La letra con sangre entra

 
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¡Gracias!

¿Qué les parece! Naufragaba por las cálidas aguas de internet, en mi papel de voyerista en los blog que circundan la guarida, cuando me encontré una singular campaña promovida nada menos que por un diseñador, en la que expone la necesidad y la urgencia que hay en este país por fomentar el hábito de la lectura. Me parece una buena idea –que es difundida por la web de una manera similar a las cadenas en los correos electrónicos– cuya solidaridad ha originado que otros “blogueros” pongan la liga a esa página, en donde su autor el “alquimista” hace un análisis de la publicidad de las librerías Gandhi, que durante varios años ha promovido la lectura por las calles de uno de los países con índices más bajos de lectura.

Ni las cifras de OCDE ni los análisis del observatorio de la educación y quizá ni siquiera las acciones del regiomontano secretario de Educación Pública se han preocupado por fomentar ese hábito entre la población. Quizá se trate de un asunto que tenga que ver más con la educación que se nos da en casa. Recuerdo que regularmente regalaban a mi madre libros, principalmente de texto — o como dijo algún político de esos que se agarran a golpes en la Cámara de Diputados: “libro detesto”– y de temas especializados para niños.

Había una revista española para niños que vendían en un viejo tendajón de la avenida Cuauhtémoc, en donde se narraban las peripecias de El Conde de Montecristo o de Los Tres Mosqueteros, con letras grandes y textos más
o menos claros. Había, sin embargo, un libro que me gustaba más que los otros: Compendio de Historia Patria, editado en los años 30 que me regaló mi madrina. Me encantaba repasar las peripecias de los héroes nacionales y la construcción de un país cuya realidad en aquel momento no comprendía.

Después caerían en mis manos diversas publicaciones, entre ellas la mítica Alarma. Es ocioso precisar cómo staba en manos de un niño una publicación como esas, quepa decir que entre sus páginas –hoy en una edición remasterizada para los habituales del género– llegó a tener una ficha coleccionable con las peripecias de los principales personajes de la historia del país.

Sin lugar a dudas, entre las principales lecturas que se tienen en México están las historietas. No sé si sea bueno o sea malo, lo cierto es que actualmente sólo hay dos clases de publicaciones de este tipo: las gringas y las pornográficas. No tengo nada en contra de la pornografía, pero considero que no es apropiado que los menores tengan acceso a una verdad tergiversada de las cuestiones sexuales. Habrá que ver si la prohibición del gobierno
capitalino para exhibición de material porno en los puestos de revistas influye en la decisión de los editores de estas publicaciones para que no caigan en manos de los niños.

Hace unos veintitantos años cayó en mis manos una historieta, que por diversas causas salió de circulación: Fantomas. Eventualmente les contaré las peripecias de este personaje. El punto es que en esta campaña constreñida a la brecha digital y a una verdadera intención por promoverla, hace falta el gancho de una buena historieta cuyas temáticas involucren a la gente a ir más allá de los temas de siempre.
Se trata de que todos leamos, desde el periódico, los carteles, la letra pequeña de los contratos, las actas que levantemos ante el agente del ministerio público, los libros, las revistas, las páginas web, en fin, todo lo que se deje y contribuyamos con esta campaña, que no deja de ser tan sólo una buena idea, pero no está tan mal, para que las casas editoriales ganen más dinero y quizá nos paguen mejor. Es una buena forma de iniciar el año.

Así es que todo el mundo a leer.

LEE