La miré y se me fué

 
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¡Gracias!

Los gatos se escondían entre los muros de una casona abandonada. Uno de ellos cojeaba. Las terribles noches en que los gatos están en celo son, para los machos, crueles tributos al amor. La basura acumulada entre los muros vacíos de ambas construcciones era el medio idóneo para que se desarrollara toda clase de fauna. En aquel edificio hundido hacia un costado había un fábrica de chocolates. El aroma impregnaba el vecindario. La gente salía de sus trabajos con la mirada perdida y con ganas de huir.
Los ojos me ardían por el smog y por el sueño. Caminaba sin prisa por la gran avenida que había sido remodelada. Tenía más de un año que habían ampliado las banquetas, sin embargo los vendedores ambulantes no permitían apreciarlo. Varios niños hacían malabares en el crucero mientras un automovilista impaciente profería maldiciones a un joven que había intentado limpiar su parabrisas.
Decidí abordar el subterráneo, para llegar por una vez en mi vida, temprano a la cita con Aurora. La había conocido en una de sus múltiples visitas a la oficina; estaba empeñada en que la empresa le diera un gran donativo para su campaña de ayuda para los niños huérfanos. Auqella mujer era excepcional, había dejado su empleo en un consorcio internacional donde percibía un sueldo envidible, para dedicar su visa a trabajar con los pequeños.
En la escalera de aquella estación dos policías discutían con un vendedor. Lo habían encontrado en un vagón y lo sacaron. No me ocupé más del asunto, porque como suponía, llegaron a un arreglo de dinero y cada uno tomo por su lado.
El convoy tardaba más de lo habitual. Los andenes, con poca gente, se veían más grandes a medida que pasaba el tiempo.El gusano anaranjado llegó al andén y abordé. Algunos asientos permanecían vacíos, mucha gente se acurrucaba para entredormirse, los demás con la mirada perdida pensaban en… ¿En qué piensa una persona cuando viaja sola en un vagón del metro?
El viaje sería corto, así es que permanecí de pie cerca de la puertas. La tendencia que tienen algunos viajeros a obstruir la entrada de los vagones, quizá tenga que ver con sue necesidades de huir o de llamar la atención.
Miraba las luces que hay en el túnel. Cuando era pequeño me gustaba contar las que había entre una estación y otra. El tipo de la discusión en la entrada del metro vendía chicles a los pocos tripulantes y sabía que me esperaba la eminente llegada de una decena de vagoneros, quienes con tecnología de punta, inetntan colocar productos “de alta calidad” en los bolsillos de los usuarios, todo por una modica cantidad.
De pronto, volví la mirada hacia aquel rincón. Era una desconocida, pero su impresionante mirada y esos ojos, que tenían el olor de una tarde por la sierra, entraron en mi campo de visión ligeros y profundos, como una alucinación dentro de algún sueño que produce que se levante uno de buen humor. La miré, como si hubiera estado preso toda mi vida, como si no hubiera visto nunca a ninguna mujer, como si fuera un ciego que ve la luz por primera vez.
Su piel blanquisima y tersa daba cuenta de una figura perfecta; mientras aquella cascada negra y sedosa contrastaba con su piel para darle un aspecto elegante y sobrio. Cuando sus ojos se posaron sobre los míos, no pude dejar de verla por no sé cuantos segundos y estube a punto de balbuceara alguna estupidez inintelegible.
Iba acompañada por un alguna persona en la que no reparé pues me encontraba petrificado en mi lugar. Alcancé a escuchar que dijo que las miradas de macho de esta ciudad eran cada vez más lascivas y enfermas. Quise explicar que si la veía de esa forma no era por lascivia sino por la impresión que me había provocado.
No podía o no quería hacer más nada que seguir capturando con mi vista cada detalle de su fino rostro: su nariz pequeña, sus labios nomuy gruesos ni delgados, más bien besables.Su voz era cálida brisa en una tarde de invierno con los tonos precisos.
Traté de pensar en otra cosa y desviar la mirada. Fue inútil, pues mis ojos me llevaban a cada momento a sus ojos, en los que descubrí una sombra de tristeza.
Los segundos no parecían no avanzar. Pensé en acercarme y abordarla, en la siguiente estación una ola de gente entró y me separó más a ella. Angustiado traté de que no desapareciera de mi campo de visión. De pronto pareció entender mi afición y sonrió. Aquel vagón se iluminó. Dejé de sentir los empujones, las apreturas y surgió una sensación visceral en el bajo vientre, así como un calor extraño.
Me urgía llegar a mi destino, no podía soportar más, la presión era intolerable. Por mi mente circularon todas la mujeres que había amado, es acaso tan difícil encontrar a una mujer como aquella… Por fin el metro se detuvo, quise volver a la realidad, estábamos a medio túnel y aún faltaban dos paradas más. Aproveche el momento para secar mis manos sudorosas en el pantalón. Qué le podía decir, qué podía hacer. Las mirada volvían a encontrase y su sonrisa me dejaba como una estatua.
Intenté, de algún modo, acercarme, pero fue inutil porque la mar de personas me arrojaba hacia la salida del vagón y aquella mujer se quedaba ahí, justo frente a mis ojos y yo sin poder hablarle, acercarme ni nada. Los ojos no abordan, no conversan ni convencen sólo filtran imágenes de paisajes deseados.
Intente abordar de nuevo, pero se entrecruzó una mujer que cargaba unos bultos que obstruyó cualcuer oportunidad de paso. Me percaté que perdía a la mujer de mis sueños cuando el sonido de cierre de puertas dictaba sentencia y me quedaba ahí, sin la menor oportunidad de volverla a mirar.
Subí la escalera molesto por aquella situación. ¡Que ironía!, el amor de mi vida estaba allá abajo, en un vagón del metro. Y lo peor de todo, fue quedarme con esas dudas: quién era, cómo se llamaba, dónde verla de nuevo, que sería de mi si me topaba con ella o con una como ella o quizá, como dice Andrea que es mi costumbre, tan sólo exageraba como siempre…
El frío de la calle me hizo volver a la realidad.

(Relato inspirado en la canción La Miré, Se Me Fue de Carlos Arellano, escrito en 1999)

Publicado por Sr. nagual el domingo, diciembre 18, 2005