Influenza y robinsonadas

 
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¡Gracias!

Miguel González Madrid

Amanecimos el martes cinco de mayo con una nueva batalla: las buenas costumbres (propias de la naturaleza humana) versus las costumbres puritanas (una rara versión a la mexicana).

Resulta que la Secretaría de Salud ha decretado unos lineamientos aplicables a la industria restaurantera para que, en la etapa de “reactivación de actividades productivas”, uno de cuyos puntos es que el espacio entre comensales deberá tener una distancia de por lo menos 2.25 metros.

¡Qué perplejidad para quienes viven en las grandes ciudades, sobre todo en la populosa Ciudad de México y área metropolitana! En contraste, en provincia todavía se puede vivir como “antes”, aunque con un mínimo de medidas preventivas para evitar que la influenza se apodere de nuestra cotidianeidad.

Ya nos imaginaremos cómo tendríamos que vivir de ser el caso de que la influenza se hubiera propagado entre la población a una velocidad mayor y con relativa facilidad. Tal vez hasta mirarnos a los ojos tendría que ser prohibido, y quizás tendríamos que ser obligados a vivir aislados completamente (como Robinson Crusoe).

En verdad, a muchos nos ha tomado con sorpresa el maldito virus H1N1 de la influenza (gripe A que hereda el siglo XXI), pero esperemos que su retorno en la época invernal -según previenen los expertos en la materia- no cobre la cantidad de víctimas que toda pandemia suele registrar. ¡Vaya, hasta unos cerdos tuvieron que ser puestos en cuarentena en Canadá, hace unos días, a causa de la sospecha de haber sido infectados del virus de la influenza por un humano… de origen mexicano!

¿Qué nos queda por hacer? Además de desinfectar nuestro hábitat y adoptar nuevas costumbres y prácticas de higiene y de vida cotidiana, ¿asearnos por lo menos cada ocho horas, portar escafandras especiales, tener cada mexicano nuestra propia habitación y nuestra propia mesa para comer, concurrir a actos públicos calculando a “ojo de buen cubero” una distancia entre uno y otro de por lo menos 2.25 metros, espaciar a esa distancia los asientos del transporte colectivo, mantenernos alejados del bullicio y de la falsa sociedad (como dice una canción popular) y turistear en nuestra propia isla? ¡Esas son robinsonadas!