Fallece Jorge Reyes

 
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Jorge Caballero y Pablo Espinosa

La madrugada del sábado murió el etnomúsico Jorge Reyes a causa de un paro cardiaco. Se quedó dormido en su estudio y ya no despertó. Sus restos serán cremados hoy. Le sobreviven sus hijos Citlalli, Ridwan y Eréndira, y Ariane Pellicer, su mujer.

Sus amigos encendieron velas y formaron con los instrumentos musicales del artista un altar adornado con dos fotografías en blanco y negro de Reyes, así como una alfombra de pétalos alrededor del féretro. Cuatro grandes ramos custodiaron el ataúd, mientras algunas personas hicieron sonar las flautas de barro y los tambores que Jorge Reyes utilizó en alguna parte del mundo o en el país que lo vio nacer hace 57 años.

Ariane Pellicer definió a su compañero: “Fue un ser que jugó con la música antigua y la moderna, que iba muy adelante de su época, por eso todo mundo lo va a recordar, por creativo y buena persona, que amaba a sus hijos y familia”.

Autodefinido como etnomúsico, Jorge Reyes es considerado uno de los artistas más reconocidos en la escena musical contemporánea mexicana, su obra abarca un amplio rango de experimentación sonora, incorporó instrumentos prehispánicos a la música rock, jazz y electrónica y creó su propio género musical, el cual definió como tloque nahuaque (música corporal con canto armónico).

Reyes nació en 1952 en Uruapan, Michoacán, estudió flauta transversa en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) antes de optar por un estilo propio. En la década de los años 60 hizo un viaje a Europa en una aventura de aprendizaje musical que le llevó a Alemania, donde estudió música clásica, electrónica y jazz. También viajó a India donde estudió la música tradicional hindú y tibetana.

A su regreso a México formó los grupos Al Universo y Nuevo México, hizo sus primeras fusiones mezclando rock con instrumentos mesoamericanos como el teponaztle, caparazones de tortuga y caracol. En 1980 fundó con Armando Suárez el grupo Chac Mool. Fue flautista y guitarrista de la agrupación e imprimió sus conocimientos musicales en cuatro discos y le dio al grupo su característica esencial: la creación de atmósferas con letras profundas que trasladaban al escucha a un mundo fantástico.

La aparición de Chac Mool coincidió con el boom del rock mexicano; la instrumentación del conjunto fue pionera al incorporar violoncello, mandolina, timbales, sintetizadores, flauta e instrumentos prehispánicos.

En 1985, Chac Mool se disolvió y Jorge comenzó una prolífica carrera de solista que le llevó a ser uno de los músicos mexicanos más reconocidos del mundo. Jorge Reyes se caracterizó por presentar música popular mexicana y por concebir sus conciertos como ceremonias rituales prehispánicas, en las cuales sintetizó sus investigaciones musicales y viajes para formular lo que es la columna vertebral de su propuesta sonora: la mezcla de sonidos autóctonos y prehispánicos con la tecnología musical avanzada de los procesadores de sonido, armonizadores, ecos y sonidos guturales. Ejemplo de ello fueron los tradicionales conciertos que ofrecía el Día de Muertos en el Espacio Escultórico de la UNAM, una reivindicación de los principios sagrados de las culturas mesoamericanas, donde el músico aparecía como jaguar.

El cubano Piro, fundador del grupo Ritmo Peligroso, dijo: “La muerte del gran Jorge Reyes es una gran pérdida para la música mexicana; conviví con él muchas veces a través de los años, nuestra amistad se remonta a finales de la década de los 70 cuando todavía colaboraba con Nuevo México. Dejó un legado musical muy importante”.

Jorge Reyes grabó 26 álbumes, destacan: A la Izquierda del Colibrí (1985), Comala (1986), Ek Tunkul (1987), Viento de Navajas (1988) y la obra fundamental Bajo el Sol Jaguar (1991). Además de Nierika (1989) y El costumbre (1993), entre muchos otros.

Las aportaciones del maestro Jorge Reyes a la cultura mexicana se irradian en distintos ámbitos. Generó un sistema de géiseres cuya potencia se finca en un amplio sistema de vasos comunicantes. Lo telúrico y lo cósmico se juntan en la música de este gran creador de atmósferas, animador de sonidos insólitos, vastos territorios de nubes, polvo y agua sonando al mismo tiempo.

Tal linaje y raigambre resultan inclasificables. Alma de blusero, espíritu rockero, mente electrónica, recogedor de músicas sembradas en los confines del tiempo. En su caso como en pocos podemos ubicar una poética, una estructura de contenidos y decires que rebasa los cartabones, las palabras, y alcanza la categoría de la metáfora.

Es por eso que inventó, creó, animó, dio alma a corrientes sulfurosas cuyo nombre tenía que tener por necesidad a la poesía como baluarte. Un ejemplo entre muchos: creó el término “músicas visuales” para una serie de conciertos alucinógenos en el Espacio Escultórico de la UNAM.

Ahí, navegando entre magma otra vez calcinada por fuerza de las solfas, se encaramó el maestro Reyes para guiarnos los ojos, los oídos y las entendederas hacia el techo de estrellas mientras multitudes jóvenes hacíamos desaparecer el viento gélido de la noche para poner en su lugar abrazos del alma.

Ahí ocurrieron muchas epifanías y ahí nacieron nuevas vetas. Debemos a Jorge Reyes el conocimiento de la música de otro mundo del belga Wim Mertens. Las maravillas de Suso Sáiz y tantos, muchos músicos parientes suyos en esto de ponerle alas a nuestras raíces para volar sin perder el centro de la Tierra.

Creador de atmósferas. Desde el grupo Nuevo México hasta sus creaciones póstumas, Jorge Reyes pulsó y sopló una flauta que siempre sonó a su alma. Los agujeros de una flauta suenan huecos en la mayoría de los flautistas. Jorge puso el alma en todos ellos; las llaves, válvulas y el tubo entero del artefacto se hicieron células, tejido orgánico, vísceras y, otra vez, vuelo.

Gracias a Jorge Reyes las siguientes generaciones voltean a la música indígena de una manera diferente: ni reverencial ni apocada ni condescendiente ni de ninguna de las maneras como las veían y escuchaban antes. Tenemos una mirada lúcida, hermosa, transparente, transfigurada de esas músicas que transfiguran, las que suenan desde el fondo de la Tierra y se juntan con la música de las esferas, la del cosmos.

La mirada que nos deja Jorge Reyes es la que nos compartió con el amor, el orgullo, la epifanía de una escena que lo pinta de cuerpo y alma enteros. La última Noche de Muertos, el 2 de noviembre de 2008, Jorge Reyes entonó su oficio mayor, las bodas de Eros y Tánatos, en una ceremonia íntima, una epifanía: los danzantes de Nok Niuk hicieron emerger las sombras del Hades. Todo era brillo, luz, un vuelo íntimo; Jorge dirigió su propio oficio fúnebre desde los tambores prehispánicos. Había una tercera baqueta, la pulsó su hermosa hija, Eréndira, quien dijo en ese instante en voz muy alta pero delicada y dulce un poema en francés. La mirada de Jorge Reyes hacia su hija es la que nos deja para vivir intensamente: miraba a Eréndira con orgullo, paz, tranquilidad, reposo. Esa escena tan hermosa sucedió en uno de los momentos de creación musical del maestro Jorge Reyes. Su música se condensa en esa mirada. Porque su música, he aquí el mayor de sus hallazgos y sus aportaciones, siempre es una mirada.

En su inicios musicales acuñó una frase como santo y seña de sus semejantes. Así era el saludo, sin más:

–¿Qué onda, sigues?

–Aquí sigo.

–Hay que seguirle.

Maestro Jorge Reyes, gracias por convertir música en mirada. En tí se cumple el verso dedicado a Syd Barrett con todas las de la ley:

–Nos vemos en el lado oscuro de la luna.

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