Sobre el voto nulo

 
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Roberto Cortez

Durante las últimas semanas la idea de anular el voto ha crecido como consecuencia de una campaña surgida de la web y que ha permeado, hasta cierto punto, en los medios de información como una “contracampaña”, alentada principalmente por los partidos políticos.

Las organizaciones partidistas son, conforme a la legislación electoral mexicana, el único camino que tienen los ciudadanos para hacer valer su representación, es decir, ceden su soberanía a un representante emanado de algua fuerza poítica para, a través de sus elegidos tomar decisiones que afectan a la comuinidad.

Para que se pueda ceder esa soberanía a un representante es necesario el desarrollo de un proceso electoral en el cual, para el caso mexicano, gana el que tiene más votos aunque sea uno.

El tema tiene varias aristas, por ejemplo el desinterés por la ciudadanía por los procesos electorales, en particular por las elecciones intermedias, donde no se juega poca cosa: la representación en la Cámara de Diputados, donde se supone se discutirán las leyes, ptra vez, representando a l sector de la población que los ha elegido.

El abstencionismo es una maniofestación del desinterés por la política. En 2006, la participación de la ciudadanía fue por ahí de 60 por ciento, lo que nos indica que 40 por ciento de los ciudadanos ni siquiera se interesaron por ir a sufragar. En 2003, fue el 60 por ciento de los electores decidieron no acudir a emitir su voto por alguna de las ofertas políticas.

Con estos datos, se puede presumir que casi la mitad de la población no está interesada en la democracia de partidos ni sienten que ceder su siberanía a un grupo de políticos sea necesariamente el mecanismo para ceder la toma de decisiones. Con ello, evidenteme, se le resta legitimidad tanto al sistema de partidos como al Instituto Federal Electoral (IFE).

El IFE es el árbitro electoral que salió bastante deslegitimado durante las elecciones de 2006 luego de que, pongamos la mitad de los electores que votaron -un 30 por ciento del electorado-, le exigieron el recuento de la elección presidencial voto por voto. Las declaraciones del entonces consejero presidente, Luis Carlos Ugalde, generaron desconfianza en el árbitro electoral.

Ante este panorama, un índice de abstencionismo superior a 60 por ciento en las elecciones del próximo 5 de julio indicaría que la desconfianza en el árbitro electoral es superior a la desconfianza en los partidos políticos. Leonardo Valdés tiene el reto de hacer de esta una elección aseada en la que los electores confíen en el árbitro y en la que tomen la decisión que ellos deseen.

El voto nulo es democrático

Recientemente, los partidos políticos se han empeñado en decir que anular la boleta electoral es un acto antidemocrático. Sin embargo, esta acción significa varias cosas: la primera es que los ciudadanos creen en la democracia electoral como mecanismo para representar sus intereses, lo que no es poca cosa. Podrían elegir el camino de las armas, la representación autónoma o innovar en ese terreno, como cierto sector de la población intentó hacer en Oaxaca o en San Salvador Atenco. Lo anterior no es bueno ni malo, simplemente es la decisión soberana de una comunidad sobre cómo elegir su forma de hacer política.

Un segundo punto de lo que significa anular el voto tiene que ver con el IFE, pues si los electores deciden ir a las urnas para anular su voto significará que tienen confianza en el árbitro electoral. Esto, a pesar de los resultados, tiene un gran valor para la democracia electoral y significaría que Valdés Zurita habrá librado su primer escollo en el cargo.

Dentro de las opciones que se nos presentan en una elección se encuentra, por ejemplo, el partido A, el partido B, el partido C, con sus respectivos candidatos. Los ciudadanos deciden si sufragan por A, B,C o por ellos mismos, o si anulan su voto. Legitimado el árbitro, el siguiente punto es saber si los partidos políticos tienen la legitimidad necesaria como para representar a los ciudadanos.

Aquí hay un asunto de detalle, el partido A, B o C, ganarán aunque sea una persona la que vote por ello. Evidentemente, será más de una persona la que elija alguna de estas opciones y será importante saber en qué porcentaje, para determinar al ganador y para saber si los electores creen en los partidos.

Históricamente, el voto nulo no ha pasado de dos o tres por ciento de las elecciones recientes, pero si en esta los niveles rebasan esos porcentajes el dato será importante: un escenario de esa naturaleza obligará a los partidos a mejorar sus ofertas, a ser más competitivos y a presentar propuestas que de verdad le interesen a los ciudadanos.

Ahora resulta que los partidos quieren minimizar una de las opciones clásicas de la democracia. No se supone que querían un régimen en el que los ciuidadanos eligieran, pues ahí lo tienen y si el riesgo es que pierdan su registro, pues para qué no presentan buenas propuestas . No tengan miedo, lo peor que puede pasar es que se anule la elección y eso sí estaría divertido.