios articulistas que se le escaparon a su competidor y se ha dedicado a denunciar casos de corrupción gubernamentales. Gracias a su oportuna renovación, su suerte ha sido muy diferente a Excélsior.

Otros periódicos surgidos en los últimos quince años han sido La crónica de hoy, que ha destacado por su reticente antiperredismo, aunque hecho con cierta calidad. Milenio diario también vino de Monterrey, y, armado de buenos periodistas, ya ha logrado ocupar un importante lugar entre los medios mexicanos. La lista se cierra con el Diario Monitor, que es El Heraldo de México comprado por José Gutiérrez Vivó, y que parece querer ser una recreación impresa de lo que ocurre en el Monitor radial.

La lista se cierra con la efímera y lamentable historia del periódico El Independiente, en el que se demostró la hasta hoy insalvable contradicción existente entre periodistas capaces que buscaban mantener su independencia editorial, y los intereses particulares y conductas personales de su dueño. La resolución de ese caso terminó en medio del escándalo y la desaparición del medio.

También cabría señalar la desaparición del periódico oficial, El Nacional, el que se dedicó, especialmente en el gobierno de Salinas, a divulgar posiciones más oficialistas que oficiales, con un respaldo decidido al PRI.

Es necesario mencionar también el boom de revistas políticas: el ejemplo de Proceso fue retomado por nuevas publicaciones como Milenio semanal, Época, Vértigo y Cambio, por mencionar las más famosas, que no las únicas. De otro tipo, más enfocado al análisis político, en el proceso democratizador surgieron revistas hoy vigentes: Este país, Voz y voto, Etcétera, entre las más relevantes.

Respecto a lo electoral, para las elecciones de 1991 el espacio que la prensa dedicó a los partidos de oposición es prácticamente el mismo o mayor que el que se otorgó al PRI. Pese a los resultados electorales de ese año, que marcaron una gran recuperación del PRI, la tendencia a una mayor equidad entre los diversos partidos políticos en los espacios periodísticos se fue reafirmando hasta el día de hoy.

La televisión también tuvo que hacer eco de esas tendencias. Así, de esa forma, para la elección presidencial de 1994 el PRI tuvo una cobertura televisiva del 32% -muy distante del 92% de 1988-, mientras el PRD alcanzó el 19%, seguido del PAN con el 17%, correspondiendo al resto de los partidos el porcentaje restante (32%).

Respecto a los medios, son también de destacar los primeros dos debates entre candidatos presidenciales, lo que logró atraer buena parte de la atención de los televidentes, aunque su peso en el resultado final resulta dudoso.

La tendencia hacia la equidad en la televisión tuvo un importante momento en las elecciones para jefe de gobierno de 1997: por primera vez el oficialismo se veía rebasado cuando los resultados de los monitoreos indicaron que el tiempo dedicado al candidato del PRD, Cuauhtémoc Cárdenas, superó al del candidato priista Alfredo del Mazo. Para el 2000 puede decirse que o se volteó la tortilla o surge un nuevo oficialismo: en este caso, el tiempo dedicado en los medios a López Obrador fue el doble de su más cercano perseguidor, Santiago Creel.

En la elección presidencial del 2000, los monitoreos del IFE en radio y televisión dieron un resultado muy equilibrado: 40% para el PRI, Alianza por el Cambio 37% y la Alianza por México el 20%.

En este equilibramiento de las coberturas ha jugado un papel importante el IFE, fundamentalmente en dos aspectos: por una parte, que presenta los lineamientos que, por consenso, acuerdan los partidos políticos respecto al tratamiento noticioso que esperan recibir de los medios; por otra, el monitoreo que realiza a noticieros de radio y televisión de todo el país sobre el tipo y tiempo de cobertura que se les da a partidos y candidatos.

Así, puede decirse que los medios han jugado un papel relevante en la democratización del país. Si bien durante un buen tiempo fueron puntales del régimen autoritario, no podían permanecer ajenos a los cambios en sentido contrario que marcaba la sociedad. La libertad de expresión es hoy una realidad, y es hoy más amenazada por intereses comerciales y por actividades delincuenciales –como el narcotráfico- que directamente desde el gobierno federal. La censura y la autocensura pueden ser más acuciosos y graves por el afán mercantil de la mayoría de las empresas que patrocinan a los medios que por políticos que se vean afectados en sus intereses. Esto se multiplica por la creciente concentración de los medios en grandes empresas merced a la compra o a la alianza entre ellas, y que pueden limitar gravemente el acceso de los ciudadanos a alternativas informativas. Afortunadamente, nuevas tecnología y soportes como internet pueden ayudar a aminorar, que no a revertir, esas tendencias.

Hoy en México la libertad de expresión es tal que podemos escuchar en la televisión que al antaño intocable Presidente de la República se le pueda llamar “idiota” –por decir lo menos- sin ningún problema, o que haya periódicos y editoriales que reproduzcan enteros comunicados de grupos guerrilleros. pero también existen abusos en el ejercicio de esa libertad, por ejemplo cuando se inventa información en busca de desprestigiar a quien se deje, y así obtener, aún sin pruebas contundentes, un mayor éxito de ventas.

Otro problema existente es el de la vieja concepción que parece prevalecer entre los políticos, y que nos remiten a las prácticas del autoritarismo, por ejemplo el antiguo “estás conmigo o contra mí”. Esto lleva desde la petición de despido para periodistas incómodos, hasta la toma del Chiquihuite que el gobierno federal acordó con TV Azteca. Por supuesto, en el actual escenario político eso está destinado al fracaso.

Así como del gobierno y partidos políticos es necesario exigir transparencia, también es necesario exigir de los medios eso mismo. No pocas veces parece que están más que enfocados a informar u formar, emplazados para liquidar prestigios a cualquier costo. Hay que exigir que dejen de trivializar los grandes problemas nacionales –cada vez nos inunda más el infoentretenimiento- y de privilegiar pleitos y declaraciones sobre acuerdos y hechos.

Informar con veracidad y formar opinión con rigor para fortalecer los valores democráticos es lo que hoy es exigible a los medios. Exigirlo es hoy un derecho y deber irrenunciable de los ciudadanos.

*Notas tomadas por el autor para dar una charla en las Jornadas de Educación Cívica de la Junta Distrital 28 del IFE en 2004, por lo que señala que es un texto sin actualización (80 por ciento es texto es reflexión propia y el resto de otros autores).

Posted by nagualito to La guarida del nagual at 4/25/2006 12:11:00 AM