La niña buena y el nagual

 
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¡Gracias!

Para Nayre no nacida,
en honor de todo aquello que pudo haber sido y no fue

– Hay un perro muerto en la colina – gritó José.
– No es un perro – dijo el abuelo – al aparecer es un coyote. No, no es un coyote, es un nagual.
– ¿Un nagual?
– Sí, míralo bien. No tiene orejas ni cola, además no tiene cara de coyote, fíjate bien en su rostro.
– Es el nagual de la niña buena. Aquella que enterraron ayer en el pueblo.
El abuelo se sentó bajo la sombra de un durazno como con ganas de contarle a José una de sus historias.
– ¿Y bien?, ¿me vas a contar lo del nagual, abuelo? – dijo José divertido – ¿o ya te vas a dormir?
– Está bien, pero antes debes saber que hay un animal que nace al mismo tiempo que nosotros. El mismo día y en el mismo instante. Todos tenemos uno.
A esos animales se les llama naguales.
Los naguales son encerrados por el Dios de los animales en grandes corrales en Talocan. El se encarga de cuidar y proteger a sus criaturas, guarda a los animales, porque si alguno escapara, fuera herido o lastimado, el cuerpo de esa persona sufriría el mismo perjuicio. Lo que le pasa al nagual de alguien también le sucede al cuerpo.
El Dios de los animales le dijo al nagual:
– Nagual, tu doble escapó hace muchos ciclos. Si no lo encontramos padecerás eternamente. Tendrás que vagar por el mundo convertido en Coyotito para buscarlo y una vez que lo encuentres tendrás que traerlo de vuelta a Talocan y ponerlo con los demás.
Coyotito anduvo y anduvo. Conoció las ciudades, en ellas supo de la miseria del ser humano. Tenía permitido convertirse en hombre sólo para que los otros hombres no lo dañaran en su condición de animal; con las almas buenas tenía que presentarse como un coyotito. Los hombres son crueles, le dijo el Dios de los animales, no tienen conciencia y te pueden lastimar si te presentas en tu condición de coyotito. Ten mucho cuidado.
El nagual pudo darse cuenta de la maldad de los hombres, de sus pasiones, de sus dolores. Buscó entre la gente a su doble. Lo buscó entre los poderosos. Lo buscó entre los humildes, y aunque entre éstos se sintió identificado porque tenía sentimientos más nobles que los otros, no encontró lo que buscaba.
Anduvo Coyotito de aquí para allá, de un pueblo a otro. De la campiña a la pradera. Del desierto al mar. No encontró Coyotito a su nagual.
Un día, bastante cansado, Coyotito decidió quedarse en el monte. Aprendió a vivir como un coyote de verdad. Anduvo por el monte durante algún tiempo y un día se encontró con el cazador. Coyotito, quien ya conocía cómo son los hombres, trató de huir, pero fue alcanzado por un tiro. Corrió y corrió hasta caer desmayado.
Cuando despertó, su asombró fue mayúsculo. Una niña hermosa lo cuidaba y lo atendía, con la ternura y la paciencia que sólo una mujer puede tener. La piel de niña era blanca como la nieve de los volcanes que Coyotito tenía como referencia del lugar donde nació. Era su cabello una cascada de sedoso color negro. La personalidad que tenía era tan adictiva como la narceína. Su belleza sólo se podía comparar con las dalias que las Coyotito se enamoró cuando estuvo en el campo. Su nombre significaba la más bella – una alocusión griega llegada hasta ahí hacía mucho tiempo-.
Aquella hermosa niña cuidó de Coyotito; lo atendió hasta que estuvo sano nuevamente. Coyotito no quería irse, pero tenía que seguir buscando a su doble. Tomó camino hacia el monte de nuevo, pero no podía olvidar la mirada triste de la niña buena.
La extrañaba, la añoraba, no quería separase de ella. Coyotito regresó una y otra vez día con día. La niña buena lo alimentaba a hurtadillas, le daba gotitas de luz y trozos de felicidad. Con ello Coyotito se convirtió en todo un coyote, engrandecido por la condescendencia y la gentileza de aquella pequeña.
De pronto Coyotito recordó a su doble. Tenía que encontrarlo, pero no podría alejarse de la niña buena. Estaba enamorado de ella y no sabía cómo hacer para demostrarlo. Transgredió la regla y se presentó ante ella con su forma humana.
Ella de principio sintió temor al ver a aquel hombre, pero su candor y su intuición lograron que el nagual se le acercara. Así se hicieron amigos y al poco tiempo compartían todo. El amor surgió entre esos dos seres tan distintos. Sin embargo, hasta sus diferencias se parecían. Coyotito conoció el amor verdadero.
El Dios de los animales se presentó ante el nagual para llamarle la atención y advertirle el riesgo que corría si no encontraba a su doble, si dejaba de buscarlo padecería eternamente y quizá arrastraría a su amada al suplicio. El nagual tenía que decidir marcharse o quedarse con ella.
Decidió que una vez que encontrara su doble regresaría a buscar a la niña buena. El nagual, aprovechando la visita del Dios de los animales quiso conocer al doble de su adorada. El Dios de los animales accedió y lo llevó a Talocan.
– Esto sólo sucede sólo algunas veces – dijo sorprendido el Dios de los animales –, es algo que ni yo mismo entiendo. El amor es más poderoso que los brujos y los dioses. Tú mismo eres el nagual de la niña buena Coyotito.
Eres su doble opuesto. Juntos son un todo, por separado no hay nada qué hacer.
El nagual fue darle la noticia a su amada. Era tiempo de vivir felices y disfrutar la vida. Juntos por siempre.
Pero la sombra de la desgracia se cerniría sobre la feliz pareja. Las ánimas del inframundo tenían envidia al ver tan feliz a la pareja y buscaron la forma de perjudicarla.
Una noche de junio hacía mucho calor, así que una familia decidió dormir en el patio de la casa. Como a eso de las dos de la mañana, la mujer abrió los ojos y se encontró con un animal prieto, de grandes orejas y con una trompa pegada al suelo, que se llevaba a su niño de meses, envuelto en unas mantas. La mujer se quedó muda del susto, pero en cuanto pudo despertó al marido y salieron en busca de su niño. Buscaron por todo el barrio hasta que lo encontraron tirado al lado de un puente.
Alguien les dijo que el nagual se lo llevó con la esperanza de que el niño le hablara, porque una maldición lo obligaba a ser así de monstruoso.
– Sólo cuando un inocente le hable, quedará libre –dijeron–; en tanto, niño que encuentra el nagual, niño que se lleva.
Los hombres acusaron a Coyotito de llevarse al pequeño y de ser un brujo malvado que les había causado ese perjuicio. Temían que el nagual se llevara a los niños de aquel lugar. Sin embargo, él no había tratado de robarse al bebé, fueron las almas perdidas de la noche, las ánimas celosas, las que buscaron la infelicidad de la niña buena y de su nagual.
La pareja huyó muy lejos, más allá del mar. Pero los hombres seguían criticando al nagual y las ánimas del inframundo buscaban la forma de molestar a la niña buena. En ese tiempo se perdieron muchos niños que las ánimas tienen cautivos en algún lugar del inframundo.
– Así, huyendo llegaron aquí – dijo el abuelo – los conocí hace tiempo.
El nagual se convertía en coyote para evitar a los hombres. La niña buena trataba de eludir a las ánimas rezando por el nagual. La gente mala también buscó la forma de acabar con ellos.
Una vez, un campesino se puso a espiar qué animal se estaba comiendo el maíz de su coscomate. Vio que entraba un mapache, y le disparó con su arma, pero no le pegó. Cuando regresó a su casa, su madre le contó:
– Estaba aquí en la casa, cuando llegó una fuerza, una sombra, y me dijo: “Oiga María. Por favor, dígale a su hijo que ya no me dispare. ¿Qué tanto es lo que me voy a comer…? Yo no tengo nada, y es muy poco lo que como…”
Se dijo que aquel mapache era el nagual que se había transformado. Pero todos sabemos que éste no era Coyotiyo.
Al final, todos lo que odiaban a la niña buena y a Coyotito buscaron la forma de acabar con ella cuando el nagual saliera. Mediante artificios la envenenaron mientras él andaba en el monte.
Cuando la niña buena agonizaba, el nagual sintió que la vida se le iba también. Y ahora, ya ves, el cuerpo del nagual es solamente un coyote muerto en el monte.
– Bueno, ahora ellos están felices porque van juntos rumbo al Talocan.
Vamos José, ya es hora…

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Roberto Cortez Zárate