Yahir, con cariño de sus fans

 
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Centenares de seguidores, miles de copias de sus discos vendidas y la aparición habitual en todos los medios de información es el sueño que Yahir Othón, el cantante de moda, inspira en sus fans. Una catarsis o la coherencia en su personalidad son la clave para que este joven sonorense se presente a la audiencia como una amable golosina visual.

Desde hace veinte años, la televisión ha sido criticada como un medio que prefabrica personajes, cuya calidad está en duda, pues son resultado de modas pasajeras impuestas por mecanismos publicitarios y cuya imagen carece de sustancia.

Según los expertos, la televisión apuesta particularmente a la emoción del espectador para colocar su producto en el gusto del público.

“Hoy sabemos, con espanto, que nuestra sumisión y el control de nuestros espíritus no serán conquistados por la fuerza, sino a través de la seducción; no como acatamiento de una orden, sino por nuestro propio deseo; no mediante el castigo, sino por el ansia de placer”, explica Ignacio Ramonet, director del diario francés Le Monde Diplomatic.

El fenómeno propiciado por Yahir tiene que ver con las necesidades de una audiencia ávida de ser seducida. En palabras del investigador, Luis Razgado Flores, coordinador de la licenciatura de Comunicación Social de la UAM Xochimilco: “el fenómeno del Yahir es muy interesante, porque independientemente de su calidad como cantante, la razón de su éxito tiene que ver con la ausencia de algunas figuras juveniles para cierto sector. Así, el público le fue reconociendo como una figura importante pues hacía falta en el imaginario de la juventud”.

“Hay un sector que no tienen a quien gritarle, por quién desmayarse y hacer tumulto; entonces aparece este personaje, que puede ser producto de la mercadotecnia o con suficiente talento, que impacta a ese sector, que se vuelca hacia él. Es una catarsis que va más allá de la admiración y de la calidad: es un oportunidad, un pretexto para desgañitarse o ponerse histérico por el artista”, explica el académico.

Es por ello, remarca, que ese sector necesitado de una figura con la cual identificarse, busca ciertos iconos con los cuales tener esta catarsis y es la televisión, en su calidad de medio influyente en las expectativas de entretenimiento, promueve el surgimiento de estas figuras.

Víctor Gordoa, presidente de Consultoría en Imagen Pública, sostiene que el triunfo de un artista puede darse de manera espontánea, porque inconscientemente hizo todo bien y tuvo coherencia, porque estuvo basado en la esencia.

“Cuando un artista es fiel a su esencia y empieza a estimular a la audiencias coherentemente, aunque no sepa qué está comunicando de manera no verbal y verbal el resultado de todas formas va a ser positivo.

“El cantante Yahir surgió de esta forma, de una forma espontánea que permitió a la audiencia, a la que él va dirigido, ver que era un muchacho sencillo, que encarnaba la aspiración de todo mexicano que proviene de un nivel socioeconómico no privilegiado. Este muchacho cumple el sueño que tienen de cientos de mexicanos que es llegar a ser artista, volverse famoso y por consecuencia rico”, indica Gordoa.

 

Las formas del fondo

Al hacerles la pregunta sobre si este fenómeno podría equipararse con la politica, Razgado y Gordoa coincidieron en que una de los principales factores que garantizan la credibilidad entre los electores y entre los gobernados es la coherencia entre el discurso y las acciones de gobierno.

Por fortuna los cantantes son de moda, señala Razgado, a Fox lo tenemos que aguantar seis años, ya no es nada más cambiarle al canal. “No hay que menospreciar la inteligencia de la gente. Si bien, hace falta un mayor desarrollo en la cultura política de los mexicanos, no hay que menospreciar la calidad de la gente”, indica.

Lo peor que le puede pasar a un mensaje, argumenta el académico, es que no corresponda con la realidad, es decir, la incoherencia entre lo que yo digo y que no es. “En el caso de Vicente Fox, el mensaje siempre fue muy atractivo y generó muchas expectativas; sin embargo, nunca hubo una correspondencia con la realidad y sus acciones”, indica.

En ese sentido, Víctor Gordoa aduce que para la creación de una gran imagen personal o institucional dependerá de la unión armónica de un fondo y una forma. “Forzosamente deberán existir los dos ya que un fondo sin forma carecería del vehículo que lo transporte exitosamente hacia su destino final, que será la mente de los receptores a los que va dirigido; una forma sin fondo se convertirá en una apariencia sin sustento que se desmoronará ante la primera confrontación con la verdad”.

– ¿Es este elemento lo que tiene a Andrés Manuel López Obrador en la cumbre de las encuestas?

– En el caso de AMLO, creo que su éxito está en que hay una coherencia entre lo que se dice y se hace; eso en la política mexicana tiene mucho valor. La gente ha sabido, poco a poco, ir reconociendo. He ahí la fortaleza como figura pública

y la fortaleza como una forma de hacer política, importante, inteligente y honesta–, responde Razgado.

– Andrés Manuel López Obrador es el ejemplo perfecto de la coherencia entre el fondo y la forma; entre todos los estímulos verbales y no

verbales que están sometidos a dos conceptos rectores clarísimos: austeridad y cercanía con la gente– expone Gordoa.

 

Cuestión de enfoques

Honestidad es la palabra clave, considera Razgado. “Tal vez Yahir, sea honesto porque cante bien, porque sea buen compositor, pero también puede ser deshonesto, pues la industria de los medios crea una idea imaginaria de lo que es la realidad. Así, entre estos personajes, aquellos que tengan calidad, más allá del momento en que se dieron a conocer y que cumplan una labor social, en este consumo cultural, serán los que permanezcan y demostrarán qué tan honesto es su proyecto”.

“Cuando tu creas de la nada un personaje que no tienen sustento, ese personaje tendrá una vida efímera”, agrega Gordoa, “al sentirse engañadas, las audiencias castigan. Podríamos decir que esto fue lo que hizo que el PRI saliera del poder.

“No ganó el PAN, ganó Fox y no ganó Fox, perdió el PRI. Ese fue el fenómeno. Lo tenemos comprobado en investigaciones cualitativas y cuantitativas; por lo tanto, es importante que se comprenda que cuando uno está dirigido como personaje público, que tendrá una imagen y por consiguiente la construcción de una reputación, que haya conciencia de que siempre tendrá que haber dos factores en perfecta armonía: el ser y el parecer”.

Finalmente, como indica Razgado, para los medios los cantantes y los actores son sólo productos, “algunos funcionan y otros no, y se recurre a ellos según se necesitan, cuando ya no funcionan simplemente se desechan”.

 

El imperio de la imagen

Razgado Flores, advierte un riesgo en los programas televisivos como la Academia, plataforma de donde surgió Yahir al estrellato, pues la televisión, para bien o para mal, crea referentes para política, para la cultura, para el mismo comercio, y este referente hace que se crea que personas que son comunes y corrientes se integren a la dinámica del entretenimiento, del espectáculo y que crean la ficción de algo que se percibe como real.

“La transmisión de los llamados reality shows se desarrollan en un escenario ficticio que cuenta con todo un aparato tecnológico, una infraestructura, la atención de los patrocinadores, etcétera. Cuando los integrantes salen de éste arriban a otro tipo de escenario que es igual de ficticio y aparecen como gente común ante el auditorio, entonces hay que tener cuidado porque esos escenarios nos los presentan como reales, pero no lo son”, explica.

El académico expresa que existe toda una una dinámica una estrategia comercial que procesa este tipo de producto de diversas formas donde se explota el sentimiento de la gente, “su nacionalismo, regionalismo y se apela a una serie de sentimientos con fines comerciales”.

En su clásico Homo Videns, Giovanni Sartori recalca el hecho de que la televisión lo convierta todo en espectáculo, pues atropella la posibilidad del diálogo: la pantalla, simplemente, no tiene interlocutores. “La imagen no discute, decreta; es al mismo tiempo juicio y sentencia. Ello resulta más grave si se piensa que la televisión tiene, por lo mismo, cierta preferencia por el ataque y la agresividad, que pueden ser, en sí, visuales; en tanto, la defensa o la inteligencia requieren de un discurso que para el ojo desnudo es aburrido e indescifrable. Quien es acusado por los medios, es, en la mente del público, culpable inmediatamente.

“La cuestión es que, en general, la cultura de la imagen creada por la primacía de lo visible es portadora de mensajes ‘candentes’ que agitan nuestras emociones, encienden nuestros sentimientos, excitan nuestros sentidos y, en definitiva, nos apasionan. La cultura escrita no alcanza este grado de ‘agitación’. Y aun cuando la palabra también puede inflamar los ánimos (en la radio, por ejemplo), la palabra produce siempre menos conmoción que la imagen. La cultura de la imagen rompe el delicado equilibrio entre pasión y racionalidad. La racionalidad del homo sapiens está retrocediendo, y la política emotivizada, provocada por la imagen, solivianta y agrava los problemas” , sostiene el autor italiano.

“De esta forma, los relity shows forman parte de esta forma de hacer televisión que ofrece una especie de radiografía de la sociedad. Se crea una ventana a través de la cual el que mira y escucha puede sentirse protagonista de lo que pasa en la pantalla. La propuesta se basa en la creación de un híbrido fascinante y seductor, mezcla de información y de entretenimiento, de realidad y ficción, de espectáculo y sensacionalismo.

“Bajo la premisa de que a todos nos impresiona la desventura de otros, los productores crearon programas de escándalo y morbo (talk shows) . Los temas que manejan estas emisiones no tienen más objetivo que señalar y exacerbar aspectos vinculados a problemas individuales, sometiendo a juicio público la intimidad de las personas”, explica la investigadora de la UAM, Rosa María Aponte.

Como lo ha explicado el autor francés, Pierre Bordieu, estas emisiones se caracterizan por la saturación de imágenes vistosas para convertirlas en el ingrediente principal de nuevas formas de construir lo real, lo simbólico y lo imaginario: “el culto desmedido por la imagen ha desembocado en la necesidad de considerar lo ordinario como extraordinario”, argumenta el autor francés.

Razgado Flores destaca que los medios de información tienen la capacidad de reproducir aparentemente la realidad; en este caso, la televisión permite que lo cotidiano produzca impacto y cree un marco en el que fijemos la atención. Si el formato en que se presenta viene con apoyo e infraestructura, se hace muy atractivo. “En sí, los reality son muy aburridos, el impacto está en la edición y en que lo venden como lo real, pero a fin de cuentas tienen un guión”.

“Parte del impacto deriva de la edición. Aunque se diga que en estos programas no hay guión, de cualquier forma hay una selección y exclusión de información; entonces, hay una construcción de la realidad, es decir, se crea una telenovela más a partir de la realidad”, agrega el investigador.

Bajo este panorama, surge la necesidad de que el público evalúe los contenidos y los personajes que consume, pues en la cultura de masas existe un fenómeno sumamente efímero, que Ramonet ha llamado la “golosina visual”. Se trata de esa programación televisiva y esos falsos artistas que nacen y mueren de un día para otro, que ni siquiera deja un soporte conservable o consultable, como las revistas, los periódicos o los discos. Simplemente un día se los lleva el viento.

Roberto Cortez Zárate / Publicado el 19 de enero de 2004 en Diario Monitor