Espectáculo underground

 
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¡Gracias!

–Señores pasajeros nosotros somos dos niños de la calle que no tenemos quién nos cuide, ni donde dormir, ni que comer. Por eso venimos pidiéndoles una ayuda, aquí mi compañero se va acostar sobre vidrios rotos, si alguien gusta cooperar gracias; nosotros preferimos pedirles y hacer esto que estar robándoles sus carteras o sus bolsas.

Mientras el joven merolico recita la letanía aprendida en las calles, el faquir sub-urbano, extiende una camiseta mugrosa cargada de botellas rotas. Cristales transparentes, verdes y de color ámbar forman un colage que agita con sus manos para llamar la atención con el tintineo de los cristales.

–Órale wuey vas.

Delgado, con los cabellos cortos y apelmazados de martes a sábado (el lunes todavía se le ve limpio tras el baño dominguero, propinado en alguna fuente de la ciudad), con la ropa semi limpia y la mona (estopa con thiner) en la mano, con los ojos inyectados y la voz ronca el merolico termina la presentación.

Su compañero delgado como aquel, procede a quitarse la playera para mostrar a los que lo ven de frente, la poca carne ribeteando las costillas, el abdomen ligeramente marcado que ensalsa un botado ombligo y los enjutos pezones. Para aquellos que lo ven de espaldas el espectáculo muestra unas cuantas cicatrices poco profundas pero en algunos casos llagadas y un sin fin de rasguños, que recorren los escuálidos omóplatos y colocan entre paréntesis a una que otra vértebra.

Se pasan la mona, quizá para mitigar el dolor o quizá por puro vicio, una inhalada profunda y el faquir va a dar al piso sobre los vidrios colocados justo enfrente de una de las puertas del vagón, el otrora merolico ahora convertido en asistente trepa encima de las (en apariencia endebles) costillas de su compañero, se para en un pie, se para en el otro, ahora en los dos y da pequeños saltos mientras se sostiene de la ventila superior del metro.

Algunos de los curiosos que un principio voltearan ante el “choro” y el sonar de los cristales, clavan con morbo la mirada en el acto circense, los más recatados no han volteado, las mujeres retiran las vista con horror y desagrado, pero casi todos levantan la vista al techo con un tono beático, cómo para pedir que termine el suplicio: y el suplicio, termina, el faquir se sacude los pequeños vidrios pegados a su cuerpo, se vuelve a colocar la playera, recoge su envoltoroi y proceden a realizar la colecta:
“con lo que guste cooperar, u’chas gracias”.

De la estación del metro Morelos de la Ciudad de México, a la estación Tepito, sólo son algunos minutos, por lo que tienen que apurarse, al abrirse las puertas el tintineo de los cristales envueltos en la camiseta, opaca al de las pocas monedas obtenidas, en el siguiente vagón comienza nuevamente la letanía:

–Señores pasajeros nosotros somos dos niños de la calle…

Intermedio
–¡Lleve sus cacahuates de a peso, de a peso los cacahuates!; ¡chocolates de calidad, chocolate de la Nesclé: tres pesos uno dos por cinco!; pistaches, lleve sus pistaches a cinco la bolsita de pistaches; chicles, chicles, de mora azul, de capuchino…

El comercio ambulante nunca ha sido mejor representado, no sólo se mueve a pie sino también y simultaneamente en metro, de vagón en vagón; le ofrece una variedad de productos para calmar el hambre, botanas, paletas, mazapanes, los clásicos chicles, chocolates y un número variado de mercancía que actualmente incluye incluso DVD piratas, todo hasta la comodidad de su asiento o de los 50 centímetros cuadrados que le corresponden al estar parado, siempre y cuando no haya mucha gente.

Los vendedores suben con pequeñas maletas o con algún demostrador de acrílico, cartón o madera, para ofrecer sus productos, casi siempre más barato que en cualquier tienda o changarro establecido.

Organizados, dependientes de mafias o en solitario, los vendedores cubren las 10 líneas del sistema de transporte colectivo siempre con el objeto de servirlo a usted, pero ante todo de tener un bocado que llevarse a la boca como todos los que en el metro tienen una forma de vida, “en ocasiones no se le saca mucho a algunos productos pero otros nos andan dejando de cien a doscientos diarios” se escucha que le dice un vagonero a algún vecino o viejo amigo.

Los niños como siempre cubren su cuota, algunos no saben hablar todavía pero ya saben pedir, extender la mano, lustrar el calzado con una franela llena de polvo a cambio de unas monedas, no ríen, no juegan pero saben llorar, saben conmover a la gente para vender más y hay también quien sabe utilizarlos para incrementar sus ganancias; niños que se enferman por largos periodos o que viven eternamente en los brazos de morfeo para que sus “padres” puedan pedir por ellos:

–Pa’ las medicinas, pa’un taco, pa’mijo que está enfermo…

Sordos y mudos que no siempre lo son y que se les ve animadamente platicando en los camiones mientras arman paquetitos de dulces que llevan la leyenda, “disculpe las molestias pero soy sordomudo: 2 pesos”, claro que hay quienes en verdad son discapacitados.

Segundo acto

“Ya esta cerrada con tres candados y rematada…; Let it be o let it be…; abre el balcón y el corazón…; se quedó dormida y no apagó la vela…; ella existió sólo en un sueño…; …ojalá pasé algo que te borre de pronto…”, la lista se alarga con canciones populares de todos géneros, rock, boleros, son cubano, trova, norteñas; música instrumental, que retumba con sus tambores y sus tumbas o que se desliza con sus flautas y sus quenas, no falta el acordeón o el hombre aquel que auxiliado por una verde hoja interpreta aquella de “vende caro tu amor…”.

Incluso hasta existe “la canción del metro”, una que casi todos los chavos que cantan y tocan la interpretan, se dice que nació entre los andenes. De vagón en vagón. Empieza con un rítmico chiflidito que casí todo joven preparatoriano conoce, para después de unos acordes rezar algo que dice: “ella convirtió la noche en un poema de amor, ella prometió mil días de alegría solo a él…”, los derechos de la “rola” cuyo nombre real es “historia de un minuto” los tiene “el Changoleón”, quién asegura ser el anónimo compositor, pero no todos creen que el tipo de cerca de 1.80 de estatura y peinado a lo afro, que lo mismo canta en el metro que en algún bar, junto con su grupoen turno sea el verdadero autor, pero a nadie le importa.

Luego de dos o tres canciones los trovadores casi siempre recitan el mismo discurso:
– Como podrá ver no somos grandes artistas…

Y algunos en verdad no lo son, pero de todo hay en la viña del señor y sobre todo en esté espectáculo undergroud, incluso los cínicos que ahora llegán con un discurso propio de cualquier campaña política:

–Mi pareja y yo acabamos de salir del reclusorio acusados de asesinato y no tenemos dinero. Venimos armados, pero no queremos asaltarlos, preferimos pedirles, unas monedas…

David Santa Cruz