El bastón del derviche

 
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Érase una vez un sultán muy aficionado a la compañía de los derviches, que un día conoció a uno cuyos signos externos de gran desarrollo espiritual eran muy evidentes. Le preguntó si podía darle una sola frase que pudiera ayudarle en su desarrollo espiritual.

“Ciertamente”, contestó el derviche, Repita varias veces al día lo siguiente: “Piensa siempre en las consecuencias antes de empezar tu acción”, yo lo practico.

Expresando su gratitud, el rey se dispuso a repetir tal formula cuantas veces pensara en ella, que normalmente era cuando se encontraba en un estado de tranquilidad y relajación mental. Ocurrió que se encontraba el rey plácidamente descansando una noche en su palacio repitiendo aquella frase y ponderando su sabiduría, cuando dos ladrones que habían entrado sigilosamente por la ventana le oyeron. Creyendo que tenía poderes de clarividencia y aquella frase iba dirigida a ellos, habiéndolos detectado incluso estando de espaldas, quedaron paralizados de terror y confesaron inmediatamente. Esa forma providencial de salvar la vida divirtió mucho al rey.

Poco más tarde, sentado plácidamente en su trono, esperando que el barbero empezara a afeitarle iba repitiendo esa frase. El barbero había sido sobornado por el enemigo prometiéndole el puesto de Gran Visir si asesinaba al rey. Iba ya a cortarle la yugular cuando oyó al monarca musitar la frase “Piensa en las consecuencias antes de comenzar tu acción”, dos o tres veces. Aterrorizado, el barbero soltó su recién afilada navaja postrándose inmediatamente de rodillas implorando perdón y confesándolo todo.

El rey, entusiasmado por el mágico poder de su mantra, convocó a la corte para explicarles la sabiduría del derviche y como le había salvado la vida. Pero entre los presentes había un sufi, buen conocedor de las limitaciones de la filosofía de los derviches, que se dirigió al rey en estos términos: “Sabed, majestad, que deberíais pensar en la existencia de inesperadas posibilidades”

Pero el rey, al que le gustaban las soluciones simples, rehusó escucharle.

Entonces el sufi cogió un bastón de entre los faldones de su ropa y lo levantó. Al golpear tres veces con él en el suelo, entró un perro, como respuesta a esta señal. “Ahora”, dijo el Sufi al perro, “tráenos algún refresco, por ejemplo una jarra de sorbete helado, pero cuando vengas hazlo en forma de hermosa doncella”

El perro salió corriendo y pocos minutos después entraba una hermosa muchacha con una jarra y dos copas para servir el sorbete.

El rey exclamo entusiasmado, “sufi, dame ese bastón mágico y te daré una bolsa de mis mejores joyas”

Cuando el intercambio se hubo realizado el rey probó con el bastón, pero no ocurrió nada. Se volvió al sufi con enfado pidiendo una explicación.

“Majestad”, asintió el sufi, “buscabais las consecuencias cuando empezasteis la acción. Pero vuestra idea de ambas, inicio y consecuencia eran inútiles. No comenzasteis por el verdadero inicio, que debió ser hacer madurar primero vuestra mente”